Aporia (ἀπορία) — Estado de perplejidad, impasse o dificultad aparentemente insoluble ante un problema. El término viene del griego áporos, formado por el prefijo privativo a- (“sin”) y póros (“paso”, “camino”, “vado”): la aporia es, literalmente, la falta de salida, el punto en que el camino del razonamiento se interrumpe. En los primeros diálogos de Platón es el desenlace característico del método socrático: tras examinar mediante el elenchos (refutación) lo que el interlocutor afirmaba saber, ambos descubren que no logran definir adecuadamente un concepto. En el Eutifrón nadie define la piedad; en el Laques fracasa el intento de decir qué es la valentía; en el Cármides, ocurre lo mismo con la templanza. Lejos de ser una mera derrota, la aporia tiene un valor positivo: disuelve el falso saber y hace posible la búsqueda genuina, precisamente el reconocimiento de la propia ignorancia que Sócrates consideraba el comienzo de la sabiduría. Por ello la aporia se vincula a la docta ignorantia (“docta ignorancia”) y al asombro (thaûma) señalado como origen del filosofar. Aristóteles le dio un sentido metodológico: en la Metafísica y en los escritos éticos recomienda iniciar la investigación enumerando las aporíai — las dificultades y contradicciones de un tema — para luego resolverlas de manera ordenada. En sentidos propios, el concepto fue retomado por los escépticos antiguos, ligado a la suspensión del juicio (epoché), y, en la filosofía contemporánea, por Jacques Derrida, para quien la aporia nombra una tensión irreductible y no un obstáculo que deba superarse.


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