Imagina un universo compuesto por una infinidad de puntos de vista, cada uno de ellos un alma minúscula que, sin mirar nunca por la ventana, refleja dentro de sí el cosmos entero — y que, sin embargo, está en perfecto acuerdo con todos los demás, como si cada reloj de un vasto salón hubiera sido ajustado de una vez para marcar la misma hora por toda la eternidad. Ese es el mundo de Gottfried Wilhelm Leibniz (1646–1716): el último gran sabio universal de la modernidad — matemático, lógico, jurista, diplomático, historiador y teólogo — que intentó la más ambiciosa de las síntesis, reconciliar la ciencia mecánica de su tiempo con una metafísica de las sustancias y con la teología cristiana. Su filosofía es, a la vez, uno de los sistemas más coherentes jamás construidos y uno de los puentes que enlazan a Aristóteles con la lógica matemática del siglo XX.


1. Contexto: el racionalismo y el polímata

1.1 Vida y obra

Nacido en Leipzig en 1646, dos años antes del fin de la Guerra de los Treinta Años, Leibniz se formó como jurista y pasó la mayor parte de su vida al servicio de la casa de Hannover, como consejero, bibliotecario e historiador. Fue uno de los fundadores de la Academia de Ciencias de Berlín. En matemáticas, desarrolló el cálculo infinitesimal de modo independiente de Isaac Newton — la notación que usamos hasta hoy (la d de la diferencial, el signo de integral) es la de Leibniz. La disputa de prioridad entre ambos, atizada por sus respectivos partidarios y arbitrada de forma parcial por la Royal Society de Londres en 1712, envenenó sus últimos años; el consenso histórico actual es que ambos llegaron al cálculo de manera independiente.

Junto a Descartes y Spinoza, Leibniz pertenece a la tradición del racionalismo continental: la convicción de que la razón, y no la experiencia sensible, es la fuente última del conocimiento verdadero, y de que la realidad tiene una estructura inteligible que el pensamiento puede reconstruir a priori.

1.2 El género de las obras

A diferencia de Spinoza, que condensó su sistema en un único tratado geométrico, Leibniz dispersó el suyo en cartas, opúsculos y respuestas a sus interlocutores. Los textos decisivos son:

  • El Discurso de metafísica (1686), exposición concentrada del sistema, acompañada de una rica correspondencia con el teólogo Antoine Arnauld;
  • Los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano (escritos hacia 1704, publicados póstumamente en 1765), refutación punto por punto del empirismo del Ensayo de Locke;
  • Los Ensayos de Teodicea (1710), única gran obra publicada en vida, dedicada al problema del mal;
  • La Monadología (1714), síntesis de noventa parágrafos numerados que condensa toda la metafísica madura.

2. Los grandes principios

Toda la filosofía leibniziana descansa sobre unos pocos principios lógicos que él eleva a la condición de leyes del ser.

2.1 No contradicción y razón suficiente

El principio de no contradicción rige las verdades necesarias: nada puede ser y no ser al mismo tiempo y bajo el mismo aspecto. Pero Leibniz añade un segundo principio, que será su firma: el principio de razón suficiente, según el cual nada sucede sin una razón que explique por qué es así y no de otro modo (Monadología, §§31–32). Ningún hecho es verdadero, ninguna afirmación es verdadera, sin que haya una razón suficiente para ello — aunque, en la mayoría de los casos, esa razón nos resulte inaccesible.

2.2 Identidad de los indiscernibles y principio de lo mejor

Del principio de razón suficiente derivan dos corolarios célebres. El principio de identidad de los indiscernibles afirma que no pueden existir dos sustancias absolutamente idénticas: si dos supuestos seres compartieran todas sus propiedades, no habría razón suficiente para que Dios los creara como dos, y serían, por tanto, uno solo. En la naturaleza, decía Leibniz, no existen dos hojas perfectamente iguales.

El principio de lo mejor aplica la razón suficiente a la creación: entre los infinitos mundos posibles, Dios, siendo sumamente sabio y bueno, tenía que tener una razón para elegir uno — y esa razón solo puede ser que el mundo elegido es el mejor posible.


3. Verdades de razón y verdades de hecho

Leibniz distingue dos tipos de verdad. Las verdades de razón son necesarias: su opuesto es imposible porque implica contradicción, y se reducen, mediante análisis, a identidades (el todo es mayor que la parte; los teoremas de la geometría). Las verdades de hecho son contingentes: su opuesto es posible, y dependen del principio de razón suficiente (César cruzó el Rubicón; existe este mundo y no otro).

