Imaginemos que toda la filosofía occidental, de Parménides a Heidegger, hubiese cometido el mismo gesto fundamental: reducir lo diferente a lo idéntico, absorber lo extraño en lo familiar, convertir al Otro en un objeto de mi saber. Esta es la acusación que recorre la obra de Emmanuel Lévinas (1906–1995). Contra una tradición que hizo de la pregunta por el ser su cuestión mayor, Lévinas afirma algo aparentemente sencillo y radicalmente subversivo: antes de la ontología está la ética. Antes de que yo comprenda el mundo, ya estoy obligado por un rostro que me mira y dice “no matarás”.

La fuerza de esta filosofía no se entiende al margen de su biografía. Lévinas pensó desde las ruinas del siglo XX, y la experiencia del exterminio no es el telón de fondo de su pensamiento: es su nervio.


1. Contexto histórico y biográfico

1.1 Origen y formación

Emmanuel Lévinas nació el 12 de enero de 1906 en Kaunas (Kovno), Lituania, entonces parte del Imperio ruso, en una familia judía de cultura litvak, heredera de la tradición racionalista y talmúdica del judaísmo lituano. Creció leyendo la Biblia hebrea y a los grandes novelistas rusos, Pushkin y Dostoievski entre ellos. En 1923 se trasladó a Francia para estudiar en la Universidad de Estrasburgo, donde se licenció en filosofía.

Fue en Estrasburgo, y luego durante una estancia decisiva en Friburgo (1928–1929), donde Lévinas encontró la fenomenología. Estudió directamente con Edmund Husserl y asistió a los seminarios de Martin Heidegger. Su tesis doctoral, La teoría de la intuición en la fenomenología de Husserl (1930), fue uno de los textos que introdujeron la fenomenología en el público francés: Sartre, según su propio relato, descubrió a Husserl a través de Lévinas. Se naturalizó ciudadano francés en 1939.

1.2 La guerra, el cautiverio y la Shoá

Su admiración por Heidegger se quebró cuando el filósofo se adhirió al nazismo en 1933. La Segunda Guerra Mundial transformó definitivamente la vida y el pensamiento de Lévinas. Movilizado como intérprete del ejército francés, fue capturado en 1940 y pasó el resto de la guerra en un campo de prisioneros (Stalag) en Alemania, en Fallingbostel. Su condición de prisionero de guerra, paradójicamente, lo protegió de los campos de exterminio.

Su familia no tuvo la misma suerte. Su padre y sus hermanos fueron asesinados por las SS en Lituania; su suegra fue deportada y nunca regresó. Su esposa y su hija sobrevivieron escondidas en un monasterio, con ayuda del escritor Maurice Blanchot. La Shoá se convirtió, para Lévinas, en el acontecimiento que vuelve obscena toda filosofía que comience por el ser y termine en la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. La dedicatoria de su segunda obra mayor —“a la memoria de los seres más próximos entre los seis millones de asesinados por los nacionalsocialistas”— dice todo sobre lo que está en juego.

1.3 El judaísmo y las lecturas talmúdicas

Tras la guerra, Lévinas dirigió la École Normale Israélite Orientale de París y estudió el Talmud con el enigmático maestro conocido como Monsieur Chouchani (que también enseñó a Elie Wiesel). De ahí surgió, en paralelo a la obra filosófica, un conjunto de lecturas talmúdicas: comentarios rabínicos como los reunidos en Cuatro lecturas talmúdicas (1968) y De lo sagrado a lo santo (1977).

Lévinas distinguió siempre con rigor sus escritos filosóficos (de método fenomenológico, dirigidos a todos) de sus escritos confesionales, judíos. Pero la relación entre ambos es una de las tensiones más discutidas de su obra; volveremos sobre ella. Las principales obras filosóficas son: De la existencia al existente (1947), El tiempo y el otro (lecciones de 1946–47, publicadas en 1948), Totalidad e infinito (1961) y De otro modo que ser, o más allá de la esencia (1974).


2. La crítica a la ontología

2.1 Contra la primacía del ser

El blanco declarado de Lévinas es la tradición que culmina en Heidegger. En Ser y tiempo, Heidegger hizo de la pregunta por el sentido del ser la cuestión fundamental y subordinó toda relación concreta —incluida la relación con los demás— a una comprensión previa del ser.

