Tras la Revolución Rusa de 1917, se esperaba que la revolución se extendiera por la Europa industrializada. No se extendió: las insurrecciones alemana y húngara de 1918–1919 fueron aplastadas, y el capitalismo occidental sobrevivió. De esa derrota nació una de las tradiciones más ricas del pensamiento del siglo XX — el marxismo occidental. Ante el fracaso de la revolución en Occidente y el endurecimiento del marxismo soviético en dogma de Estado, un grupo de pensadores reabrió las preguntas que la ortodoxia había cerrado: ¿por qué no se rebelaron las masas? ¿Cómo sostienen la cultura, la ideología y la conciencia la dominación? ¿Qué lugar tienen la filosofía y la estética en la lucha política? Este artículo recorre esa tradición, de sus fundadores en 1923 al giro estructural de Althusser.
1. ¿Qué es el “marxismo occidental”?
La expresión fue usada por Maurice Merleau-Ponty en Las Aventuras de la Dialéctica (1955) y consagrada por el historiador británico Perry Anderson en Consideraciones sobre el Marxismo Occidental (1976). Designa una corriente que se distingue tanto del marxismo clásico (Marx, Engels, Lenin, Rosa Luxemburgo, Trotski — ligado directamente a la praxis revolucionaria) como del marxismo-leninismo oficial de los partidos comunistas.
Sus rasgos, según Anderson: un desplazamiento de la economía y la política hacia la filosofía y la estética; el desarrollo en un ambiente académico, y no en el calor de la lucha partidaria; la recuperación de la herencia hegeliana de Marx y del tema de la alienación del “joven Marx”; y el diálogo abierto con pensadores no marxistas — Weber, Freud, la fenomenología, más tarde el estructuralismo.
2. El origen: 1923 y el retorno a Hegel
Dos libros de 1923 fundan la tradición: Historia y Conciencia de Clase, de Georg Lukács, y Marxismo y Filosofía, de Karl Korsch. Ambos fueron condenados por la Internacional Comunista en 1924, acusados de “idealismo” — señal de que tocaban un nervio. Contra el economicismo de la II Internacional (que veía el socialismo como resultado casi automático de las leyes económicas) y contra el materialismo positivista de la ortodoxia, Lukács y Korsch reafirmaron la dimensión filosófica y dialéctica del marxismo, su origen hegeliano y la centralidad de la conciencia y de la praxis.
El movimiento ganaría un refuerzo decisivo en 1932, con la publicación de los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844, en los que el joven Marx desarrolla la teoría de la alienación del trabajo. Notablemente, Lukács había reconstruido el núcleo hegeliano del pensamiento de Marx antes de que esos manuscritos salieran a la luz.
3. Lukács: reificación y totalidad
La contribución central de Lukács es el concepto de reificación (Verdinglichung). Extendiendo el fetichismo de la mercancía de Marx y cruzándolo con la racionalización de Max Weber, Lukács muestra que, en el capitalismo, la forma-mercancía penetra toda la vida social y la conciencia misma: las relaciones entre personas asumen la apariencia de relaciones entre cosas, y el mundo se fragmenta en hechos aislados y cuantificables.
A ese mundo cosificado, Lukács opone la categoría de totalidad — la capacidad de aprehender la sociedad como un todo dinámico, que es el “punto de vista” propio del proletariado. Al tomar conciencia de que él mismo es una mercancía, el proletariado podría volverse el “sujeto-objeto idéntico” de la historia — tesis de inspiración hegeliana que el propio Lukács moderaría después.
4. Gramsci: hegemonía y sociedad civil
Encarcelado por el fascismo italiano, Antonio Gramsci escribió en los Cuadernos de la cárcel (1929–1935) la respuesta más influyente a la pregunta de por qué fracasó la revolución en Occidente. Su clave es el concepto de hegemonía: la clase dominante gobierna no solo por la fuerza, sino sobre todo por la dirección intelectual y moral, conquistando el consentimiento de los gobernados a través de la sociedad civil (escuelas, iglesias, prensa).
De ahí su estrategia: en Occidente, de sociedad civil densa, la revolución exige una larga “guerra de posiciones” cultural, no un asalto frontal al Estado. Y de ahí sus conceptos correlativos — los intelectuales orgánicos, el bloque histórico, la filosofía de la praxis y el trabajo sobre el sentido común de las masas. Gramsci es el marxista que más en serio tomó la autonomía de la cultura y de la política.
