Este es el quinto y último artículo de la serie dedicada a la obra monumental de Joseph Maréchal (1878–1944), Le point de départ de la métaphysique. Los cuatro artículos anteriores recorrieron el largo camino preparatorio: la epistemología clásica y escolástica (Cuaderno I), el racionalismo y el empirismo modernos (Cuaderno II), el análisis de Kant (Cuaderno III), y el sistema idealista post-kantiano de Fichte, Schelling y Hegel (Cuaderno IV). Llegamos ahora al destino: el Cuaderno V — Le thomisme devant la philosophie critique —, publicado en 1926, que es el corazón de la obra de Maréchal y su contribución más original a la historia de la filosofía. Aquí Maréchal realiza la comparación sistemática entre el tomismo y la filosofía crítica, y presenta su síntesis: el dinamismo del intelecto hacia el Ser Absoluto no es una petición de principio metafísica, sino una condición inmanente al propio acto de conocer.


El problema que el Cuaderno V debe resolver

Al final del recorrido por los cuadernos anteriores, el estado del problema es el siguiente. Kant demostró que el conocimiento humano está estructurado por formas a priori del sujeto, y que el uso legítimo de estas formas se limita al dominio de la experiencia posible. La metafísica —como ciencia del ser en cuanto ser, de Dios, del alma, del mundo como totalidad— excede ese dominio y produce ilusiones. El dinamismo de la razón hacia lo incondicionado es real, pero solo tiene valor regulativo: orienta la investigación sin producir conocimiento genuino.

El tomismo afirma, por el contrario, que el intelecto tiene acceso real al ser —no solo al fenómeno— y que la metafísica es posible como ciencia. Pero esta afirmación, en los términos de la Escolástica clásica, no había sido formulada como una deducción trascendental: no había mostrado que la apertura al ser es una condición de posibilidad del propio acto cognoscitivo.

El desafío del Cuaderno V es doble: responder a Kant desde dentro del método trascendental —aceptando las reglas del juego— y mostrar que el resultado no es el agnosticismo metafísico, sino la metafísica tomista del ser.


El punto de partida: el acto de afirmación

El argumento de Maréchal comienza de manera engañosamente simple. Tomemos el acto más elemental del conocimiento: un juicio. Afirmo: “esto es un árbol”. ¿Qué estoy haciendo cuando hago esta afirmación?

No estoy simplemente conectando representaciones entre sí —eso sería, a lo sumo, una asociación o una operación lógica. En el juicio de existencia, en la afirmación básica de que algo es, hay algo más: estoy afirmando que la realidad es así, que lo que pienso corresponde a algo que existe. La afirmación no es intrasubjetiva: tiene una dirección trascendente, apunta más allá de sí misma hacia lo real.

Esto es lo que Maréchal llama la estructura intencional del juicio. El juicio no es un evento cerrado en la mente; es un acto que objetiva, que pone enfrente de sí algo que tiene valor de realidad. La pregunta trascendental de Maréchal es: ¿cuál es la condición de posibilidad de esta objetivación? ¿Qué debe ser verdad para que el intelecto pueda hacer una afirmación que tenga genuinamente el carácter de un contacto con lo real?


El horizonte del Ser Absoluto

La respuesta de Maréchal es la siguiente: toda afirmación particular —“esto es un árbol”, “este triángulo tiene ángulos que suman 180 grados”, “este acto es injusto”— implica un horizonte previo dentro del cual la afirmación tiene sentido. Afirmar algo como verdadero —como correspondiente a la realidad— presupone un horizonte de verdad en general, de ser en general, dentro del cual la cosa afirmada tiene su lugar.

Este horizonte no es un objeto más que el intelecto conoce junto a los otros objetos. Es la condición de posibilidad de toda objetivación. No es algo que el intelecto alcanza al final de un proceso de inferencia —no es el resultado de un argumento cosmológico u ontológico. Es la condición que ya debe estar dada para que cualquier argumento, cualquier juicio, cualquier afirmación, sea posible.

Y este horizonte tiene las características del Ser Absoluto: debe ser incondicionado (de lo contrario no podría funcionar como condición última), debe ser plenamente inteligible (de lo contrario no podría ser el horizonte de toda inteligibilidad), debe ser real (de lo contrario no podría garantizar el carácter objetivo de los juicios). En términos tomistas: el horizonte de toda objetivación es el esse subsistens —el ser que subsiste por sí mismo, que es Dios.


El concepto de ens in communi como objeto formal del intelecto

Para entender el argumento de Maréchal con mayor precisión, es necesario introducir el concepto tomista de objeto formal del intelecto. En la escolástica, el objeto formal es el aspecto bajo el cual una facultad capta su objeto: la vista capta los objetos bajo el aspecto del color; el oído, bajo el aspecto del sonido; el intelecto, bajo el aspecto del ens in communi —el ser en general.

El intelecto humano no está orientado hacia ningún tipo particular de ser: no es solo la facultad de los objetos matemáticos, ni solo la facultad de los objetos físicos. Está orientado hacia todo lo que es —su objeto formal es el ser en cuanto ser. Esta orientación no es una abstracción empírica, un concepto que el intelecto forma a partir de la experiencia de múltiples seres particulares. Es la condición a priori de toda captación de cualquier ser particular.

