Cogito — Abreviación de la célebre fórmula de René Descartes “Cogito, ergo sum” (“Pienso, luego existo”), que designa la primera certeza indudable alcanzada por medio de la duda metódica. El término proviene del verbo latino cogitare (“pensar”, “considerar”). La formulación en francés — “Je pense, donc je suis” — aparece en el Discurso del método (1637); el razonamiento se retoma en las Meditaciones metafísicas (1641), donde Descartes lo enuncia como “Ego sum, ego existo” (“yo soy, yo existo”); y la versión latina consagrada figura en los Principios de filosofía (1644). El argumento procede así: al someter todo su conocimiento a la duda radical — suponiendo incluso que un genio maligno lo engañe de manera sistemática —, Descartes advierte que hay algo de lo que no puede dudar, pues el propio acto de dudar presupone a alguien que duda. Mientras pienso, es imposible que yo no exista. El cogito se convierte así en el punto arquimediano, el fundamento inquebrantable sobre el cual se levanta el edificio del conocimiento, y marca el giro hacia el subjetivismo moderno: la certeza del sujeto pensante precede y garantiza la certeza del mundo exterior. De ello se deriva la definición del yo como res cogitans (“cosa pensante”), distinta de la res extensa (“cosa extensa”, el cuerpo y la materia), distinción que origina el célebre problema del dualismo mente-cuerpo. El cogito se relaciona directamente con la duda metódica, el instrumento que conduce a él, y con el racionalismo, la tradición que reconoce en la razón la fuente primera del conocimiento cierto.
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