Sofisma — Razonamiento que se presenta con apariencia de validez lógica pero que, en el fondo, es falaz, empleado para engañar o persuadir indebidamente al interlocutor. El término procede del griego sóphisma, vinculado a sophía (sabiduría) y a sophistḗs (el que enseña la sabiduría), aunque adquirió una connotación peyorativa ya en la Antigüedad. El rasgo esencial del sofisma es la intención de engañar: por ello se distingue del paralogismo, que es un error de razonamiento cometido de buena fe, sin propósito de inducir a error. El concepto está históricamente asociado a los sofistas griegos —maestros itinerantes de retórica como Protágoras y Gorgias—, a quienes Platón y Aristóteles criticaban por vender el arte de hacer que el argumento más débil pareciera el más fuerte, sin compromiso con la verdad. Fue Aristóteles quien primero sistematizó las falacias en su tratado Refutaciones sofísticas (Sophistici Elenchi), distinguiendo las que dependen del lenguaje (como la anfibología y la equivocidad) de las que no dependen de él. Un ejemplo clásico es el llamado sofisma de los “cuernos”, atribuido a Eubúlides de la escuela megárica: “tienes lo que no has perdido; ahora bien, no has perdido cuernos; luego, tienes cuernos” —donde la apariencia de corrección esconde una ambigüedad en el uso de las premisas. El sofisma se aproxima así a las nociones de falacia y retórica: mientras la falacia nombra el defecto del argumento y la retórica es el arte de persuadir, el sofisma une ambos en el engaño deliberado. En la lógica y la teoría de la argumentación contemporáneas, el estudio de los sofismas sigue siendo central para distinguir la persuasión legítima de la manipulación.


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