Logos (λόγος) — Uno de los términos más ricos y polisémicos del vocabulario filosófico griego, que abarca “palabra”, “discurso”, “razón”, “proporción” y “definición”. Deriva del verbo legein, que originalmente significa “recoger”, “reunir” y, por extensión, “decir”, “enunciar”: hablar es, en esta raíz, ordenar y articular. Heráclito de Éfeso es el primero en dar al término un verdadero peso filosófico: para él el logos es el principio racional común que gobierna el devenir y la unidad de los opuestos — la ley según la cual “todo fluye” —, aunque los hombres vivan como si cada uno poseyera una comprensión privada, sordos a ese fundamento compartido. Los estoicos retoman y amplían la noción: el logos se convierte en la razón divina inmanente que ordena el cosmos y en la cual participa cada ser, conteniendo las razones seminales de las cosas (logos spermatikos); de ahí derivan tanto la física como la ética estoica de “vivir conforme a la razón”. En sentido lógico-retórico, logos designa además el argumento o razonamiento, distinto del mythos (relato, narración), oposición que marca el nacimiento de la filosofía como discurso que exige justificación. Filón de Alejandría ya lo concebía como mediador entre Dios y el mundo, y el Prólogo del Evangelio de Juan — “en el principio era el logos… y el logos se hizo carne” — convierte el concepto en piedra angular de la teología cristiana, fundiendo herencia griega y revelación. El término se vincula así estrechamente con nociones como nous (intelecto) y la ratio latina.


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