Universales — Aquello que puede predicarse de muchos individuos o estar presente en muchos particulares a la vez, en oposición al particular, que es único e irrepetible. Términos como “hombre”, “blanco” o “triángulo” parecen nombrar algo común a innumerables cosas distintas: ¿qué hace que Sócrates y Platón sean igualmente hombres? La cuestión central, conocida como problema de los universales, pregunta si a esos términos generales les corresponde alguna entidad real o si son solo palabras. La formulación clásica del problema llegó a la Edad Media latina a través de la Isagoge de Porfirio, comentada por Boecio, que indagaba si los géneros y las especies existen en la realidad o solo en el entendimiento. Tres grandes posiciones estructuran el debate. El realismo sostiene que los universales tienen existencia propia: para Platón son las Formas o Ideas que subsisten fuera de las cosas sensibles, línea que heredan la tradición agustiniana y Anselmo de Canterbury. El nominalismo niega tal existencia y reduce los universales a nombres (nomina) o signos lingüísticos que aplicamos a cosas semejantes, postura asociada a Guillermo de Ockham y su principio de economía. Entre los extremos, el conceptualismo de Pedro Abelardo defiende que los universales no son cosas ni meras palabras, sino conceptos formados por la mente a partir de lo que los particulares tienen en común. El tema atraviesa la metafísica antigua y medieval y permanece vivo en la filosofía analítica contemporánea, ligado a cuestiones sobre las propiedades, los tipos naturales y el estatuto de las entidades abstractas.
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