La clave del sistema es la tesis de que, en toda proposición verdadera, el predicado está contenido en el sujeto (praedicatum inest subiecto). Esto conduce a la noción de concepto completo de la sustancia individual: la noción de César incluye, desde siempre, todo lo que de él se afirmará con verdad — que cruzaría el Rubicón, que sería asesinado en el Senado. Quien poseyera el concepto completo de una sustancia leería en él toda su historia. La diferencia con las verdades de razón es solo que, en el caso de las contingencias, ese análisis es infinito y solo Dios puede concluirlo.


4. Las mónadas

4.1 Sustancias simples

La Monadología se abre con la definición: la mónada es una sustancia simple, esto es, sin partes (§1). Como lo compuesto no es sino un agregado de simples, es preciso que haya sustancias simples; y lo que carece de partes no puede ser extenso, ni dividirse, ni destruirse por medios naturales — las mónadas solo comienzan por creación y solo terminan por aniquilación. Son, por tanto, los verdaderos átomos de la naturaleza, pero átomos metafísicos e inmateriales, no corpúsculos físicos.

4.2 Sin ventanas, pero vivas

La fórmula más célebre es que las mónadas no tienen ventanas por donde algo pudiera entrar o salir (§7). Nada externo las modifica; todo cambio brota de un principio interno. Ese principio interno tiene dos aspectos: la percepción — el estado por el cual la mónada representa la multiplicidad en lo uno, reflejando el universo desde su punto de vista — y la apetición — la tendencia que la lleva de una percepción a otra. Cada mónada es, así, un espejo vivo y perpetuo del universo (§56): contiene de algún modo la totalidad, pero la representa con claridad solo en una porción y confusamente en el resto.

4.3 La jerarquía de las mónadas

Las mónadas difieren en grado de claridad perceptiva. Las más simples tienen solo percepciones confusas, sin conciencia (las mónadas “desnudas”). Las almas añaden memoria y percepciones más distintas (los animales). Los espíritus — las almas racionales como la humana — añaden la apercepción, la conciencia reflexiva y el conocimiento de las verdades necesarias y de Dios. En la cima está Dios, la Mónada de las mónadas. Lo que llamamos cuerpo es un agregado bien fundado de mónadas, dominado por una mónada central que le sirve de alma o entelequia.


5. La armonía preestablecida

Si las mónadas no tienen ventanas, ¿cómo explicar que el alma y el cuerpo parezcan actuar uno sobre otro — que la voluntad de levantar el brazo sea seguida del brazo levantándose? Leibniz rechaza las dos soluciones de sus predecesores. El interaccionismo cartesiano, que hace al alma actuar sobre el cuerpo por la glándula pineal, viola las leyes físicas de conservación. El ocasionalismo de Malebranche, que hace de Dios la causa que mueve el cuerpo en cada ocasión de un querer del alma, transforma la divinidad en una intervención perpetua e indigna.

La solución de Leibniz es la armonía preestablecida: Dios creó cada sustancia de tal modo que, desplegándose según sus propias leyes internas, concuerda exactamente con todas las demás. Alma y cuerpo no interactúan; se corresponden. La imagen que el propio Leibniz emplea para explicarla — en particular en su respuesta a Foucher y al examinar las hipótesis sobre la unión del alma y el cuerpo — es la de dos relojes perfectamente ajustados: no están unidos por hilo alguno, ni los ajusta a cada instante un relojero, sino que, habiendo sido construidos con tal arte y regulados desde el inicio, marcan siempre la misma hora. Así es el universo: un concierto sin director presente, porque el director lo compuso de antemano.


6. La Teodicea y el mejor de los mundos posibles

6.1 El argumento

El término teodicea fue acuñado por Leibniz a partir del griego theós (Dios) y díkē (justicia): se trata de “justificar a Dios” ante el mal del mundo. El problema es clásico: si Dios es omnipotente, omnisciente y sumamente bueno, ¿de dónde viene el mal?

La respuesta articula los principios ya vistos. En la mente divina hay infinitos mundos posibles — infinitas combinaciones composibles de sustancias. Dios, por su entendimiento, los conoce todos; por su bondad, quiere el mejor; por su potencia, crea el que ha elegido. Por el principio de lo mejor, el mundo existente es el mejor de los mundos posibles: no el mundo sin mal alguno (que sería imposible, pues equivaldría a crear otros dioses), sino aquel en que se alcanza la mayor cantidad de perfección, orden y variedad con el mínimo necesario de imperfección.

6.2 Las tres especies de mal

Leibniz distingue el mal metafísico — la finitud y la imperfección inherentes a toda criatura, por el simple hecho de no ser Dios —, el mal físico — el sufrimiento, el dolor — y el mal moral — el pecado. El mal metafísico es la raíz: por ser limitada, la criatura yerra y padece. Dios permite el mal sin quererlo directamente, porque es condición de bienes mayores y de la armonía del conjunto, como la sombra realza un cuadro o la disonancia enriquece la música.

