Pocos filósofos han escrito dos obras tan distintas como para que una parezca la refutación de la otra — y que ambas se hayan convertido en clásicas. Ludwig Wittgenstein es el caso paradigmático. El joven que en 1921 publicó el Tractatus Logico-Philosophicus, convencido de haber resuelto de manera definitiva los problemas de la filosofía, es el mismo hombre que, tres décadas después, dejó en las Investigaciones Filosóficas una crítica meticulosa de sus propias tesis iniciales. Entre las dos obras hay no solo un giro teórico, sino una de las historias intelectuales más singulares del siglo XX. Comprender a Wittgenstein es comprender dos maneras opuestas de pensar qué es el lenguaje y qué puede hacer la filosofía.
1. Contexto y biografía
1.1 Viena, la ingeniería y el camino hacia la lógica
Ludwig Josef Johann Wittgenstein nació en Viena en 1889, en una de las familias más ricas y cultas del Imperio Austrohúngaro. La casa de los Wittgenstein era frecuentada por figuras como Johannes Brahms y Gustav Mahler; la fortuna industrial del padre aseguró una educación refinada y, más tarde, una independencia que permitiría al filósofo donar su herencia.
El camino de Wittgenstein hacia la filosofía fue indirecto. Estudió ingeniería en Berlín y luego en Mánchester, en Inglaterra, donde se dedicó a la aeronáutica y a la investigación sobre hélices y motores a reacción. Su interés por las matemáticas que subyacen a la ingeniería lo condujo a los fundamentos de la matemática y, finalmente, a la lógica. Fue así como llegó hasta Bertrand Russell, en Cambridge, hacia 1911. Russell reconoció de inmediato el genio del joven austríaco; pronto declararía que conocer a Wittgenstein había sido una de las experiencias intelectuales más marcantes de su vida.
1.2 La guerra y un libro escrito en las trincheras
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Wittgenstein se alistó como voluntario en el ejército austríaco. Sirvió en los frentes oriental e italiano y fue hecho prisionero de guerra. Fue en ese período — en cuadernos de campaña y finalmente en un campo de prisioneros — cuando terminó de redactar el texto que publicaría como Tractatus Logico-Philosophicus. La obra apareció en alemán en 1921 y, al año siguiente, en una edición bilingüe inglés-alemán con una introducción de Russell.
1.3 El abandono y el regreso
Persuadido de que el Tractatus había, en lo esencial, resuelto los problemas de la filosofía, Wittgenstein la abandonó. Se hizo maestro de escuela primaria en aldeas rurales de Austria, trabajó como jardinero en un monasterio y diseñó, con un rigor casi obsesivo, una casa para su hermana en Viena. Solo a finales de los años veinte el contacto con miembros del Círculo de Viena y la percepción de problemas no resueltos lo acercaron de nuevo a la filosofía. En 1929 regresó a Cambridge, donde llegaría a ocupar una cátedra. Murió en Cambridge en 1951, dejando inéditos los manuscritos que darían origen a las Investigaciones Filosóficas.
1.4 La relación con el Círculo de Viena
El Tractatus fue leído con fervor por el Círculo de Viena — el grupo de filósofos y científicos reunidos en torno a Moritz Schlick que desarrolló el positivismo lógico. Wittgenstein conversó con algunos de sus miembros, sobre todo con Schlick y Friedrich Waismann. Es un error, sin embargo, considerarlo miembro del Círculo: nunca adhirió al programa antimetafísico del grupo y juzgaba que los positivistas habían comprendido mal su libro. Para el Círculo, lo que está “más allá” del lenguaje es simplemente carente de sentido y desechable; para Wittgenstein, lo inefable — la ética, el sentido de la vida, lo místico — era precisamente lo que más importaba, aunque no pudiera decirse.
2. El primer Wittgenstein: el Tractatus Logico-Philosophicus
2.1 La teoría pictórica del significado
El núcleo del Tractatus es la llamada teoría pictórica (o figurativa) del significado. Una proposición, para Wittgenstein, es una figura (Bild) de un estado de cosas posible. Así como un mapa o una maqueta representan una situación al compartir con ella cierta estructura, una proposición representa un hecho al compartir con él una forma lógica común. Los nombres en la proposición corresponden a objetos en el mundo; el modo en que los nombres se articulan en la proposición figura el modo en que los objetos se articulan en el estado de cosas.
