Período: siglo XIX–presente | Contexto: Posindependencias iberoamericanas, colonialismo, capitalismo dependiente, dictaduras militares, movimientos de liberación nacional y pensamiento descolonial


Panorama

La filosofía latinoamericana constituye un campo de reflexión que se interroga sobre su propia posibilidad y legitimidad antes de consolidar un corpus doctrinal. Esta autoindagación — “¿existe una filosofía genuinamente nuestra?” — no es una debilidad sino un rasgo constitutivo: resulta de una condición histórica en la que el pensamiento fue importado, adaptado y, progresivamente, confrontado con la experiencia concreta de los pueblos del continente.

El debate no es meramente académico. Desde las independencias de principios del siglo XIX hasta los movimientos descoloniales del siglo XXI, la cuestión de la identidad filosófica latinoamericana ha estado ligada a luchas políticas, proyectos de educación popular, críticas al imperialismo cultural e intentos de recuperar saberes subalternizados. Por eso, cualquier síntesis de este campo debe articular historia, política y epistemología.


I. Antecedentes: pensamiento político y filosófico en el siglo XIX

Las independencias (c. 1810–1826) no produjeron de inmediato una filosofía autóctona. El pensamiento de la élite ilustrada era, en gran medida, tributario de las Luces europeas — Locke, Rousseau, Montesquieu, los enciclopedistas — adaptadas a las circunstancias locales.

Simón Bolívar (1783–1830) no era filósofo profesional, pero su pensamiento político contiene importantes inflexiones filosóficas: la desconfianza ante las constituciones copiadas de modelos norteamericanos o europeos sin adaptación a la realidad hispanoamericana; la tesis de que los pueblos recién liberados necesitaban formas de gobierno que consideraran el “carácter” específico de cada nación. Su Carta de Jamaica (1815) y el Discurso de Angostura (1819) son documentos filosófico-políticos fundamentales del período.

Andrés Bello (1781–1865), venezolano radicado en Chile, fue el intelectual de mayor alcance sistemático de la generación fundadora. Su Filosofía del entendimiento (publicada póstumamente en 1881, pero elaborada décadas antes) representa el primer intento de filosofía académica rigurosa en español en América. Bello incorporó el empirismo británico (Locke, Reid, Stewart) y defendió que las repúblicas latinoamericanas necesitaban desarrollar instituciones propias, incluidos el derecho civil y la educación pública.

Domingo Faustino Sarmiento (1811–1888), argentino, planteó la cuestión de la identidad de manera dramática en Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo Quiroga (1845). Para Sarmiento, el atraso argentino resultaba del enfrentamiento entre la “civilización” (urbana, europea, liberal) y la “barbarie” (rural, hispano-indígena). La tesis es problemática — y ha sido ampliamente criticada como racista y eurocéntrica — pero definió un debate que atraviesa todo el siglo XX: ¿qué significa “ser latinoamericano” frente al modelo europeo?


II. Krausismo y positivismo (fines del siglo XIX – comienzos del XX)

Dos movimientos europeos marcaron profundamente el pensamiento latinoamericano del período:

El positivismo comtiano (véase Síntesis 10) tuvo enorme penetración en México, Brasil, Argentina, Chile y Cuba. En México, los llamados Científicos del régimen de Porfirio Díaz (1876–1911) adoptaron el positivismo como filosofía oficial del progreso. En Brasil, el positivismo de Auguste Comte influyó en la proclamación de la República (1889) — el lema “Orden y Progreso” en la bandera nacional proviene del positivismo comtiano. Gabino Barreda (1818–1881) fue el principal introductor del positivismo en México, fundando la Escuela Nacional Preparatoria (1867) sobre el programa comtiano.

El positivismo generó, sin embargo, una reacción. La generación denominada “arielista” — en referencia al ensayo Ariel (1900) del uruguayo José Enrique Rodó (1871–1917) — opuso al utilitarismo positivista y al modelo norteamericano una defensa de los valores espirituales y humanistas de la herencia latinoamericana. Rodó convocó a la juventud del continente a identificarse con el Ariel de Shakespeare (espíritu, idealismo) frente al Calibán (materialismo, utilitarismo anglosajón). Ampliamente leído en los primeros años del siglo XX, el texto se convirtió en símbolo del latinoamericanismo cultural.

