Hay filósofos que construyen sistemas y filósofos que dinamitan sistemas. Søren Kierkegaard pertenece al segundo grupo, pero con una diferencia decisiva: lo que quiso salvar de los escombros del gran edificio hegeliano no fue otra teoría, sino al individuo singular que existe, sufre, decide y muere. Contra la pretensión de explicar la realidad entera a partir de un concepto, opuso una pregunta en apariencia modesta y, sin embargo, abismal: ¿qué significa, para mí, existir?
Esa pregunta atraviesa toda su obra e hizo de Kierkegaard, con justicia, el padre del existencialismo. Pero viene envuelta en un estilo desconcertante: seudónimos que se contradicen, ironías, parodias, tratados psicológicos disfrazados de edificación religiosa. Comprender a Kierkegaard exige, ante todo, tomarse en serio esa estrategia de escritura: la llamada comunicación indirecta.
1. Contexto: Copenhague, 1813–1855
1.1 Una vida concentrada y breve
Søren Aabye Kierkegaard nació en Copenhague el 5 de mayo de 1813 y murió en la misma ciudad el 11 de noviembre de 1855, con apenas 42 años. Su vida casi no tuvo viajes ni cargos públicos; fue una existencia intensamente interior, financiada por la herencia de su padre y consumida casi por entero en la escritura. En poco más de una década produjo una de las obras más originales del siglo XIX.
Cuatro episodios biográficos son indispensables para entender su pensamiento, porque él mismo los convirtió en materia filosófica.
El padre y la culpa. Michael Pedersen Kierkegaard, hombre rígido y profundamente melancólico, transmitió a su hijo una religiosidad marcada por la angustia y la conciencia del pecado. Søren supo que su padre, siendo niño y pastoreando ovejas en un páramo de Jutlandia, había maldecido a Dios por su miseria, episodio que el anciano interpretó como una culpa que pesaría sobre la familia. Esa herencia de melancolía y sentimiento de falta es el trasfondo psicológico de toda la obra.
El compromiso roto con Regine Olsen. En septiembre de 1840 Kierkegaard pidió en matrimonio a Regine Olsen; poco más de un año después, en octubre de 1841, rompió el compromiso, convencido de que su vocación melancólica y su tarea de escritor eran incompatibles con la vida conyugal. Regine no reaparece bajo su propio nombre, pero está poéticamente presente en innumerables páginas, sobre todo en la meditación sobre el sacrificio, la renuncia y la fe.
La polémica con el Corsario. En 1846, tras provocar públicamente al periódico satírico Corsaren (El Corsario), Kierkegaard se convirtió en blanco de una campaña de caricaturas y burlas sobre su aspecto, su voz y sus hábitos. La experiencia de ser ridiculizado en las calles ahondó su reflexión sobre la “multitud” (Mængden) como instancia de no verdad y sobre el costo de ser un individuo singular.
El ataque final a la Iglesia. En los últimos meses de su vida, Kierkegaard desencadenó un ataque frontal contra la Iglesia oficial danesa, denunciando la “cristiandad” establecida como una falsificación cómoda del cristianismo del Nuevo Testamento. Convertir la fe en hábito social y respetabilidad burguesa era, para él, negarla. Murió en plena polémica, rechazando los sacramentos de manos del clero oficial.
1.2 Los seudónimos y la comunicación indirecta
Buena parte de la obra no fue firmada por Kierkegaard, sino por personajes-autores: Victor Eremita (editor de O lo uno o lo otro), Johannes de Silentio (Temor y temblor), Vigilius Haufniensis (El concepto de la angustia), Johannes Climacus (Migajas filosóficas y el Postscriptum), Anti-Climacus (La enfermedad mortal), entre otros. No se trata de un capricho literario. Cada seudónimo encarna una posición existencial y habla desde ella.
