Relativismo — Posición según la cual la verdad, el conocimiento o los valores morales no poseen carácter absoluto y universal, sino que dependen siempre de un marco de referencia: el individuo que juzga, la cultura en que se vive o el período histórico en que se piensa. El término deriva del latín relativus (“que se refiere a algo”), y su tesis central es que las afirmaciones de verdad o de valor solo tienen sentido relativamente a ese marco, nunca en sí mismas. La formulación más antigua es el relativismo sofístico de Protágoras, condensado en la célebre fórmula “el hombre es la medida de todas las cosas”, referida por Platón en el diálogo Teeteto: cada cosa es, para cada uno, tal como se le aparece. Tanto Sócrates como Platón combatieron esta posición, argumentando que es autocontradictoria, pues afirma como universalmente verdadera la tesis de que no hay verdades universales. Conviene distinguir las variantes principales. El relativismo moral sostiene que no existen estándares éticos válidos para todas las culturas, de modo que prácticas como ciertos ritos o tabúes solo pueden juzgarse desde dentro de cada comunidad — posición a menudo alimentada por la antropología y próxima al relativismo cultural. El relativismo cognitivo o epistemológico, en cambio, afirma que los propios criterios de conocimiento y racionalidad varían según el contexto; cobró fuerza en el posestructuralismo y la filosofía de la ciencia, sobre todo en Paul Feyerabend, quien en Contra el método (1975) defendió que no hay un método científico único y universalmente válido. El gran problema clásico del relativismo sigue siendo el de la autorrefutación: al negar toda verdad absoluta, parece comprometerse con al menos una.


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