Pneuma (πνεῦμα) — del griego pneûma, «soplo», «aire», «espíritu», derivado del verbo pneîn («soplar», «respirar»). El término nombra, en distintas tradiciones, un principio sutil y vivificante que recorre los cuerpos. En la medicina griega antigua, el pneuma es el soplo vital absorbido por la respiración y transportado por las arterias, responsable de la vida y del movimiento del organismo. Pero es en el estoicismo donde se convierte en el concepto físico central. Para los estoicos —sobre todo Crisipo, en la consolidación del sistema—, el pneuma es un soplo ígneo, mezcla activa de fuego y aire, que sirve de vehículo al logos y penetra por completo toda la materia, ocupando el mismo lugar que los cuerpos en una «mezcla total» (krasis di’ hólou): según la imagen atribuida a Crisipo, una gota de vino podría extenderse por todo el mar. La cohesión de cada cosa resulta de una tensión (tonos) interna del pneuma, un doble movimiento simultáneo de expansión y contracción. Según el grado de esa tensión, el pneuma asume funciones distintas y ordenadas: como mera cohesión (héxis) en los cuerpos inanimados, como crecimiento (physis) en las plantas y como alma (psyché) en los animales. Así, pneuma y logos nombran el mismo principio racional inmanente que gobierna el cosmos. Más tarde, en el Nuevo Testamento, el término designa el Espíritu (Santo), y la distinción entre psyché (alma) y pneuma (espíritu) atraviesa la teología cristiana, en especial en Pablo, y resuena en el concepto de Geist de la filosofía alemana.
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