Para Lévinas esto es un error fatal. Poner la ontología en primer lugar es hacer de la comprensión la relación más originaria, y comprender es siempre, en alguna medida, poseer, enmarcar, neutralizar. La ontología, dice Lévinas, es una “filosofía del poder”, una filosofía de la injusticia, porque reduce al ente singular al horizonte impersonal del ser, del mismo modo en que el Estado puede reducir a la persona a un caso general.

2.2 La totalización: la reducción del Otro a lo Mismo

Lévinas llama totalidad al gesto recurrente del pensamiento occidental: asimilar la diferencia, disolver lo particular en lo universal, hacer del Otro un momento de mi saber. El conocimiento, por su propia estructura, lleva lo exterior al interior de la conciencia, convierte lo extraño en contenido representado: en lo Mismo (le Même). Hegel es el máximo exponente de esta lógica: todo, incluso la negatividad, acaba reconciliado en el Saber Absoluto.

Contra la totalidad, Lévinas invoca la idea de infinito, tomada de Descartes (la Tercera Meditación): la idea de algo cuyo ideatum excede infinitamente a la idea misma. El Otro es exactamente eso: una presencia que desborda toda representación que yo pueda formarme de él.

2.3 La ética como filosofía primera

De ahí la tesis central: la ética es filosofía primera (la philosophie première). No la metafísica, no la lógica, no la ontología, sino la relación con el Otro es el acontecimiento más originario, aquello a partir de lo cual todo lo demás se vuelve inteligible. La subjetividad no se constituye primero como un yo que después encuentra a los demás; se constituye ya interpelada, ya obligada, ya responsable.


3. El Otro y la alteridad infinita

3.1 Autrui: el Otro irreductible

La palabra clave es autrui: el Otro humano, el prójimo. Lévinas insiste en que autrui no es un alter ego, otro como yo, una copia mía reconstruida por analogía (como en ciertas lecturas de Husserl). El Otro es absolutamente otro: separado, exterior, trascendente. Su alteridad no es relativa (la diferencia entre dos objetos del mismo género), sino absoluta: una diferencia que ningún concepto común recubre.

Por eso el Otro escapa por principio a mi aprehensión. Puedo describirlo, clasificarlo, conocer sus atributos, pero todo ello resbala sobre una exterioridad que permanece. El Otro siempre me excede. Es en esa irreductibilidad donde Lévinas sitúa la trascendencia ética: el Otro me trasciende no como un más allá del mundo, sino como aquel a quien, aquí mismo, no puedo reducir a mí.

3.2 El il y a y la soledad del ser

En De la existencia al existente y El tiempo y el otro, Lévinas describe una experiencia límite que llama il y a: el “hay” impersonal. Es el ser sin entes, el murmullo anónimo que resta cuando imaginamos la supresión de todas las cosas: no la nada tranquila, sino una presencia sofocante, sin sujeto, como el rumor del insomnio o de la noche. El il y a es el reverso del ser heideggeriano: no algo luminoso por desvelar, sino algo opresivo del que hay que escapar. Y la salida de ese anonimato, muestra Lévinas, no se da por la posesión del mundo ni por la muerte: se da por la relación con el Otro.


4. El rostro

4.1 La epifanía del rostro

El concepto más célebre de Lévinas es el rostro (le visage). Cuidado con un equívoco frecuente: el rostro no es el conjunto de rasgos físicos de un semblante —no es el color de los ojos, la forma de la nariz, lo que un retrato capta—. El rostro es el modo en que el Otro se presenta excediendo toda imagen que yo me forme de él. Es epifanía: la manera en que autrui irrumpe ante mí sin dejarse contener en forma alguna.

El rostro no es un fenómeno entre fenómenos, un objeto más en el campo de mi percepción. Es, por el contrario, aquello que rompe el régimen de los fenómenos: exposición desnuda, vulnerabilidad, despojo. En el rostro, el Otro se muestra a la vez infinitamente frágil (expuesto, indefenso, mortal) e infinitamente alto (una autoridad que me convoca desde lo alto, que me juzga).