La razón es metodológica. Kierkegaard creía que las verdades sobre la existencia no pueden simplemente comunicarse como información objetiva, del mismo modo en que se enseña un teorema. Han de ser apropiadas por quien las vive. De ahí la comunicación indirecta: en vez de afirmar una tesis, el autor crea una figura, dramatiza un punto de vista y obliga al lector a tomar posición por sí mismo. Por eso es prudente no atribuir mecánicamente a Kierkegaard todo lo que dicen sus seudónimos: son voces puestas en escena, no portavoces directos.
2. La crítica a Hegel y al sistema
El adversario permanente de Kierkegaard es el sistema especulativo de Hegel, entonces dominante en la vida intelectual danesa. Hegel había construido una filosofía en la que todo —naturaleza, historia, religión, Estado— se integra como momento del despliegue racional del Espíritu, y en la que las oposiciones son mediadas y superadas en una totalidad superior.
Kierkegaard no niega la genialidad del sistema; niega que dé cuenta de lo que más importa. Su objeción fundamental es que el sistema olvida al existente. La persona concreta que debe decidir aquí y ahora no puede esperar la reconciliación final de todas las contradicciones en el Absoluto. Para el individuo es o lo uno o lo otro: no hay un “ambos” mediador. Donde Hegel ve un suave tránsito dialéctico, Kierkegaard ve decisión, ruptura, riesgo.
De ahí la centralidad del individuo singular (en danés, den Enkelte), categoría que Kierkegaard consideraba su contribución decisiva. La existencia no es un concepto a pensar desde fuera; es una tarea a realizar desde dentro, en primera persona, con pasión y en la finitud del tiempo. Un sistema lógico es posible, ironiza Johannes Climacus; un sistema de la existencia, no, porque la existencia todavía se está haciendo y quien la hace está dentro de ella.
3. Los estadios de la existencia
Quizá la contribución más conocida de Kierkegaard sea la doctrina de las esferas o estadios de la existencia: el estético, el ético y el religioso. No son fases biográficas necesarias ni peldaños de una escalera lógica, sino modos fundamentales de relación consigo mismo, con los demás y con el absoluto. El punto decisivo es que el paso de uno a otro no es deducción ni mediación, sino decisión: un salto.
3.1 El estadio estético
En O lo uno o lo otro (1843), el esteta vive inmerso en lo inmediato: placer, novedad, disfrute del instante. Su lema es evitar el tedio y multiplicar las posibilidades interesantes. El problema es que esa vida no tiene continuidad ni compromiso; entregado al instante, el esteta acaba disperso, sin un yo que sostenga el tiempo. El resultado, tarde o temprano, es la desesperación: el tedio profundo de quien nada elige de modo definitivo.
3.2 El estadio ético
El ético, encarnado en O lo uno o lo otro por la figura del juez Wilhelm, se elige a sí mismo en la seriedad del deber. Aquí entran el matrimonio, la profesión, la responsabilidad, el compromiso con el universal moral. El individuo deja de flotar en el instante y gana continuidad, asumiéndose en el tiempo. Pero el ético también encuentra su límite: confrontado con la exigencia absoluta del bien, el ser humano descubre su incapacidad de cumplirlo y la culpa que no logra borrar por sí mismo.
3.3 El estadio religioso
El religioso es la relación del individuo singular con Dios. No significa abolir la ética, sino reconocer que, ante el absoluto, el singular puede ser llamado a algo que la ética universal no justifica. Aquí entra el tema del salto de fe (sección 6). La transición al religioso es la más radical: no se llega a Dios por argumento, sino por una decisión de la existencia entera.
4. La angustia: el vértigo de la libertad
En El concepto de la angustia (1844), firmado por Vigilius Haufniensis, Kierkegaard ofrece uno de los análisis más penetrantes de la subjetividad humana. La angustia (Angest) se distingue cuidadosamente del miedo. El miedo tiene siempre un objeto determinado: temo esto o aquello. La angustia, en cambio, no tiene objeto: es la relación ambigua del ser humano con lo posible en cuanto tal.