El krausismo — filosofía del alemán Karl Christian Friedrich Krause (1781–1832), mediada por la influencia de Julián Sanz del Río en España — llegó a América Latina principalmente a través de España y tuvo impacto especial en México, Cuba y Argentina. El krausismo defendía un panenteísmo, el cultivo de la personalidad ética y la reforma educativa fundada en la razón y la armonía social. Su influencia favoreció la laicización de la enseñanza y ciertos liberalismos progresistas.


III. La generación fundadora del siglo XX

José Vasconcelos (1882–1959), filósofo, político y educador mexicano, formuló en La raza cósmica (1925) la tesis del mestizaje como destino y virtud de América Latina: el continente sería cuna de una “quinta raza”, síntesis de todas las anteriores, superior a las razas “puras” por su capacidad de síntesis cultural y espiritual. La tesis ha sido ampliamente criticada por su sesgo eurocéntrico implícito y por borrar las desigualdades reales entre grupos étnicos, pero representó un esfuerzo pionero de valorar positivamente el mestizaje en una época de racismo científico dominante. Su otra obra central, Indología (1926), profundiza esta perspectiva.

José Carlos Mariátegui (1894–1930), peruano, es el fundador del marxismo latinoamericano autónomo. En Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), Mariátegui rechazó aplicar mecánicamente el marxismo europeo a la realidad peruana, insistiendo en que cada análisis debía partir de las condiciones históricas concretas del continente. Su análisis del problema de la tierra y del indio fue pionero: articuló el marxismo con la cuestión indígena en un momento en que el movimiento comunista internacional tendía a ignorarla. Mariátegui fundó el Partido Socialista Peruano (1928) y la revista Amauta (1926–1930), espacio central de debate cultural y político.

José Ortega y Gasset (1883–1955), español, no era latinoamericano, pero su influencia en el continente fue decisiva, especialmente en México y Argentina. Sus visitas a Buenos Aires (1916, 1928) y el impacto de obras como El tema de nuestro tiempo (1923) y La rebelión de las masas (1930) formaron a toda una generación. Más importante aún: su concepto de “razón vital” y el historicismo perspectivista influyeron directamente en Leopoldo Zea y en el debate sobre la posibilidad de una filosofía americana.


IV. El debate fundacional: ¿existe una filosofía latinoamericana?

El problema central del siglo XX es planteado explícitamente en 1934, cuando el mexicano Samuel Ramos (1897–1959) publica El perfil del hombre y la cultura en México, utilizando el psicoanálisis (Adler) para analizar el “complejo de inferioridad” de la cultura mexicana. La pregunta por la autenticidad y especificidad de una filosofía propia se convierte en el eje del debate.

Leopoldo Zea (1912–2004), discípulo de José Gaos — quien a su vez era discípulo de Ortega — fue el articulador más sistemático de ese debate. En Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica (1949), América en la historia (1957) y, de modo más directo, en La filosofía americana como filosofía sin más (1969), Zea defiende que América Latina puede y debe hacer filosofía desde su propia circunstancia histórica — sin complejo de inferioridad ni pretensión de originalidad artificial. Para Zea, el carácter “universal” de la filosofía europea es ya él mismo una particularidad histórica; el filosofar americano sería tan legítimo como cualquier otro si parte honestamente de sus propias condiciones. La filosofía no necesita adjetivos — es “filosofía, sin más”.

Augusto Salazar Bondy (1925–1974), peruano, desafía esta posición en ¿Existe una filosofía de nuestra América? (1968). Para Salazar Bondy, la respuesta es: no, todavía no. La filosofía latinoamericana hasta ese momento sería inauténtica — importación acrítica de modelos europeos — porque la propia cultura de dominación y dependencia económica impide la producción de pensamiento filosófico genuino. La liberación de la filosofía dependería de la liberación política y económica del continente. La filosofía auténtica, por tanto, solo podría emerger como parte de un proyecto emancipatorio.

