Absurdo — Del latín absurdus (disonante, contrario a la razón). En la filosofía existencialista, y particularmente en la obra de Albert Camus, designa la confrontación entre la exigencia humana de sentido, unidad y claridad, y la indiferencia irracional de un mundo que permanece silencioso ante esa exigencia. El absurdo no reside ni en el hombre ni en el mundo tomados aisladamente, sino en la relación que los enfrenta — es un “divorcio”, una escisión (El mito de Sísifo, 1942). Camus distingue el sentimiento del absurdo, que puede surgir de golpe cuando los escenarios cotidianos se vacían de sentido, de la noción clara que la reflexión extrae de él. La cuestión filosófica decisiva pasa a ser entonces la del suicidio: si la vida no tiene sentido, ¿vale la pena vivirla? Camus rechaza tanto el suicidio físico como el “suicidio filosófico” — el salto de fe kierkegaardiano o la reconciliación que disuelve la contradicción en el Absoluto — porque ambos eliminan uno de los términos de la tensión y, así, huyen del absurdo en lugar de afrontarlo. La respuesta auténtica es mantener viva esa tensión, de la que se derivan tres consecuencias: la revuelta, rechazo lúcido y permanente ante el destino; la libertad, liberación de las ilusiones de finalidad; y la pasión, la intensa multiplicación de las experiencias. Sísifo, condenado a empujar eternamente su roca montaña arriba, es el héroe absurdo por excelencia: en la conciencia de su condición reside su victoria, y por ello “hay que imaginar a Sísifo feliz”. El concepto no se confunde con el nihilismo: el absurdo no niega el valor de la vida, sino que la afirma a pesar de la ausencia de sentido metafísico, abriéndose más tarde a la idea camusiana de la revuelta solidaria.
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