De ello se sigue una tesis audaz: lenguaje y mundo poseen la misma estructura lógica subyacente. El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas (proposición 1.1); el lenguaje, descompuesto hasta sus proposiciones elementales, refleja esa estructura. El análisis lógico revela, tras la gramática engañosa del habla cotidiana, la forma lógica genuina de las proposiciones — programa que Wittgenstein hereda y radicaliza del atomismo lógico de Russell.
2.2 Lo decible y lo mostrable
La distinción más sutil del Tractatus es la que separa lo que puede ser dicho de lo que solo puede ser mostrado. Pueden ser dichas las proposiciones con sentido: las descripciones de hechos, esto es, las proposiciones de las ciencias naturales. Pero hay mucho que el lenguaje no puede decir y que, sin embargo, muestra. La propia forma lógica que el lenguaje comparte con el mundo no puede ser representada por ninguna proposición — se muestra en el modo en que las proposiciones funcionan. Las proposiciones de la lógica, a su vez, son tautologías: no dicen nada sobre el mundo, pero exhiben la estructura lógica del lenguaje.
Lo que se muestra no se dice: he aquí una de las fórmulas más densas de la obra. Intentar decir lo que solo se muestra produce pseudoproposiciones — y Wittgenstein admite, al cierre del libro, que las propias proposiciones del Tractatus son de ese tipo. Quien lo ha comprendido debe reconocerlas como carentes de sentido y, por así decirlo, arrojar la escalera después de subir por ella.
2.3 La proposición 7 y el silencio
El libro termina con su proposición más célebre, la número 7: “De lo que no se puede hablar, hay que callar” (Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen). Es un único enunciado, sin comentario, que cierra el tratado. Lejos de ser una desvalorización de lo que no puede decirse, el silencio señala un límite respetuoso. Todo lo que de verdad importa para la vida humana — la ética, la estética, el sentido del mundo, lo místico (das Mystische) — se sitúa fuera de los límites del lenguaje proposicional. No se trata de negarlo, sino de reconocer que de ello no cabe hablar con sentido. “Lo místico”, dice Wittgenstein, no es cómo es el mundo, sino que es.
3. El período de transición y la autocrítica
El Wittgenstein que regresó a Cambridge en 1929 no tardó en dudar de su primer sistema. El choque decisivo fue la constatación de que la teoría pictórica no daba cuenta de la propia diversidad del lenguaje. Un ejemplo que él mismo relata: una observación del economista Piero Sraffa, que respondió a una tesis tractariana con un gesto napolitano de desdén y preguntó cuál sería la “forma lógica” de aquello. ¿Cómo cabría, en la teoría pictórica, un gesto que comunica sin figurar hecho alguno?
En los textos de transición — entre ellos el material reunido en Los cuadernos azul y marrón (dictados en 1933–35, publicados en 1958) — Wittgenstein comienza a desmontar la idea de que todo lenguaje con sentido describe hechos. Órdenes, preguntas, súplicas, agradecimientos, blasfemias, cálculos: ninguno de esos usos “pinta” un estado de cosas, y todos son lenguaje pleno. La noción de una única esencia del lenguaje, capturable mediante una forma lógica ideal, empieza a derrumbarse.
4. El segundo Wittgenstein: las Investigaciones Filosóficas
Publicadas póstumamente en 1953, las Investigaciones Filosóficas (Philosophische Untersuchungen) se abren con una cita de san Agustín sobre cómo habría aprendido la lengua en la infancia — señalando objetos y oyendo sus nombres. Wittgenstein toma ese relato como emblema de una concepción tentadora y engañosa: la idea de que la esencia del lenguaje está en nombrar objetos, y el significado de cada palabra está en el objeto que designa. Esa imagen “agustiniana” es el blanco inaugural de la crítica — y, en el fondo, era también la imagen que sostenía su propio Tractatus.
4.1 El significado como uso
Contra la teoría pictórica y contra el agustinismo del lenguaje, Wittgenstein propone una reorientación radical. No debemos preguntar qué objeto nombra una palabra, sino cómo se emplea. En la famosa formulación del §43 de las Investigaciones: “Para una gran clase de casos de utilización de la palabra ‘significado’ — aunque no para todos — puede explicarse esta palabra así: el significado de una palabra es su uso en el lenguaje.” La salvedad “aunque no para todos” es importante y suele omitirse en las citas: Wittgenstein no enunciaba una teoría general del significado, sino un método de investigación — mirar el uso en lugar de buscar una entidad detrás de la palabra.
