Autonomía — capacidad de darse a sí mismo la propia ley, del griego autos (uno mismo) y nomos (ley). El término nace en el vocabulario político de la Grecia antigua, donde designaba la condición de la ciudad que se gobierna por leyes propias, en lugar de someterse a una potencia extranjera. Fue Immanuel Kant, en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785), quien trasladó la noción del plano político al corazón de la ética, definiendo la autonomía como la propiedad por la cual la voluntad es, para sí misma, su propia ley. Para Kant, actuar moralmente es actuar según un principio que la razón se da a sí misma y que puede quererse como ley universal — el imperativo categórico —, con independencia de inclinaciones, placeres o mandatos externos. A este modo de determinación se opone la heteronomía: recibir la ley desde fuera, ya sea de los apetitos sensibles, de la autoridad, de la costumbre o de la promesa de recompensa. Toda moral fundada en tales motivos es, para Kant, espuria, porque somete la voluntad a algo ajeno a la razón. La autonomía presupone, así, la libertad de la voluntad: solo un ser racional y libre puede legislar para sí mismo. Este núcleo conceptual ha rebasado la ética kantiana y resulta decisivo en el pensamiento político liberal, en la bioética (consentimiento informado) y en la pedagogía, donde la formación del sujeto autónomo, capaz de pensar y decidir por sí mismo, constituye un ideal central.


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