A finales de los años sesenta, la confianza estructuralista en los sistemas estables empezó a resquebrajarse desde dentro. Los pensadores que llevaron el estructuralismo hasta su límite — Jacques Derrida, el Michel Foucault de la genealogía, Gilles Deleuze, el Roland Barthes tardío, Julia Kristeva — pasaron a conocerse (sobre todo en la academia anglófona) como postestructuralistas. Por la misma época tomó forma un diagnóstico más amplio: el de una condición posmoderna. Dos filósofos franceses le dieron sus formulaciones más influyentes — Jean-François Lyotard, con la incredulidad ante los grandes relatos, y Jean Baudrillard, con lo hiperreal y el simulacro. Este artículo recorre el momento postestructuralista y el debate sobre lo posmoderno.


1. Del estructuralismo al postestructuralismo

El estructuralismo afirmaba que el sentido nace de diferencias dentro de un sistema, no de sustancias positivas. El postestructuralismo acepta ese punto de partida — y lo radicaliza hasta desmontar la propia noción de estructura cerrada. Si el sentido es puro efecto de diferencias, entonces nunca está plenamente presente: está siempre diferido, remitido a otros signos. Es la idea que Derrida condensa en el neologismo différance (con a), que juega con “diferir” en el espacio y “aplazar” en el tiempo. En la conferencia de 1966 en Johns Hopkins, “La estructura, el signo y el juego”, Derrida mostró que toda estructura supone un centro — un punto fijo exento del juego de las diferencias — y que esa exigencia es el último residuo de la “metafísica de la presencia”.

Conviene ver que se trata de una radicalización, no de un simple rechazo. El postestructuralismo conserva el antihumanismo del estructuralismo (el sujeto como efecto, no como origen) y la desconfianza ante las evidencias “naturales”. Pero devuelve al pensamiento lo que la sincronía congelada había excluido: la historia, el poder, el deseo, el acontecimiento. Donde el estructuralismo buscaba el sistema atemporal, sus herederos buscan el movimiento, la fisura y la transformación.


2. Qué es el postestructuralismo

Conviene una advertencia: el “postestructuralismo” no es una escuela con manifiesto, sino una etiqueta de recepción, acuñada en gran medida en las universidades de lengua inglesa para agrupar la French Theory. Los propios autores rara vez se llamaban postestructuralistas; Foucault rechazaba cualquier etiqueta. Reunidos bajo el nombre, sin embargo, comparten un aire de familia:

  • Derrida — la deconstrucción: leer un texto contra sí mismo, exponiendo las oposiciones jerárquicas (habla/escritura, presencia/ausencia) que lo sostienen y que no logra estabilizar.
  • Foucault — la genealogía y el poder-saber: el sujeto y la verdad son producidos por prácticas y relaciones de poder históricamente situadas.
  • Deleuze — la diferencia pensada en sí misma, sin subordinación a la identidad; el rizoma contra el árbol jerárquico.

El hilo común es un antifundacionalismo: la sospecha de que no hay fundamento último — ni el sujeto, ni la estructura, ni el sentido fijo — capaz de anclar el saber. Lo que hay son juegos, diferencias, fuerzas y discursos sin origen soberano.


3. Postestructuralismo y posmodernidad no son lo mismo

Es común confundir ambos términos, pero conviene distinguirlos. El postestructuralismo es una orientación filosófica — una teoría del sentido, del texto y del sujeto. La posmodernidad (o lo posmoderno) es un diagnóstico epocal y cultural más amplio, que atraviesa la arquitectura (el crítico Charles Jencks fechó con ironía la “muerte de la arquitectura moderna” en 1972), las artes, la literatura y, con Lyotard, el propio estatuto del saber. Los campos se cruzan — y la recepción anglófona a menudo los fundió —, pero no coinciden. Lyotard es el puente entre ellos: un filósofo cercano al clima postestructuralista que dio nombre a la condición posmoderna.


4. Lyotard y La condición posmoderna

En 1979, Jean-François Lyotard publicó La condición posmoderna: Informe sobre el saber, encargado por el Consejo de Universidades del gobierno de Quebec. Su fórmula se hizo célebre: “Simplificando al extremo, se define ‘posmoderno’ como la incredulidad ante los metarrelatos” (métarécits).

Los metarrelatos son los grandes relatos que, en la modernidad, legitimaban el saber y las instituciones: el relato ilustrado de la emancipación de la humanidad por la razón, el relato idealista de la realización del Espíritu (Hegel), el relato marxista de la liberación de los trabajadores. Para Lyotard, esos relatos han perdido la credibilidad. Ya no hay un relato único que justifique el conjunto del conocimiento.

En su lugar, Lyotard recurre a los juegos de lenguaje de Wittgenstein: el saber es una pluralidad de juegos heterogéneos, cada uno con sus reglas, inconmensurables entre sí — no hay un metajuego que los unifique. La ciencia es solo uno de esos juegos; no puede legitimarse por sí sola y, históricamente, se ha apoyado en relatos que le eran externos. En la sociedad informatizada, advierte, el saber tiende a legitimarse por la performatividad — la mejor relación entre medios y fines, la eficacia — y a convertirse en mercancía. A la fe en el consenso, Lyotard opone la paralogía: la invención de nuevas jugadas, el valor del disenso.