4.2 “No matarás”

El rostro habla antes incluso de cualquier palabra. Su primera “expresión” es una resistencia ética: la fragilidad del rostro me prohíbe la violencia. Lévinas formula esa interpelación retomando el mandamiento bíblico: el rostro dice “no matarás” (Tu ne tueras point). No se trata de una regla que yo deduzco, sino de una llamada que precede a toda deliberación. El rostro, justamente por estar expuesto y ser mortal, es la primera tentación del asesinato y, al mismo tiempo, su interdicción absoluta. Encontrar el rostro es ya estar ordenado a no destruirlo, y más aún: a sostenerlo.


5. Responsabilidad infinita y asimétrica

5.1 La anterioridad del Otro

La relación con el rostro instituye la responsabilidad, no como consecuencia de una elección, sino como su condición. Aquí Lévinas invierte toda la tradición moral moderna, de Kant a Sartre: la ética no comienza en mi libertad autónoma. Soy responsable antes de haber elegido serlo. La responsabilidad es heterónoma en su raíz: viene del Otro, no de mí. Soy responsable de él antes de cualquier compromiso, antes de cualquier contrato, antes incluso de saber quién es.

5.2 Asimetría sin reciprocidad

Esa responsabilidad es asimétrica. La célebre frase de Dostoievski que Lévinas cita con insistencia —“todos somos responsables de todo y de todos ante todos, y yo más que los demás”— expresa lo esencial: mi responsabilidad por el Otro no depende de la que él tenga por mí. Que el Otro sea responsable de mí es asunto suyo; mi deber no exige reciprocidad. La relación ética es desnivelada, y esa desproporción es constitutiva. No hay equilibrio contable entre lo que debo y lo que se me debe.

5.3 Sustitución y rehén

En De otro modo que ser, Lévinas radicaliza esta intuición hasta el límite. La subjetividad ética se describe como sustitución: ser sujeto es ser-uno-por-el-otro, responder por el Otro hasta el punto de ocupar su lugar, de cargar su fardo. El sujeto es descrito como rehén (otage) del Otro, término provocador que marca el carácter incondicional e involuntario de la obligación. La responsabilidad llega al punto de que yo respondo incluso por la persecución que el Otro me inflige. Se trata, evidentemente, de una hipérbole filosófica deliberada: Lévinas quiere pensar la ética más allá de toda economía de intercambio.

5.4 El tercero y la justicia

Pero la relación cara a cara no es la última palabra. Si solo existiéramos el Otro y yo, la responsabilidad sería infinita y sin medida. Ocurre que siempre hay un tercero (le tiers): más allá del rostro que me interpela hay otros rostros, otros prójimos, cada uno también irreductible. El tercero introduce la necesidad de comparar lo incomparable, de pesar, de medir, de hacer justicia. Es aquí donde nacen la justicia, la ley, las instituciones, la política y la propia filosofía como saber. El paso del cara a cara al tercero es el paso de la bondad ilimitada a la justicia calculable: un momento indispensable, pero que nunca debe hacernos olvidar su origen en la responsabilidad por el rostro singular.


6. El Dicho y el Decir

La obra de 1974, De otro modo que ser, opera en un registro más difícil, en parte como respuesta a las objeciones de Derrida (véase más adelante). Lévinas reconoce que su propio lenguaje, al hablar del Otro, corre el riesgo de traicionarlo, de transformarlo en tema, en contenido, en totalidad. Para afrontarlo, distingue dos planos del lenguaje.

El Dicho (le Dit) es el contenido proposicional, el enunciado fijado, aquello que puede ser tematizado y declarado verdadero o falso. El Decir (le Dire) es el acto mismo de dirigirse al Otro, la exposición de sí en la palabra antes de todo mensaje: la apertura, la sinceridad, la aproximación. La ética habita en el Decir, que el Dicho inevitablemente traiciona al convertirlo en proposición. La tarea del filósofo es hacer resonar el Decir a través del Dicho, y luego desdecir (el dédire de Lévinas) el Dicho para reconducirlo a su fuente ética.


Análisis crítico

La fuerza del pensamiento levinasiano

La originalidad de Lévinas es difícil de exagerar. En un siglo en que la filosofía se dividía entre la ontología heideggeriana, el estructuralismo y la filosofía analítica, él volvió a colocar la ética en el centro: no como una disciplina entre otras, sino como el fundamento de toda significación. Dio un vocabulario nuevo y poderoso a la experiencia moral: rostro, alteridad, responsabilidad, rehén, proximidad. Y ofreció una respuesta filosófica seria a la pregunta dejada abierta por la Shoá: cómo pensar después de un acontecimiento que parecía haber desmentido toda razón. Su influencia sobre el pensamiento de la vulnerabilidad, del reconocimiento y del cuidado es incalculable.

