Deísmo (del latín deus) — Posición según la cual la razón natural basta para conocer la existencia de Dios, creador del mundo, sin recurso a la revelación, a los milagros ni a la autoridad de las iglesias. En su forma típica, el deísta admite un creador y un orden moral, pero rechaza que Dios intervenga en la historia mediante revelaciones particulares, de ahí la imagen, frecuente pero simplificadora, de un Dios que crea el mundo y lo deja funcionar según sus leyes. Muchos deístas, sin embargo, admitían una providencia general y la inmortalidad del alma, de modo que la tesis de la total ausencia de Dios del mundo no describe a todos. Su texto fundacional suele ser De Veritate (1624), de Herbert de Cherbury, que propone cinco “nociones comunes” a toda religión verdadera. En Inglaterra cobró cuerpo desde fines del siglo XVII hasta la primera mitad del XVIII con John Toland (Cristianismo sin misterios, 1696), Anthony Collins y Matthew Tindal (El cristianismo tan antiguo como la creación, 1730); Locke, sin ser deísta, preparó el terreno al defender la razonabilidad del cristianismo. En Francia, el deísmo fue la posición de Voltaire, quien en una epístola en verso (Épître à l’auteur du livre des Trois Imposteurs, 1769) escribió que, si Dios no existiera, habría que inventarlo, y de Rousseau, cuya “Profesión de fe del vicario saboyano” (en el Emilio, 1762) es una exposición de religión natural. Hume examinó críticamente el argumento del diseño, base de buena parte de la argumentación deísta, en los Diálogos sobre la religión natural (1779). El deísmo se distingue del teísmo, que admite la revelación y la acción divina en el mundo, del panteísmo y del ateísmo. Véanse Voltaire, Rousseau, Locke, Hume e Ilustración.
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