La fórmula célebre describe la angustia como el vértigo de la libertad: como quien mira a un abismo y siente vértigo no por el abismo, sino por la propia posibilidad de arrojarse a él. El ser humano es el ente para quien lo posible es real antes de cualquier acto; y esa apertura a la posibilidad, que es la marca de la libertad, es también fuente de angustia.
Vigilius Haufniensis articula la angustia con la doctrina del pecado original sin reducirla a una explicación causal. La angustia es la condición psicológica que precede al pecado y lo hace posible sin necesitarlo: es la ambigüedad en que la libertad se descubre capaz de elegir. Por eso la angustia no es, en sí misma, algo a eliminar: es el precio y la señal de que somos espíritu, seres de posibilidad.
5. La desesperación: la enfermedad mortal
En La enfermedad mortal (1849), firmada por Anti-Climacus, Kierkegaard desplaza el análisis de la angustia a la desesperación (Fortvivlelse). El subtítulo ya dice mucho: se trata de una exposición psicológico-cristiana. Y la obra se abre con una de las definiciones más densas de la filosofía: el yo no es una cosa, sino una relación que se relaciona consigo misma, síntesis de finito e infinito, de temporal y eterno, de necesidad y posibilidad.
La desesperación es el desajuste de esa relación. Anti-Climacus la describe en formas fundamentales: desesperar por no querer ser uno mismo —rechazar la propia tarea, querer librarse de quien se es— y desesperar por querer ser uno mismo de modo desafiante, en un yo que pretende fundarse solo, sin reconocer aquello que lo constituyó. Hay además la desesperación de querer ser otro distinto de uno mismo. En todos los casos, la relación fracasa en establecerse correctamente.
El punto decisivo, y propiamente teológico, es que la desesperación solo se cura cuando el yo, al relacionarse consigo mismo, reposa transparentemente en aquello que lo puso: en Dios. Lo contrario de la desesperación no es el optimismo ni la salud psicológica, sino la fe. De ahí la definición clásica: la fe es la relación en la que el yo, al querer ser sí mismo, se funda de modo transparente en el poder que lo estableció.
6. El salto de fe y Temor y temblor
6.1 Abraham, el caballero de la fe
En Temor y temblor (1843), firmado por Johannes de Silentio, Kierkegaard medita sobre el episodio bíblico en que Abraham recibe de Dios la orden de sacrificar a su hijo Isaac (Génesis 22). El autor confiesa no comprender a Abraham: no logra hacer el movimiento que él hizo. Justamente por ello lo eleva a figura máxima de la fe: el caballero de la fe.
El escándalo del episodio es que la ética universal condena lo que Abraham se dispone a hacer: matar a un inocente es asesinato. ¿Cómo, entonces, puede Abraham ser el padre de la fe y no un criminal? La respuesta de Johannes de Silentio es la célebre suspensión teleológica de lo ético: en la relación absoluta con el absoluto, el individuo singular puede estar por encima del universal ético; no para abolirlo, sino porque hay un telos (fin) más alto que lo reclama. Abraham no puede justificarse ante los hombres; solo puede permanecer en silencio, en temor y temblor.
6.2 La paradoja, el absurdo y el salto
La fe de Abraham es paradójica porque cree, al mismo tiempo, que deberá sacrificar a Isaac y que lo recibirá de vuelta: cree en virtud del absurdo, esto es, contra todo cálculo de la razón. Esta expresión técnica no significa irracionalismo gratuito: el absurdo es aquello que excede la mediación racional y solo puede aprehenderse por un movimiento de la existencia entera, el salto de fe. La fe no es la conclusión de un argumento; es una decisión arriesgada que se hace en la incertidumbre objetiva.
6.3 “La verdad es la subjetividad”
La fórmula más citada de Kierkegaard —“la verdad es la subjetividad”— procede del Postscriptum no científico y definitivo a las Migajas filosóficas (febrero de 1846), firmado por Johannes Climacus. Hay que entenderla con cuidado, porque constantemente se la malinterpreta como relativismo.