Su obra filosófica más rigurosa, sin embargo, es La diferencia (Le Différend, 1983). Un diferendo es un conflicto entre dos partes que no puede resolverse con equidad por falta de una regla de juicio válida para ambas: el daño sufrido por una de ellas no puede siquiera formularse en el idioma que le haría justicia, y la víctima queda reducida al silencio. La tarea ética es testimoniar el diferendo e inventar nuevos idiomas para lo que aún no puede decirse. (Conviene notar que, para Lyotard, “posmoderno” es un concepto, no un mero período: lo vinculaba a lo sublime kantiano — “presentar que hay lo impresentable”.)


5. Baudrillard y el simulacro

Jean Baudrillard llegó a la filosofía desde la sociología del consumo. En El sistema de los objetos (1968) y La sociedad de consumo (1970), mostró que consumimos los objetos como signos — por su valor de signo, su posición en un código de distinción, y no por su utilidad. En El espejo de la producción (1973), rompió con el marxismo, acusando a Marx de seguir prisionero del “productivismo” de la economía política.

Su obra más influyente es Cultura y simulacro (Simulacres et simulation, 1981). Simular ya no es representar una realidad, sino generarla a partir de modelos: se produce un real sin origen ni referencia — lo hiperreal. “El mapa precede al territorio”, escribe Baudrillard, invirtiendo la fábula de Borges: en la precesión de los simulacros, el modelo viene antes que la cosa. El simulacro no es la copia de un real; es una copia sin original, “verdadera” por sí misma.

Baudrillard describe cuatro fases sucesivas de la imagen: ella (1) refleja una realidad profunda; (2) enmascara y pervierte esa realidad; (3) enmascara la ausencia de una realidad; (4) ya no guarda relación alguna con realidad alguna — es su propio simulacro puro. Disneylandia, dice, se presenta como imaginaria precisamente para hacernos creer que el resto de América es “real”.

La provocación se hizo notoria en La guerra del Golfo no ha tenido lugar (1991): el título no niega que hubo muertos, sino que sostiene que aquella guerra, transmitida en directo y preprogramada, se vivió como acontecimiento mediático hiperreal, “ganada de antemano” en las pantallas. La idea resonó en la cultura pop — Matrix (1999) cita Cultura y simulacro —, aunque Baudrillard consideraba que la película lo había malinterpretado.


6. El debate sobre la modernidad: Lyotard vs. Habermas

No todos aceptaron el anuncio del fin de la modernidad. Jürgen Habermas, heredero de la Escuela de Fráncfort, reaccionó con la tesis de que la modernidad es un proyecto inacabado (discurso de 1980, al recibir el Premio Adorno) y, en El discurso filosófico de la modernidad (1985), acusó a la estirpe postestructuralista — que se remonta a Nietzsche y Heidegger — de una contradicción performativa: usar la razón para denunciar la razón. Contra la disolución del sujeto, Habermas defiende la racionalidad comunicativa y la posibilidad de consenso por el mejor argumento.

Lyotard respondió que el consenso habermasiano es, él mismo, sospechoso: sería un metarrelato más, que hace violencia a la heterogeneidad de los juegos de lenguaje. A la promesa de acuerdo, opone el valor del disenso. En una tercera posición, el crítico marxista Fredric Jameson, en El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío (1984/1991), leyó lo posmoderno no como liberación ni como decadencia, sino como la forma cultural del capitalismo tardío — hecha de pastiche, superficialidad y debilitamiento del afecto histórico.


7. Críticas

El postestructuralismo y lo posmoderno atrajeron objeciones fuertes:

  • El caso Sokal (1996) y el “abuso de la ciencia”. El físico Alan Sokal publicó un artículo-parodia en una revista de estudios culturales; con Jean Bricmont, lanzó después Imposturas intelectuales (1997), denunciando el uso decorativo e impreciso de conceptos científicos por autores como Lacan, Kristeva, Baudrillard y Deleuze.
  • Relativismo y autorrefutación. Si debemos ser incrédulos ante todo metarrelato, ¿no sería la propia “incredulidad ante los metarrelatos” un metarrelato? El rechazo de toda verdad objetiva parece serrar la rama en la que se sienta.
  • Desarme político. Disolver el sujeto y los grandes relatos de emancipación puede vaciar la crítica y la acción colectiva — el viejo temor de que “las estructuras no salen a la calle”.

Los defensores responden que se trata, en parte, de caricaturas: la deconstrucción y la genealogía no son un “todo vale”, sino prácticas de lectura rigurosas, atentas precisamente a aquello que los discursos dominantes silencian.


8. Legado y relevancia contemporánea

Aun con el enfriamiento de la etiqueta “posmoderno” — hoy se habla de metamodernismo y de lo “pos-posmoderno” —, el vocabulario forjado en este período se ha vuelto parte de cómo leemos el mundo: simulacro, hiperreal, metarrelato, juego de lenguaje, diferendo. Lo hiperreal de Baudrillard anticipa los debates sobre deepfakes, “posverdad” y redes sociales; la incredulidad de Lyotard ilumina la fragmentación del espacio público. Conviene, sin embargo, no achatar a estos pensadores en “profetas de la posverdad”: diagnosticaron una condición, no la prescribieron. Las preguntas que plantearon — sobre la legitimación del saber y sobre el estatuto de la verdad y de lo real en un mundo mediado por imágenes — siguen, más que nunca, abiertas.


Lecturas esenciales

  • Jean-François Lyotard, La condición posmoderna (1979) y La diferencia (1983).
  • Jean Baudrillard, Cultura y simulacro (1981).
  • Jürgen Habermas, El discurso filosófico de la modernidad (1985).
  • Fredric Jameson, El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo tardío (1991).
  • François Cusset, French Theory (2003) — sobre la recepción norteamericana.

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