Maréchal argumenta que esta orientación del intelecto hacia el ens in communi es equivalente, en el lenguaje trascendental, a lo que él llama el horizonte de Ser Absoluto: el intelecto solo puede captar entes particulares porque está ya siempre orientado hacia el ser en cuanto tal, que en su plenitud es el Ser Absoluto. El movimiento del intelecto hacia cualquier objeto particular es, en su raíz, un movimiento hacia el Ser.


La finalidad del intelecto: appetitio naturalis hacia el esse

El argumento del horizonte de Ser Absoluto está fundado, en Maréchal, en una doctrina sobre la finalidad del intelecto que tiene raíces profundas en la metafísica tomista: la doctrina de la appetitio naturalis o deseo natural.

En el tomismo, toda potencia está ordenada hacia su acto, toda facultad hacia su objeto propio. Esta orientación no es solo descriptiva —no es simplemente que el intelecto de hecho se dirige hacia sus objetos—; es normativa y finalística: el intelecto tiende hacia su objeto pleno con una tendencia que es constitutiva de su naturaleza. El objeto pleno del intelecto —su acto perfecto— no son los entes particulares abstraídos de la experiencia sensible, sino el Ser mismo.

Esta doctrina tiene en Tomás una dimensión teológica importante: el deseo natural del intelecto de ver a Dios (el desiderium naturale visionis Dei) es, para Tomás, una inclinación real del intelecto hacia su bien supremo, aunque la satisfacción de ese deseo requiera un don sobrenatural (la gracia). Maréchal no entra aquí en la controversia teológica sobre la relación entre naturaleza y gracia; su punto es el filosófico: el dinamismo del intelecto hacia el ser no es accidental, sino constitutivo.

La importancia filosófica de esta doctrina es que el dinamismo intelectual hacia el Absoluto no es solo un hecho psicológico —una tendencia que los hombres de hecho tienen—, sino una estructura trascendental. Es la condición de posibilidad de que el intelecto pueda afirmar algo como verdadero. Y una condición de posibilidad no puede ser ilusoria sin destruir aquello de cuya posibilidad es condición.


La afirmación del Absoluto: constitutiva, no inferida

Uno de los puntos más delicados del argumento de Maréchal —y uno de los que con mayor frecuencia es malentendido— es la distinción entre la afirmación constitutiva del Absoluto y la inferencia del Absoluto como conclusión de un argumento.

Las pruebas de la existencia de Dios en la teología natural —las quinque viae de Tomás, el argumento cosmológico, el argumento teleológico— son inferencias: parten de hechos de la experiencia y concluyen la existencia de Dios como causa primera, motor inmóvil, etc. Estas inferencias tienen su valor, pero son vulnerables a la objeción kantiana: la causalidad, usada más allá de la experiencia posible, pierde su justificación trascendental.

El argumento de Maréchal es diferente y más radical. No concluye la existencia del Absoluto como término de una cadena causal; muestra que la afirmación del Absoluto está ya implícita en la estructura de todo juicio. No es un resultado al que se llega al final; es la condición de todo comienzo. Cada vez que el intelecto afirma algo como verdadero, está ya —implícitamente, transcendentalmente— afirmando el horizonte de Ser Absoluto dentro del cual esa afirmación tiene sentido.

Esto es lo que Maréchal llama la afirmación implícita del Absoluto: no una inferencia, sino una condición inmanente al acto cognoscitivo mismo. Y en esto consiste la respuesta al desafío kantiano: la metafísica no es un salto ilegítimo desde el fenómeno hacia el noúmeno; es la explicitación reflexiva de lo que el intelecto ya está haciendo implícitamente en cada acto de conocimiento.


Evaluación crítica: la objeción de Gilson

La obra de Maréchal no careció de críticos dentro del propio campo tomista. La objeción más influyente vino de Étienne Gilson (1884–1978), el gran historiador del tomismo medieval. Gilson consideraba que el proyecto marechaliano era fundamentalmente erróneo en su estrategia: no se puede responder a Kant en los términos de Kant sin asumir los presupuestos del idealismo transcendental, que son incompatibles con el realismo tomista.

Para Gilson, el tomismo no necesita ninguna deducción trascendental de la objetividad del conocimiento porque el realismo no es una conclusión que se demuestra: es un punto de partida que se vive en la experiencia concreta antes de cualquier filosofía. La metafísica del esse —del acto de ser— es la descripción filosófica de algo que el intelecto ya conoce existencialmente. Intentar fundarla mediante un análisis de las condiciones de posibilidad del conocimiento es caer en el juego kantiano y, en última instancia, en un nuevo idealismo disfrazado de tomismo.