Las objeciones

La filosofía de Lévinas, sin embargo, ha sido y sigue siendo intensamente discutida.

La asimetría sin reciprocidad. Los críticos preguntan si una ética puramente unilateral —en la que yo soy infinitamente responsable y el Otro nada me debe— no acaba por disolver al propio sujeto moral, o por volver impracticable la moral. Si nunca puedo hacer lo suficiente, ¿cómo actuar? Lévinas responde que es justamente esa “imposibilidad” la que mantiene viva la ética; pero la objeción persiste.

La relación con la política. El paso del cara a cara al tercero (a la justicia) sigue siendo, para muchos, el punto más frágil. ¿Cómo se deriva una política concreta de una responsabilidad infinita? Declaraciones tardías de Lévinas sobre conflictos políticos contemporáneos fueron leídas por algunos como dificultades para aplicar su propia ética de la alteridad: señal de que la articulación entre lo ético y lo político en su obra permanece tensa e inacabada.

Lo filosófico y lo confesional. Lévinas insistía en la separación entre sus escritos fenomenológicos y sus lecturas talmúdicas. Pero los lectores se preguntan hasta qué punto la ética del rostro y del mandamiento es, en el fondo, una traducción secularizada de fuentes bíblicas y rabínicas, lo que pondría en entredicho su pretensión de validez universal, filosófica.

La crítica feminista. En Totalidad e infinito, la figura de lo “femenino” aparece asociada a la acogida, a la intimidad del hogar y al Eros, papel que Simone de Beauvoir, ya en El segundo sexo, y luego Luce Irigaray denunciaron como una reducción de la mujer al Otro del hombre, a un polo de pura receptividad. El debate sobre el lugar (y la ambigüedad) de lo femenino en Lévinas permanece abierto.

El debate con Derrida. En 1964, en el ensayo “Violencia y metafísica” (recogido en La escritura y la diferencia, 1967), Jacques Derrida dirigió a Lévinas una objeción tan admirativa como incisiva: al querer pensar al Otro como absolutamente otro, fuera de toda categoría de lo Mismo, Lévinas estaría condenado a usar el lenguaje mismo de la tradición (del ser, de la fenomenología griega) que pretende superar. Para Derrida, escapar por completo a la ontología sería una “violencia” igual y contraria: no hay discurso puro de la alteridad. Lévinas tomó en serio la crítica: muchos leen De otro modo que ser, con su distinción entre Decir y Dicho, como una respuesta sofisticada a esa misma objeción.


Legado

La herencia de Lévinas es una de las más fértiles de la filosofía contemporánea. Jacques Derrida, a pesar (o a causa) de sus críticas, mantuvo un diálogo de décadas con su obra y extrajo de ella el tema de la hospitalidad incondicional. Paul Ricoeur, en Sí mismo como otro, discutió críticamente la asimetría levinasiana, buscando reintroducir la reciprocidad y la estima de sí en la relación ética.

Más allá de la filosofía francesa, Lévinas alimentó la ética del cuidado y las reflexiones sobre la vulnerabilidad (con resonancias en el trabajo de Judith Butler sobre la precariedad y la responsabilidad), la bioética (la relación con el paciente como rostro que convoca), la teología judía y cristiana contemporánea, y los estudios sobre hospitalidad, migración y acogida del extranjero. En una época marcada por las crisis de refugiados y por el debate sobre el lugar del extranjero, la pregunta levinasiana —¿qué le debo al rostro del Otro?— suena más urgente que nunca.


Lecturas recomendadas

Obras de Lévinas

  • De la existencia al existente (1947)
  • El tiempo y el otro (lecciones de 1946–47, publicadas en 1948)
  • Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad (1961)
  • De otro modo que ser, o más allá de la esencia (1974)
  • Cuatro lecturas talmúdicas (1968)
  • Ética e infinito (1982) — entrevistas con Philippe Nemo, una excelente puerta de entrada

Estudios

  • Jacques Derrida, “Violencia y metafísica”, en La escritura y la diferencia (1967)
  • Paul Ricoeur, Sí mismo como otro (1990)
  • Colin Davis, Lévinas: una introducción

Artículos