Areté (ἀρετή) — Término griego en general traducido como virtud o excelencia, que designa la perfección con que un ser cumple aquello que le es propio. La palabra está asociada a la idea de aristos, “el mejor”, y en su origen no tenía sentido moral: en la poesía homérica, la areté era la excelencia del guerrero noble, la destreza en el combate y el honor reconocido por los pares. La noción es, ante todo, funcional: la areté de cada cosa es la plena realización de su función característica (ergon). Por eso la areté del ojo es ver bien, la del corredor es correr bien, y la del ser humano —cuyo ergon es la actividad racional— es vivir según la razón. Con Sócrates, el concepto adquiere centralidad ética: la areté es una sola y se identifica con el conocimiento del bien, de modo que nadie obra mal voluntariamente, sino por ignorancia. Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, rechaza esa unidad: distingue las virtudes intelectuales, ligadas a la enseñanza, de las virtudes morales, adquiridas por el hábito (ethos), y define la virtud moral como una disposición estable (héxis) a elegir el justo medio (mesótes) entre el exceso y el defecto —el valor, por ejemplo, como medio entre la temeridad y la cobardía—. Los estoicos radicalizaron la herencia socrática, haciendo de la areté el único bien verdadero y condición suficiente para la eudaimonia (felicidad). En todas estas corrientes, la areté permanece ligada a la noción de función propia del ser y a la plena realización de su naturaleza.


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