Climacus no niega que existan verdades objetivas, ni afirma que cada uno crea su propia verdad. Lo que sostiene es que, en las cuestiones esenciales de la existencia —sobre todo en la relación con Dios—, lo decisivo no es solo qué se cree, sino cómo se cree. La verdad existencial no se posee a distancia, como un objeto neutro; se realiza en la apropiación apasionada, en el compromiso de una vida que se arriesga en la incertidumbre. La “subjetividad” aquí es lo opuesto de la indiferencia especulativa: es la interioridad infinita del individuo que pone en juego la propia existencia. Por eso, para Climacus, la fe es “incertidumbre objetiva mantenida en la más apasionada apropiación de la interioridad”.
Análisis crítico
La fuerza de Kierkegaard reside en haber vuelto a poner en el centro de la filosofía la existencia concreta, en primera persona, contra toda abstracción que la disuelva. Sus análisis de la angustia y la desesperación siguen estando entre los más agudos jamás escritos sobre la vida interior, y anticipan temas que la psicología profunda y la fenomenología solo desarrollarían décadas después. Como fundador del existencialismo, inauguró un modo de filosofar que se niega a explicar al hombre desde fuera.
Pero su obra también plantea tensiones legítimas. La primera es la acusación de irracionalismo o fideísmo: al colocar la fe “en virtud del absurdo” y por encima de lo ético, ¿no estaría Kierkegaard abriendo la puerta a justificar cualquier acto en nombre de una supuesta voz divina? Sus defensores responden que el “absurdo” es una categoría precisa —lo que excede la razón especulativa, no lo que la contradice arbitrariamente— y que la suspensión teleológica de lo ético es una excepción rigurosamente delimitada, no una licencia general.
La segunda tensión es el estatuto de los seudónimos. ¿Cómo saber qué afirma Kierkegaard si habla mediante máscaras que se contradicen? La propia comunicación indirecta es una respuesta: no quiere que el lector adhiera a una doctrina, sino que se confronte con las alternativas y decida. El riesgo es que esa estrategia haga casi imposible fijar sus posiciones, que es, quizá, exactamente lo que él deseaba.
Legado
La influencia de Kierkegaard estalló sobre todo en el siglo XX, tras una larga recepción tardía fuera de Dinamarca. En filosofía es la fuente directa del existencialismo: Heidegger retoma la angustia y el análisis de la existencia finita; Sartre, la libertad y la decisión; Jaspers desarrolla una Existenzphilosophie explícitamente deudora de él. Camus dialoga críticamente con el salto de fe, rechazándolo como un “suicidio filosófico” ante el absurdo.
En teología, Kierkegaard es decisivo para la teología dialéctica de Karl Barth y para el pensamiento de Paul Tillich, que heredan su crítica a la religión acomodada y su énfasis en la decisión de la fe. En psicología, sus análisis de la angustia y la desesperación nutrieron la psicología existencial e influyeron, directa o indirectamente, en autores que pensaron la condición humana a partir de la libertad y la finitud. Pocos pensadores tan poco leídos en vida tuvieron un efecto tan amplio después de la muerte.
Lecturas recomendadas
Obras de Kierkegaard
- O lo uno o lo otro: Un fragmento de vida (1843), ed. Victor Eremita.
- Temor y temblor (1843), por Johannes de Silentio.
- El concepto de la angustia (1844), por Vigilius Haufniensis.
- Migajas filosóficas (1844), por Johannes Climacus.
- Etapas en el camino de la vida (1845).
- Postscriptum no científico y definitivo a las Migajas filosóficas (1846), por Johannes Climacus.
- La enfermedad mortal (1849), por Anti-Climacus.
Estudios
- Alastair Hannay, Kierkegaard: A Biography.
- C. Stephen Evans, Kierkegaard: An Introduction.
- Joakim Garff, Søren Kierkegaard: A Biography.