Daimon (δαίμων) — En la cosmología griega, entidad intermediaria entre los dioses y los seres humanos, situada en un plano que no es ni plenamente divino ni mortal. El término, de una raíz que evoca la idea de «distribuir» o «repartir» un destino, designaba originalmente una fuerza o potencia divina impersonal, y podía nombrar tanto a un dios como a un espíritu menor que acompaña e influye en la vida de un individuo. En el fragmento de Heráclito que suele traducirse como «el carácter (êthos) es el daimon del hombre», el término se aproxima a la idea de un destino que se forma a partir del propio modo de ser de cada uno. La formulación más célebre proviene de Sócrates, que describía su daimonion — una «señal divina» o voz interior — como algo que nunca le decía qué hacer, sino que le impedía ciertas acciones, funcionando como una suerte de freno moral. En el Banquete de Platón, Diotima enseña que todo daimon habita el metaxu, el «entre» que enlaza el mundo divino y el humano, y clasifica a Eros como un gran daimon, mensajero que lleva las plegarias de los hombres a los dioses y las órdenes divinas a los hombres. Esta noción de mediación distingue al daimon tanto del theós (dios pleno) como del simple mortal. El concepto influyó profundamente en la angelología cristiana — que reinterpretó a los daimones ora como ángeles, ora como demonios — y, siglos después, fue retomado por el romanticismo alemán, sobre todo por Goethe, para nombrar la fuerza creadora y fatídica que mueve al genio.


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