Utilitarismo — Doctrina ética según la cual la acción moralmente correcta es aquella que produce la mayor cantidad de felicidad para el mayor número de personas. Su núcleo es el principio de utilidad (o “principio de la mayor felicidad”): una conducta es buena en la medida en que aumenta el placer y disminuye el sufrimiento de los afectados por ella, contando el bienestar de cada uno de forma imparcial. El término deriva del latín utilitas (“utilidad”, “provecho”). La formulación clásica proviene de Jeremy Bentham, en Una Introducción a los Principios de la Moral y la Legislación (1789), que propuso un “cálculo felicífico” para medir placeres y dolores según criterios como la intensidad, la duración y la extensión, tratando todos los placeres como cualitativamente iguales. John Stuart Mill, en El utilitarismo (1863), refinó la teoría al distinguir los placeres “superiores” (intelectuales y morales) de los placeres “inferiores” (meramente sensoriales), sosteniendo que los primeros tienen mayor valor. El utilitarismo es una forma de consecuencialismo: lo que hace que un acto sea correcto o incorrecto son únicamente sus consecuencias, no las intenciones del agente ni el cumplimiento de reglas consideradas en sí mismas. Por ello suele chocar con las éticas deontológicas, como la de Kant, que juzgan la acción por el deber y no por los resultados. Una distinción central opone el utilitarismo de acto —que evalúa cada acción aislada— al utilitarismo de regla, que aprueba la acción conforme a reglas cuya adopción general maximiza la utilidad. También está vinculado al hedonismo, al identificar el bien último con el placer o la felicidad.


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