6.3 Voltaire y Pangloss: la sátira y la tesis

Nadie marcó más la imagen popular de Leibniz que Voltaire en Cándido, o el optimismo (1759). El personaje Pangloss, maestro de “metafísico-teólogo-cosmolo-nigología”, repite ante cada catástrofe — el terremoto de Lisboa de 1755, la guerra, la enfermedad — que “todo está lo mejor posible en el mejor de los mundos posibles”. La sátira es mordaz, y merecida contra cierto optimismo complaciente.

Es preciso, sin embargo, hacer justicia a Leibniz: su tesis no afirma que todo sea bueno, ni que no haya males reales que combatir. Afirma que, dado que un mundo finito había de ser creado, este es el de mejor saldo posible — afirmación metafísica sobre la elección divina, no una invitación a la pasividad. La caricatura de Pangloss y la tesis leibniziana no coinciden, y confundirlas es un equívoco frecuente que vale la pena deshacer.


7. Lógica, lenguaje y el sueño del cálculo

Quizás la herencia más sorprendente de Leibniz esté en sus proyectos lógicos. Soñaba con una characteristica universalis: una lengua de símbolos que representara los conceptos como los números representan cantidades, descomponiendo las ideas complejas en ideas simples. Acoplado a ella, un calculus ratiocinator permitiría resolver las controversias por cálculo — de ahí su frase célebre de que, ante una disputa, dos filósofos podrían simplemente tomar sus plumas y decir: “Calculemos.”

Aunque el proyecto no se realizó en su época, anticipa de modo notable la lógica simbólica que Gottlob Frege y Bertrand Russell fundarían a finales del siglo XIX y comienzos del XX. El propio Russell escribió un estudio célebre, A Critical Exposition of the Philosophy of Leibniz (1900), reconociéndolo como precursor. La reducción de todo razonamiento a operaciones con símbolos sobre un alfabeto finito es, a su vez, una de las raíces intelectuales de la lógica matemática y, por extensión, de la ciencia de la computación.


Análisis crítico

La fuerza del sistema leibniziano está en su rara coherencia: pocos pensamientos derivan tanta consecuencia de tan pocos principios. Y su carácter pionero en lógica es innegable — en metafísica, en matemáticas y en la visión de un lenguaje formal del pensamiento, Leibniz mira siglos hacia adelante.

Las objeciones son igualmente serias. La primera atañe a la libertad: si el concepto completo de una sustancia ya contiene todo lo que hará, ¿en qué sentido fue libre César al cruzar el Rubicón? Leibniz responde que la contingencia se preserva porque el opuesto no implica contradicción (Dios podría haber creado otro César), y que la acción libre es la que brota de la inclinación de la propia sustancia sin necesidad absoluta — pero muchos críticos consideran insuficiente la salida para evitar un determinismo de fondo.

La segunda objeción es el salto teológico de “lo mejor”: que entre infinitos mundos exista uno solo mejor, y que este sea el nuestro, son afirmaciones que dependen enteramente de la bondad y la sabiduría divinas, y que la experiencia del mal vuelve difíciles de asimilar — fue exactamente el punto de la sátira de Voltaire. La tercera es la oscuridad de las mónadas sin ventanas: sustancias inmateriales, sin interacción, cuya concordancia descansa en una armonía que solo Dios garantiza, rayan, para el crítico empirista, en un postulado inverificable.

Legado

La influencia de Leibniz se ramifica en direcciones inesperadas. En el idealismo alemán, Kant dialoga críticamente con él (la Crítica de la razón pura discute la “anfibología de los conceptos de la reflexión” contra la identidad de los indiscernibles), y Hegel reconoce en la mónada un momento de la conciencia que se desarrolla a partir de sí. En la lógica moderna, su characteristica prefigura a Frege y a Russell. En la filosofía de la computación, la idea de reducir el pensamiento a cálculo simbólico es una de las matrices conceptuales de la disciplina, y a Leibniz se le recuerda a menudo por su interés en la aritmética binaria.

Por último, en la metafísica modal contemporánea, la noción leibniziana de mundos posibles renace con extraordinario vigor: la semántica de los mundos posibles de Saul Kripke para la lógica modal, y el realismo modal de David Lewis — para quien los mundos posibles son tan reales como el nuestro —, heredan, aunque transformándolo radicalmente, el vocabulario que Leibniz acuñó tres siglos antes. Pocos filósofos del pasado conversan tan directamente con la filosofía analítica del presente.

Lecturas recomendadas

  • Leibniz, Discurso de metafísica (1686).
  • Leibniz, La Monadología (1714).
  • Leibniz, Ensayos de Teodicea (1710).
  • Leibniz, Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano (c. 1704, publicación póstuma).
  • Bertrand Russell, A Critical Exposition of the Philosophy of Leibniz (1900).

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