Virtud (Areté / Virtus) — Excelencia estable del carácter que dispone a la persona a actuar bien de modo constante. El término griego areté designa originalmente la excelencia propia de cualquier cosa al cumplir su función: la areté de un caballo es correr bien, la del ser humano es vivir conforme a la razón. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles distingue las virtudes intelectuales, adquiridas por la enseñanza (como la sophia y la phronesis, o prudencia), de las virtudes morales o del carácter, adquiridas mediante la repetición de buenos actos hasta convertirse en un hábito (hexis). La virtud moral se sitúa como un justo medio (mesótes) entre dos vicios, uno por exceso y otro por deficiencia: la valentía es el punto medio entre la temeridad y la cobardía; la generosidad, entre la prodigalidad y la avaricia. Ese medio no es matemático, sino relativo a cada situación, y corresponde a la prudencia discernirlo. El fin último de las virtudes es la eudaimonia, la vida buena y plena. Antes de Aristóteles, Platón (República IV) había articulado las cuatro virtudes cardinales — prudencia, justicia, fortaleza y templanza —, más tarde absorbidas por las tradiciones estoica y cristiana, que les añadió las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad). Tras siglos de predominio de las éticas del deber (deontología) y de las consecuencias (utilitarismo), la ética de las virtudes fue revivida en el siglo XX, sobre todo por Alasdair MacIntyre en Tras la Virtud (1981), que volvió a situar el carácter y la comunidad en el centro de la reflexión moral.
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