La respuesta del tomismo transcendental a Gilson tiene varios niveles. En primer lugar: aceptar el punto de partida realista no exime de la necesidad de articularlo filosóficamente. Si la pregunta kantiana —¿cómo es posible el conocimiento objetivo?— es una pregunta legítima (y Maréchal cree que sí lo es), entonces una filosofía que simplemente la ignora no la ha respondido, solo la ha eludido. En segundo lugar: el argumento del dinamismo intelectual no es una deducción que parta de dentro del sujeto y trate de llegar al objeto; parte del hecho del conocimiento —incluyendo su dimensión intencional y objetiva— y analiza sus condiciones. El punto de partida es el acto de conocer tal como se da, no una representación subjetiva aislada.


El legado: Rahner, Lonergan, Coreth

El Cuaderno V de Maréchal no fue un monumento histórico destinado a los especialistas en escolástica. Fue el punto de arranque de toda una corriente filosófica y teológica que marcó profundamente el pensamiento católico del siglo XX.

Karl Rahner (1904–1984), el influyente teólogo jesuita alemán, fue profundamente influenciado por la obra de Maréchal y estudió directamente con Martin Heidegger en Friburgo (1934–1936). En su obra filosófica Geist in Welt (“Espíritu en el Mundo”, 1939), Rahner reinterpreta la metafísica del conocimiento de Tomás de Aquino en clave trascendental, en diálogo tanto con Maréchal como con Heidegger. La doctrina del horizonte del Ser como condición del conocimiento se convierte, en Rahner, en el fundamento para una teología de la potentia oboedientialis: la apertura estructural del ser humano hacia la revelación divina. El dinamismo del intelecto hacia el Ser Absoluto es, en Rahner, la condición de posibilidad de la recepción de la Palabra de Dios.

Bernard Lonergan (1904–1984), el filósofo jesuita canadiense, desarrolló de manera independiente —aunque en diálogo con Maréchal— su propio método trascendental en la obra Insight: A Study of Human Understanding (1957). Lonergan parte del acto de la comprensión intelectual —el insight— y analiza su estructura para mostrar que el conocimiento genuino implica la afirmación del ser real, y que el horizonte de esa afirmación es el Ser incondicionado. En su obra posterior Method in Theology (1972), Lonergan aplica este método trascendental a la teología sistemática. La influencia de Maréchal es reconocida y explícita.

Emerich Coreth (1919–2006), el filósofo jesuita austriaco, desarrolló el método trascendental tomista en su obra Metaphysik (1961), donde intenta realizar plenamente lo que Maréchal esbozó: una metafísica del ser fundada en el análisis trascendental del acto cognoscitivo. El horizonte del ser —lo que Coreth llama la Vorgriff auf Sein (preaprehensión del ser)— es la condición inmanente de todo conocimiento particular, y la reflexión sobre ese horizonte es la tarea de la metafísica.


La síntesis: metafísica posible desde adentro

El argumento central del Cuaderno V puede formularse en cinco pasos que resumen todo el recorrido de la obra de Maréchal:

Primero: todo acto de conocimiento humano implica un juicio; todo juicio es una afirmación.

Segundo: toda afirmación tiene una estructura intencional; no es un evento cerrado en el sujeto, sino un acto que objetiva, que pone algo enfrente como real.

Tercero: la objetivación solo es posible dentro de un horizonte de ser en general —el ens in communi— que funciona como condición de posibilidad de toda objetivación particular.

Cuarto: este horizonte de ser en general, en su plenitud, es el Ser Absoluto, incondicionado e infinito —el esse subsistens de la metafísica tomista.

Quinto: por tanto, la metafísica del ser no es un salto ilegítimo más allá de la experiencia; es la explicitación reflexiva de la condición inmanente al propio acto de conocer. El Ser Absoluto no es una inferencia, sino el horizonte constitutivo de toda afirmación. La metafísica es posible —y no solo regulativamente, sino constitutivamente.


Un legado abierto

La obra de Maréchal permanece como uno de los intentos más serios y rigurosos de poner en diálogo la tradición metafísica con la modernidad filosófica. No pretendió ignorar a Kant ni simplemente rechazarlo: lo tomó en serio, lo leyó con cuidado, y mostró que sus propios resultados, llevados hasta sus últimas consecuencias, abren el espacio que la metafísica necesita.

El debate que Maréchal inició no está cerrado. La tensión entre el realismo tomista y el idealismo transcendental, entre la metafísica del esse y el método crítico, entre la afirmación del Absoluto como condición constitutiva y su reducción a mero ideal regulativo —estas tensiones siguen siendo productivas en la filosofía contemporánea. Quienes lean a Rahner, a Lonergan o a Coreth están leyendo, en última instancia, los ecos del jesuita belga que se sentó a dialogar con Kant sin perder a Tomás.

Esta serie de cinco artículos ha intentado acompañar ese recorrido desde sus comienzos históricos hasta su síntesis filosófica. El punto de partida de la metafísica, según Maréchal, no está ni en las ideas innatas del racionalismo ni en las impresiones sensibles del empirismo ni en el fenómeno kantiano. Está en el acto mismo de afirmar: allí donde el intelecto dice es, y en ese es ya lleva consigo, implícita e inevitablemente, el horizonte del Ser que todo lo funda.

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