Aletheia (ἀλήθεια) — Palabra griega para verdad, leída etimológicamente como “develamiento” o “no-ocultamiento”: el prefijo privativo a- (no) unido a la raíz de lēthē (ocultamiento, olvido), la misma raíz del mítico río Lete, de las aguas del olvido. En esta lectura, la verdad no es primariamente una propiedad de los juicios correctos, sino el salir a la luz de aquello que estaba oculto. Entre los griegos el término aparece ya en la poesía presocrática, como en Parménides, y Platón lo emplea para el conocimiento de las Ideas eternas, en oposición a la mera opinión (doxa) y a la apariencia sensible. El concepto adquiere centralidad en el siglo XX con Martin Heidegger, quien, en Ser y tiempo (1927) y en escritos posteriores, recupera el sentido griego de aletheia como el desocultarse del ente, la apertura en la que las cosas se muestran tal como son. A ese desvelamiento pertenece siempre, de modo esencial, un velamiento: toda manifestación lleva consigo aquello que permanece oculto o retraído. Heidegger contrapone esta verdad originaria a la concepción dominante en la tradición — la verdad como adaequatio, esto es, como correspondencia o adecuación entre la proposición y el hecho al que se refiere. Para él, esa correspondencia solo es posible porque el ente ya se halla previamente desvelado. Aletheia se articula así con nociones como physis (el brotar de la naturaleza que se muestra) y con la crítica heideggeriana al olvido del ser, convirtiéndose en uno de los conceptos clave de la fenomenología hermenéutica.
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