4.2 Juegos de lenguaje (Sprachspiele)
El lenguaje no es un sistema único y homogéneo, sino una multiplicidad de prácticas que Wittgenstein llama juegos de lenguaje (Sprachspiele). Dar y cumplir órdenes, describir un objeto, relatar un acontecimiento, formular hipótesis, contar un chiste, rezar, traducir, agradecer, insultar — cada uno es un “juego” con sus propias reglas, entrelazado con acciones y contextos. La noción de “juego” no es casual: así como no hay nada común a todos los juegos (de tablero, de cartas, de pelota, de azar), tampoco hay una esencia única compartida por todos los usos del lenguaje.
4.3 Parecidos de familia
De ahí el concepto de parecidos de familia (Familienähnlichkeiten). ¿Por qué llamamos a todos esos juegos “juegos” si no comparten una propiedad común? Porque entre ellos hay una red de parentescos solapados y entrecruzados — como los rasgos que se repiten entre los miembros de una familia (la estatura, la forma de los ojos, el temperamento), sin que un único rasgo esté presente en todos. Muchos de nuestros conceptos más comunes funcionan así, sin definición por género y diferencia específica. La exigencia de definiciones exactas para todo concepto es, ella misma, una de las ilusiones filosóficas que Wittgenstein quiere disolver.
4.4 Seguir una regla
Uno de los puntos más discutidos de las Investigaciones es la reflexión sobre qué significa seguir una regla. Toda aplicación de una palabra o de una fórmula sigue, en algún sentido, una regla; pero la regla misma no puede, so pena de regreso al infinito, contener las instrucciones de su propia aplicación a cada caso nuevo. Wittgenstein formula la paradoja: parece que ninguna interpretación determina por sí sola el uso correcto, pues cualquier curso de acción puede hacerse concordar con la regla mediante alguna interpretación. La salida no está en una interpretación ulterior, sino en que existe una manera de seguir la regla que se manifiesta en la práctica — en una costumbre, un adiestramiento, un modo compartido de actuar. Seguir una regla es una práctica pública, no un acto mental solitario.
4.5 El argumento del lenguaje privado
De ese análisis se sigue el célebre argumento del lenguaje privado. Wittgenstein examina la hipótesis de un lenguaje cuyos términos se refirieran a sensaciones privadas, accesibles solo a quien las tiene — un lenguaje que nadie más podría, en principio, comprender. Mediante el experimento mental del diarista que registra con el signo “S” una sensación recurrente, argumenta que tal lenguaje es imposible: sin un criterio público de aplicación correcta, no hay diferencia entre seguir la regla correctamente y solo creer que se la sigue — y donde esa distinción desaparece, no hay regla alguna. La consecuencia es profunda: el significado es constitutivamente público; incluso el lenguaje con que hablamos de nuestras experiencias internas depende de criterios compartidos.
4.6 Formas de vida (Lebensformen)
En el nivel más fundamental está la noción de formas de vida (Lebensformen). Los juegos de lenguaje no flotan en el vacío: están entrañados en modos de vida, en patrones de actividad, reacción y cultura. “Imaginar un lenguaje”, dice Wittgenstein, “significa imaginar una forma de vida.” Aceptar un lenguaje es aceptar un conjunto de prácticas compartidas, y es en ese suelo — no en fundamentos lógicos últimos — donde reposa la posibilidad del entendimiento mutuo. El acuerdo que hace posible el lenguaje no es acuerdo de opiniones, sino acuerdo en la forma de vida.
5. La filosofía como terapia
Tanto en el Tractatus como en las Investigaciones, Wittgenstein no concibe la filosofía como una ciencia productora de teorías y doctrinas. En el segundo período, esa convicción asume un cariz terapéutico: los problemas filosóficos no son cuestiones por resolver, sino confusiones por disolver. Surgen cuando “el lenguaje se va de vacaciones” — cuando las palabras se arrancan de los juegos en que tienen uso y se emplean en el vacío. En la formulación del §109 de las Investigaciones, la filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestro entendimiento por medio del lenguaje. La tarea del filósofo no es construir un sistema, sino devolver las palabras a su uso cotidiano y, con ello, hacer desaparecer el problema. “La filosofía”, escribe, deja todo como está.
