Simulacro — Del latín simulacrum (imagen, semejanza, fantasma). En la tradición designa la copia de algo — y, más específicamente, la copia degradada, la apariencia sin fundamento. En Platón, el simulacro (phantasma) se opone a la buena copia (eikón): es la imitación que se aleja del modelo verdadero (la Idea), razón por la cual la República desconfía de las artes imitativas. Gilles Deleuze, en “Platón y el simulacro” (recogido en Lógica del sentido, 1969), invirtió esa jerarquía: el simulacro — copia sin modelo, que afirma la diferencia — sería justamente lo que arruina la primacía del original y de “lo mismo”.

La fama contemporánea del término, sin embargo, se debe a Jean Baudrillard. En Cultura y simulacro (1981), simular ya no es representar una realidad preexistente, sino generarla a partir de modelos: se produce un real sin origen ni referencia, lo hiperreal — “más real que lo real”. “El mapa precede al territorio”, escribe (la precesión de los simulacros), invirtiendo la fábula de Borges. Baudrillard describe cuatro fases sucesivas de la imagen: refleja una realidad profunda; la enmascara y la pervierte; enmascara la ausencia de realidad; y, por fin, no guarda relación con realidad alguna — se vuelve su propio simulacro puro. A diferencia de la representación, que presupone un real al que el signo remite, la simulación abole esa referencia: el signo ya no se cambia por sentido, solo circula con otros signos. Ejemplos célebres de Baudrillard son Disneylandia — presentada como imaginaria para hacer creer que el resto es “real” — y la guerra mediada por las pantallas. El concepto se volvió central en las teorías de la cultura, de los medios y de la era digital. Véase Jean Baudrillard.


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