El debate Zea/Salazar Bondy estructura toda la Filosofía de la Liberación posterior: Zea apuesta por la capacidad de filosofar desde la circunstancia sin esperar la liberación; Salazar Bondy insiste en que la dominación colonial contamina epistémicamente cualquier producción filosófica mientras no haya sido superada.


V. Filosofía de la Liberación (años 1960–presente)

La Filosofía de la Liberación surge en el contexto de la Teología de la Liberación, el Concilio Vaticano II (1962–1965), la Revolución Cubana (1959), las dictaduras militares y los movimientos de liberación nacional. Su momento fundador es el II Congreso Nacional de Filosofía celebrado en Córdoba, Argentina (1971), donde un grupo de jóvenes filósofos — entre ellos Enrique Dussel, Juan Carlos Scannone y Osvaldo Ardiles — lanzó el manifiesto del movimiento.

Enrique Dussel (1934–2023), argentino-mexicano (exiliado en México desde 1975), es el principal articulador teórico. En Filosofía de la liberación (1977) y la monumental Ética de la liberación en la edad de la globalización y de la exclusión (1998), Dussel elabora una ética que parte del “Otro” excluido — el pobre, el indígena, la mujer, el periférico — como punto de partida filosófico. Frente a la ontología europea que parte de lo Mismo (el sujeto moderno occidental), Dussel propone una “analéctica” (más allá de la dialéctica) que reconoce la exterioridad radical del Otro. Su crítica a la Modernidad como encubrimiento — la conquista de América en 1492 como momento inaugural de la Modernidad, no su exterior — es una de las contribuciones más originales al debate filosófico global. Dussel mantuvo diálogos filosóficos significativos con Karl-Otto Apel y Jürgen Habermas sobre ética del discurso.


VI. Paulo Freire y la pedagogía como praxis filosófica

Paulo Freire (1921–1997), educador y filósofo del nordeste brasileño, desarrolló una filosofía de la educación con fundamentos fenomenológicos, marxistas y existencialistas. En Pedagogia do oprimido (1968, publicado en inglés en 1970 y en portugués en Brasil en 1974), Freire critica la “educación bancaria” — en la que el profesor deposita contenidos en un alumno pasivo — y propone la educación problematizadora, dialógica, basada en la conciencia de la situación vivida.

El concepto de concientización — que Freire desarrolló a partir de términos acuñados en el Instituto Superior de Estudos Brasileiros (ISEB) en la década de 1950 — designa el proceso por el cual el oprimido toma conciencia de su situación histórica y pasa de objeto a sujeto de su propia transformación. Freire dialoga explícitamente con Sartre, Hegel, Fanon y Marx, pero la formulación es original: la pedagogía es praxis — reflexión y acción sobre el mundo para transformarlo.

Pedagogía del oprimido es uno de los libros académicos más traducidos del siglo XX y se ha convertido en referencia obligada en educación, filosofía política y estudios descoloniales en todo el mundo.


VII. Rodolfo Kusch y la ontología americana

Rodolfo Kusch (1922–1979), filósofo argentino de origen alemán, propuso en América profunda (1962) y El pensamiento indígena y popular en América (1970) una fenomenología de la existencia americana a partir del enfrentamiento entre dos modos de ser: el “ser” (ser-algo, ser productivo, ser europeo moderno) y el “estar” (estar-aquí, estar-en-el-mundo de modo arraigado, comunitario, ligado a la tierra).

Para Kusch, el pensamiento indígena y popular latinoamericano está organizado en torno al “estar” — una modalidad ontológica que la filosofía europea ignoró sistemáticamente o subordinó al “ser”. La América profunda no es una etapa primitiva del desarrollo europeo; es una forma diferente de habitar el mundo, con su propia lógica filosófica. Kusch realizó extenso trabajo de campo en el noroeste argentino y en Bolivia, buscando articular la filosofía académica con categorías del pensamiento quechua y aimara.