Análisis crítico
La cuestión más debatida en la recepción de Wittgenstein es la de la relación entre sus dos fases: ¿ruptura o continuidad? La lectura tradicional ve una ruptura nítida — el “segundo Wittgenstein” refutando punto por punto al “primero”. Las propias Investigaciones parecen confirmarlo, en la medida en que su prólogo sugiere que el libro solo puede comprenderse bien en contraste con los “graves errores” del Tractatus. Otros intérpretes, sin embargo, subrayan continuidades de fondo: en ambas fases, la filosofía no produce teorías, sino que clarifica; en ambas, hay un límite más allá del cual el lenguaje no debe forzarse; en ambas, la tarea es terapéutica antes que doctrinaria.
A ese debate se suma, más recientemente, la llamada interpretación resoluta del Tractatus (asociada a comentaristas como Cora Diamond y James Conant). Según esa lectura, no hay en el Tractatus una doctrina inefable que el libro intentaría sugerir bordeando los límites de lo decible; las proposiciones del tratado son pura y simplemente carentes de sentido, y su propósito es terapéutico desde el comienzo — llevar al lector a abandonar la tentación metafísica. La lectura resoluta, contestada por la interpretación “tradicional” (que admite un inefable significativo en el primer Wittgenstein), acerca las dos fases al proyectar hacia atrás la vocación terapéutica de las Investigaciones. El debate permanece abierto y es uno de los más vivos de la literatura especializada.
Hay además divergencias sobre la propia solidez de los argumentos. El argumento del lenguaje privado, por ejemplo, ha sido leído de modos muy distintos — y la famosa reconstrucción de Saul Kripke (véase más adelante) se ha convertido ella misma en objeto de controversia, hasta el punto de que muchos comentaristas dudan de que “Kripkenstein” coincida con el Wittgenstein histórico.
Legado
La influencia de Wittgenstein es vasta y ramificada. En lo inmediato, el segundo Wittgenstein fue decisivo para la filosofía del lenguaje ordinario desarrollada en Oxford y Cambridge: Gilbert Ryle, cuya crítica al dualismo cartesiano en El concepto de lo mental (1949) hace eco del impulso antiesencialista wittgensteiniano, y J. L. Austin, con su teoría de los actos de habla en Cómo hacer cosas con palabras (1962), comparten la atención al uso efectivo del lenguaje. Su alumna Elizabeth Anscombe, traductora de las Investigaciones, fue central en la transmisión y la difusión de su obra.
En la filosofía del lenguaje y de la mente, Saul Kripke retomó las reflexiones sobre el seguir reglas y el lenguaje privado en Wittgenstein on Rules and Private Language (1982), formulando una “paradoja escéptica” sobre el significado cuya atribución a Wittgenstein es contestada, pero cuya fecundidad es innegable. Las tesis sobre el carácter público del significado y sobre las formas de vida tuvieron amplio alcance también en las ciencias sociales y la antropología, alimentando debates sobre racionalidad, reglas y prácticas culturales. Incluso corrientes muy alejadas del estilo analítico — de la hermenéutica a la teoría social — dialogaron con la idea de que comprender un lenguaje es participar de una forma de vida.
Queda, al fin, el doble legado de un pensador que enseñó, primero, a respetar los límites de lo que puede decirse y, después, a desconfiar de la propia pregunta “¿qué significa esta palabra?”. En ambas fases, Wittgenstein invita al lector menos a adquirir doctrinas que a cambiar la manera de mirar el lenguaje.
Lecturas recomendadas
- Ludwig Wittgenstein, Tractatus Logico-Philosophicus (1921) — la obra del primer Wittgenstein; conviene la edición bilingüe con la introducción de Russell.
- Ludwig Wittgenstein, Investigaciones Filosóficas (1953, póstuma) — la obra central del segundo Wittgenstein.
- Ludwig Wittgenstein, Los cuadernos azul y marrón (dictados en 1933–35; publicados en 1958) — textos de transición entre las dos fases.
- Ludwig Wittgenstein, Sobre la certeza (1969, póstuma) — reflexiones finales sobre conocimiento y duda.
- Saul Kripke, Wittgenstein on Rules and Private Language (1982) — la célebre y polémica lectura del problema de las reglas.
- Ray Monk, Ludwig Wittgenstein: The Duty of Genius (1990) — la biografía intelectual de referencia.