Ataraxia (ἀταραξία) — Estado de tranquilidad e imperturbabilidad del alma, marcado por la ausencia de inquietud y angustia. El término griego se forma con el prefijo privativo a- (sin) y tarachē (perturbación, agitación), y significa literalmente “ausencia de perturbación”. La ataraxia constituye uno de los grandes ideales éticos de la filosofía helenística, aunque las escuelas que la defendieron la entendieron de modos distintos. Para Epicuro es la meta de la vida feliz y deriva de dos movimientos: la liberación de los miedos infundados —sobre todo el miedo a la muerte y el temor a los dioses— mediante el conocimiento de la naturaleza, y la limitación de los deseos a los naturales y necesarios, evitando los vanos. La ataraxia epicúrea va así de la mano de la aponia, la ausencia de dolor físico, y ambas componen el placer estable que Epicuro identifica con la verdadera felicidad. En el escepticismo pirrónico, sistematizado por Sexto Empírico, la ataraxia surge como consecuencia inesperada de la suspensión del juicio (epoché): al constatar que para cada argumento existe otro contrario de igual fuerza, el escéptico deja de afirmar y de negar, y la tranquilidad sigue a esa suspensión “como la sombra sigue al cuerpo”. Un ejemplo clásico es el del viajero ante cuestiones que no puede resolver: quien deja de atormentarse buscando una respuesta definitiva encuentra reposo. La ataraxia se aproxima así a la apatheia estoica —la liberación de las pasiones—, pero se distingue de ella por no exigir la extinción de los afectos, sino la serenidad ante lo que escapa a nuestro control.
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