Angustia — Del latín angustia (estrechamiento, opresión), emparentado con el alemán Angst, designa una tonalidad afectiva fundamental que se convirtió en concepto central del existencialismo. Su rasgo distintivo es la oposición al miedo (Furcht): el miedo tiene siempre un objeto determinado e intramundano — un animal, una amenaza, un peligro —, mientras que la angustia carece de objeto definido y se dirige a la nada, a la libertad o a la finitud. Kierkegaard, en El concepto de la angustia (1844, bajo el seudónimo Vigilius Haufniensis), la analiza como la experiencia de la libertad ante la posibilidad pura — el célebre “vértigo de la libertad” —, en la que el ser humano, síntesis de finito e infinito, de temporalidad y eternidad, se descubre expuesto al riesgo de la desesperación. Heidegger, en Ser y Tiempo (1927, §40), eleva la angustia a Grundbefindlichkeit, disposición afectiva fundamental: en ella el mundo pierde su significatividad cotidiana, el ente intramundano “se hunde” en la insignificancia y el Dasein se ve confrontado con la nada, revelándose como ser-en-el-mundo y ser-para-la-muerte; la angustia lo individualiza, arrancándolo de la dispersión en lo impersonal (das Man). Sartre, en El ser y la nada (1943), identifica la angustia con la conciencia refleja de la libertad: ante un precipicio, no temo solo caer, sino que me angustio ante la posibilidad de arrojarme — pues ninguna esencia ni valor previo determina mi elección. Así concebida, la angustia no es una patología psicológica, sino la condición ontológica de la existencia auténtica, íntimamente ligada a nociones como libertad, finitud y desesperación.
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