Pocas teorías morales han sido tan influyentes — y tan atacadas — como el utilitarismo. Su idea central es desconcertantemente simple: la acción correcta es la que produce la mayor cantidad de bienestar para el mayor número de afectados. Nacido como filosofía reformadora en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, moldeó el derecho penal, la economía del bienestar, las políticas públicas y, más recientemente, la ética animal y la lucha contra la pobreza global. Este artículo expone su estructura, sus principales autores y las objeciones que lo persiguen.


1. El principio de utilidad: Bentham

El fundador es Jeremy Bentham. En Una introducción a los principios de la moral y la legislación (1789), formula el principio de utilidad: aprobar o desaprobar cada acción según su tendencia a aumentar o disminuir la felicidad de los interesados. Felicidad, para Bentham, es placer y ausencia de dolor — un hedonismo (véase el hedonismo como principio) a la vez psicológico (nos gobiernan “dos amos soberanos”, el dolor y el placer) y ético.

Bentham propone medir el bien con un cálculo felicífico: intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad, pureza y extensión (a cuántas personas alcanza) de los placeres y dolores. De ahí su igualitarismo radical, en la máxima que Mill le atribuye: “cada uno cuenta por uno, y ninguno por más de uno”. Y de ahí también su antielitismo provocador — habría sostenido que, si proporciona igual placer, el juego de pushpin “vale tanto como” la poesía. Reformador incansable, usó el principio para criticar el derecho penal y ridiculizó la doctrina de los derechos naturales como “disparate sobre zancos” (nonsense upon stilts): solo cuentan las consecuencias, no las entidades metafísicas.


2. Los placeres superiores: Mill

John Stuart Mill, educado por Bentham y por su propio padre, dio al utilitarismo su versión más sofisticada. En El utilitarismo (1863) acepta el principio, pero rechaza el hedonismo puramente cuantitativo del maestro: hay placeres superiores (intelectuales, estéticos, morales) e inferiores (corporales), y los primeros valen más no por ser mayores, sino por ser cualitativamente mejores — atestiguado por quien conoce ambos. De ahí su frase célebre: “Es mejor ser un Sócrates insatisfecho que un necio satisfecho.”

Mill intentó además una “prueba” del principio (lo que cada uno desea es la propia felicidad; luego, la felicidad general es deseable) — pasaje muy criticado por confundir lo deseable con lo deseado. En Sobre la libertad (1859), formuló el principio del daño: el único motivo legítimo para limitar la libertad de alguien es evitar un daño a terceros — una defensa de la libertad individual que muchos leen como utilitarismo “de reglas”. Más tarde, Henry Sidgwick, en Los métodos de la ética (1874), dio a la teoría su formulación más rigurosa y expuso el “dualismo de la razón práctica”: la tensión no resuelta entre el egoísmo racional y el utilitarismo.


3. La anatomía de la teoría

El utilitarismo es una combinación de tesis que conviene distinguir:

  • Consecuencialismo: lo que hace que un acto sea correcto o incorrecto son solo sus consecuencias, no la intención ni la regla en sí.
  • Bienestarismo (welfarism): lo único bueno en sí es el bienestar (placer, felicidad o satisfacción de preferencias).
  • Agregación: se suman los bienestares de todos los afectados.
  • Imparcialidad: el bienestar de cada uno cuenta por igual — el mío no vale más que el de un extraño.

De esas tesis derivan variantes importantes. El utilitarismo de actos evalúa cada acción individual por su resultado; el utilitarismo de reglas evalúa reglas por la utilidad de su adopción general (no mientas, aun cuando una mentira puntual traería más felicidad). El utilitarismo de preferencias (R. M. Hare, el primer Singer) sustituye el placer por la satisfacción de las preferencias. Y el utilitarismo negativo (sugerido por Popper) prioriza reducir el sufrimiento sobre maximizar la felicidad.


4. La ética práctica: Peter Singer

En los siglos XX y XXI, el utilitarismo encontró a su exponente más influyente en Peter Singer. En “Hambre, riqueza y moralidad” (1972), argumenta que, si podemos evitar algo muy malo sin sacrificar nada de importancia moral comparable, es nuestro deber hacerlo — de donde una exigencia fuerte de donación a quienes mueren de hambre. Aplicando la imparcialidad más allá de la especie, sostiene que lo que cuenta es la sintiencia (la capacidad de sufrir), no la pertenencia a la especie humana: ignorarla sería especismo (véase bienestar animal). Su obra inspiró el movimiento del altruismo eficaz, que busca hacer el mayor bien posible con recursos limitados.


5. Las grandes objeciones

El utilitarismo concentra uno de los debates más ricos de la ética. Las principales críticas:

  • Exigencia excesiva (demandingness): si debo maximizar siempre el bien general, la moral invade toda mi vida y me obliga a sacrificios continuos por los extraños, sin espacio para proyectos propios.
  • La separación de las personas: para John Rawls, al sumar bienestares como si la humanidad fuera un solo sujeto, el utilitarismo “no toma en serio la distinción entre las personas” — podría justificar sacrificar a unos en beneficio del agregado.
  • Justicia y derechos: los contraejemplos clásicos — condenar a un inocente para calmar a una turba, o “redistribuir” los órganos de un paciente sano para salvar a cinco — sugieren que el utilitarismo permitiría atrocidades si el saldo de felicidad las compensara. Robert Nozick añade el “monstruo de utilidad”, que absorbería todos los recursos por extraer de ellos más placer.
  • Integridad (integrity): Bernard Williams (perfil) argumenta que, al exigir que actúe siempre por el mejor resultado impersonal, el utilitarismo me aliena de mis compromisos y proyectos más profundos — de aquello que me hace ser yo.
  • Medición: ¿cómo comparar y sumar placeres y dolores tan distintos, entre personas diferentes?

A esas objeciones responden las tradiciones rivales: la deontología de Kant, para quien ciertos actos son incorrectos independientemente de las consecuencias, y la ética de la virtud de Aristóteles, centrada en el carácter, no en el cálculo. Los utilitaristas, por su parte, replican (con el utilitarismo de reglas o de “dos niveles”) que una moral bien informada por las consecuencias rara vez recomendaría, en la práctica, las atrocidades imaginadas.


6. Legado

A pesar de las críticas, el utilitarismo sigue siendo una de las grandes opciones vivas de la ética normativa. Su exigencia de imparcialidad y de tomar en serio el sufrimiento de todos los afectados moldeó la economía del bienestar, el análisis de costo-beneficio, la bioética, la ética animal y el debate sobre la pobreza global. Más que una doctrina cerrada, es un método para pensar las consecuencias de nuestras elecciones — un método cuya fuerza y cuyos límites siguen en el centro de la filosofía moral.


Lecturas esenciales

  • Jeremy Bentham, Una introducción a los principios de la moral y la legislación (1789).
  • John Stuart Mill, El utilitarismo (1863) y Sobre la libertad (1859).
  • Henry Sidgwick, Los métodos de la ética (1874).
  • J. J. C. Smart y Bernard Williams, Utilitarismo: a favor y en contra (1973).
  • Peter Singer, Ética práctica (1979).

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