VIII. Pensamiento Descolonial

El pensamiento descolonial representa un giro de las décadas de 1990–2000 que radicaliza la crítica de la Filosofía de la Liberación. El Grupo Modernidad/Colonialidad, formado por intelectuales como Aníbal Quijano (1930–2018), Walter Mignolo (1941–), Nelson Maldonado-Torres (1975–) y María Lugones (1944–2020), parte del concepto de colonialidad del poder (Quijano) para argumentar que el colonialismo no terminó con las independencias formales: sus estructuras de poder, saber y ser persisten en la modernidad como “colonialidad”.

Aníbal Quijano acuñó el concepto de “colonialidad del poder” para designar la clasificación racial/étnica de la población mundial como elemento estructurante del patrón de poder capitalista moderno — producido a partir de la conquista de América.

Walter Mignolo desarrolló los conceptos de “diferencia colonial” y “desobediencia epistémica” — la negativa de los saberes subalternizados a aceptar los términos del diálogo impuestos por la epistemología europea. En Local Histories/Global Designs (2000) y The Darker Side of the Renaissance (1995), Mignolo argumenta que la retórica de la modernidad siempre produjo, como su lado oculto, la lógica de la colonialidad.


IX. Recepción internacional y debates abiertos

La filosofía latinoamericana fue durante décadas marginada en los principales circuitos académicos anglófonos y europeos. A partir de los años 1990, con la expansión de los estudios descoloniales y poscoloniales, con la traducción de obras de Dussel y Freire y con la creación de redes académicas como la Sociedad Interamericana de Filosofía, este panorama cambió significativamente.

Debates abiertos:

  1. Autenticidad vs. universalidad: La tensión original Zea/Salazar Bondy no ha sido resuelta. La pregunta de si una filosofía “situada” puede tener pretensión universalista sigue en debate.

  2. Género y descolonialidad: Pensadoras como María Lugones, con su crítica a la “colonialidad de género”, y Julieta Paredes (feminismo comunitario boliviano) señalan que tanto la Filosofía de la Liberación como el pensamiento descolonial reproducen androcentrismos internos.

  3. Epistemologías del Sur vs. cosmopolitismo: Boaventura de Sousa Santos (1940–) propone una “ecología de saberes” que reconoce múltiples formas de conocimiento sin jerarquías epistémicas. Su posición dialoga con, pero también tensiona, el descolonialismo del grupo Modernidad/Colonialidad.

  4. Límites del uso de categorías europeas: Toda la Filosofía de la Liberación y el pensamiento descolonial usa — inevitablemente, argumentan algunos críticos — categorías filosóficas de origen europeo (dialéctica, alteridad, fenomenología, marxismo). ¿Es esta una contradicción insuperable o una tensión productiva?

  5. Diálogos con filosofías indígenas: El campo de las filosofías indígenas stricto sensu — tradiciones de pensamiento quechua, aimara, náhuatl, guaraní, etc. — está en fase de sistematización académica, con disputas en curso sobre quién tiene autoridad para hablar y en qué términos.


Síntesis cronológica

PeríodoCorriente / EventoPrincipales figuras
1810–1850Pensamiento político posindependenciaBolívar, Bello
1845–1900Positivismo / ArielismoSarmiento, Barreda, Rodó
1900–1930Generación fundadoraVasconcelos, Mariátegui
1934–1969Debate sobre autenticidadRamos, Zea, Salazar Bondy
1968–1980Pedagogía crítica / Filosofía de la LiberaciónFreire, Dussel, Scannone
1962–1979Ontología americanaKusch
1990–presentePensamiento descolonialQuijano, Mignolo, Lugones

Véase también

  • Enrique Dussel
  • Paulo Freire
  • Leopoldo Zea
  • José Carlos Mariátegui
  • Rodolfo Kusch
  • Filosofía del siglo XIX
  • Filosofía del siglo XX