5. La Escuela de Fráncfort y la teoría crítica
La vertiente más conocida del marxismo occidental es la Escuela de Fráncfort, reunida en torno al Instituto de Investigación Social: Max Horkheimer, Theodor W. Adorno, Herbert Marcuse, Walter Benjamin y, en la generación siguiente, Jürgen Habermas. En diálogo con Freud y Weber, estos autores desarrollaron la teoría crítica: la crítica de la razón instrumental (la razón reducida a cálculo de medios), el análisis de la industria cultural que integra y adormece a las masas, y el diagnóstico, en la Dialéctica de la Ilustración (1947), de cómo el propio proyecto ilustrado se volvió contra sí. (La tradición de Fráncfort se trata en un artículo propio en este sitio.)
6. Otras vertientes: Bloch, Lefebvre, Sartre
La tradición es plural. Ernst Bloch, en El Principio Esperanza, pensó la dimensión utópica y la “anticipación” de un futuro mejor inscrita en la cultura. Henri Lefebvre desarrolló la crítica de la vida cotidiana y, más tarde, la teoría de la producción del espacio. Y Jean-Paul Sartre, en la Crítica de la Razón Dialéctica (1960), intentó fusionar existencialismo y marxismo, pensando cómo la libertad humana se petrifica en lo “práctico-inerte” y cómo un “grupo en fusión” puede reconquistar la historia. En todos reaparece el tema de la alienación y de la reconquista de una vida no reificada.
7. Althusser y el giro estructural
En la década de 1960, Louis Althusser rompió con todo ese linaje hegeliano y humanista. En Por Marx (1965) y Para Leer El Capital (1965), propuso un marxismo científico y estructural: hay un “corte epistemológico” entre el joven Marx, aún ideológico, y el Marx maduro, que funda la ciencia de las estructuras sociales. Contra el humanismo, Althusser sostuvo que la historia es un “proceso sin sujeto” y que la ideología opera por la interpelación de los individuos como sujetos. Su teoría de los Aparatos Ideológicos de Estado renovó el análisis marxista de la cultura y de la escuela.
8. La gran división: hegelianos vs. cientificistas
El marxismo occidental está atravesado por una tensión central. De un lado, la corriente hegeliana y humanista — Lukács, Gramsci, Fráncfort, Sartre, Bloch, Lefebvre —, centrada en la alienación, la conciencia, la praxis y el sujeto. Del otro, la corriente antihegeliana y cientificista — Althusser en Francia, Galvano Della Volpe y Lucio Colletti en Italia —, que rechaza el concepto de alienación como residuo idealista y busca en Marx una ciencia de las estructuras, sin sujeto. Este debate sobre el lugar del humanismo en el marxismo fue uno de los más intensos de la filosofía del siglo XX.
9. Críticas y límites
Perry Anderson, al mapear la tradición, también la criticó. El marxismo occidental habría nacido de una derrota y jamás la superó: divorciado de la praxis obrera y de la estrategia política concreta, se refugió en la universidad, en la filosofía y en la estética, cultivando un lenguaje esotérico y un tono con frecuencia pesimista. La riqueza teórica habría sido el reverso de una impotencia práctica. Otros críticos cuestionaron el funcionalismo de Althusser, el elitismo cultural de Adorno y la oscuridad de buena parte de la producción.
10. Legado
A pesar de sus límites, el marxismo occidental moldeó las humanidades contemporáneas. De él descienden los estudios culturales (vía Gramsci y la Escuela de Birmingham), la teoría crítica actual (Habermas, Honneth), el posmarxismo de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (que generalizan la hegemonía gramsciana), la crítica cultural de Fredric Jameson y la renovación de la teoría de la reificación. En contraste, el llamado marxismo analítico (G. A. Cohen, Jon Elster) buscaría, en el mundo anglófono, un camino opuesto: reconstruir a Marx con las herramientas de la filosofía analítica y de la teoría de la elección racional. Comprender el marxismo occidental es, en gran medida, comprender cómo el pensamiento de izquierda del siglo XX se reinventó ante la derrota — haciendo de la cultura, y no solo de la economía, un campo de batalla.
Lecturas esenciales
- Georg Lukács, Historia y Conciencia de Clase (1923).
- Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel (1929–1935).
- Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica de la Ilustración (1947).
- Louis Althusser, La Revolución Teórica de Marx (Pour Marx, 1965).
- Perry Anderson, Consideraciones sobre el Marxismo Occidental (1976) — el mapa crítico de la tradición.
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