En diciembre de 1784, la revista berlinesa Berlinische Monatsschrift publicó un breve ensayo que se convertiría en la definición más citada de todo un siglo: «Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?» (Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung?), de Immanuel Kant. La pregunta había sido lanzada en la propia revista por un pastor y funcionario prusiano, Johann Friedrich Zöllner, quien en diciembre de 1783 había observado, en una nota, que nadie había respondido satisfactoriamente qué es la «Aufklärung», palabra que entonces circulaba sin una definición precisa. Que la época de la Ilustración tuviera que preguntarse públicamente qué era ella misma dice mucho del movimiento: fue, desde el comienzo, una reflexión sobre sí mismo, sobre los límites y los derechos de la razón y sobre quién puede ejercerlos.
Este artículo presenta la Ilustración como un conjunto de proyectos intelectuales diversos, no siempre coherentes entre sí, que se desarrollaron en Europa y en las Américas a lo largo del siglo XVIII. Parte de la definición kantiana, recorre a los principales autores franceses, ingleses, escoceses y alemanes, examina las tensiones internas (con Rousseau como el crítico interno más conocido) y concluye con las grandes objeciones posteriores, del llamado contrailuminismo a la Dialéctica de la Ilustración, y con el debate sobre el legado.
Un movimiento, varios nombres
La diversidad de palabras ya indica la diversidad del fenómeno: en francés, les Lumières (las Luces); en inglés, the Enlightenment; en alemán, Aufklärung; en italiano, Illuminismo; en español, la Ilustración. Todas comparten la metáfora de la luz, contrapuesta a la oscuridad atribuida a la superstición, a la tradición no examinada y a la autoridad impuesta.
Las delimitaciones cronológicas son convenciones. Suele situarse el apogeo entre fines del siglo XVII —la «crisis de la conciencia europea», expresión del historiador Paul Hazard— y la Revolución francesa, pero los hitos varían según el autor. Hay además un debate historiográfico sobre si es correcto hablar de una Ilustración. Peter Gay, en The Enlightenment: An Interpretation (1966–1969), defendió una unidad de fondo, una familia de pensadores que compartía la idea de someter todo al examen crítico, mientras que otros, como Jonathan Israel, distinguieron una Ilustración «radical», de matriz spinozista, de una Ilustración «moderada». Conviene tener presente que «la Ilustración» es, en parte, una categoría construida retrospectivamente.
Desde el punto de vista filosófico pueden señalarse algunos rasgos recurrentes, con la salvedad de que ninguno es aceptado por todos los autores del período:
- Confianza en la razón como instancia de examen de creencias, instituciones y costumbres, vinculada a la revolución científica del siglo XVII (Newton, Galileo) y a los métodos de Francis Bacon y de Descartes;
- Primacía de la experiencia y del método empírico, particularmente en la tradición de Locke y de Hume (véase la entrada del glosario sobre el empirismo), junto con la persistencia del racionalismo de Leibniz y Wolff en Alemania;
- Crítica de la autoridad religiosa y política tradicional, en grados muy variados: desde el deísmo y la tolerancia hasta el ateísmo declarado de algunos materialistas;
- Interés por la naturaleza humana y la sociedad como objetos de estudio, con los primeros esbozos de las ciencias sociales;
- Idea de progreso del conocimiento y, para muchos, de la moral y de las instituciones;
- Cosmopolitismo y lenguaje de los derechos, que alimentarán las declaraciones de 1776 y 1789.
Kant: salir de la minoría de edad
El ensayo de 1784 se abre con una frase que se volvió emblemática. En traducción libre: la Ilustración es la salida del ser humano de su minoría de edad autoimpuesta (selbstverschuldete Unmündigkeit). La minoría de edad es la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro. Y es «autoimpuesta» cuando su causa no reside en la falta de entendimiento, sino en la falta de decisión y de valor para usarlo sin tutela ajena. De ahí el lema que Kant propone: Sapere aude! «¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!»
La expresión latina procede de las Epístolas de Horacio (I, 2, 40); Kant la reformula en alemán y la convierte en divisa de toda la época. Dos puntos del texto merecen atención especial.
Primero, el diagnóstico de la pereza y la cobardía. Kant observa que es cómodo ser menor: si tengo un libro que piensa por mí, un pastor que tiene conciencia por mí, un médico que decide mi dieta, no necesito esforzarme. Los tutores, por su parte, se encargan de que la gran mayoría considere peligroso dar el paso hacia la mayoría de edad. La Ilustración es, por lo tanto, tanto un programa intelectual como un problema de carácter y de condiciones sociales.
Segundo, la distinción entre el uso público y el uso privado de la razón. Kant llama público al uso que alguien hace de ella «como erudito ante el público lector», y privado al que hace en el ejercicio de un cargo o función civil (un oficial, un recaudador de impuestos, un clérigo en el púlpito). El uso público debe ser libre; el privado puede ser restringido. El oficial debe obedecer la orden recibida, pero puede, como erudito, criticar públicamente el servicio militar. Kant atribuye a Federico II de Prusia una máxima en este sentido: razonad cuanto queráis y sobre lo que queráis, pero obedeced. La formulación ha sido leída de modos opuestos, como defensa prudente de la reforma gradual o como concesión excesiva al despotismo ilustrado, y el debate entre los comentaristas continúa.
Kant no afirma vivir en una época ilustrada. En su evaluación, vivía en una época de ilustración, es decir, en un proceso en curso, sin conclusión. El matiz es decisivo: la Ilustración es tarea, no estado alcanzado.
El ensayo debe leerse en relación con la filosofía crítica. En la Crítica de la razón pura (1781), Kant hace de la propia razón el tribunal que examina sus pretensiones y fija sus límites. Su ética de la autonomía lleva el motivo al terreno práctico: la voluntad libre es la que se da a sí misma la ley, en contraste con la heteronomía de la obediencia a una autoridad externa (véanse también Kant: ética, imperativo categórico, deber y autonomía y la entrada del glosario sobre la autonomía). El perfil de Kant presenta el conjunto de su obra.
Hay además un hecho que suele recordarse: Kant no fue el primero en responder a la pregunta de Zöllner. Moses Mendelssohn había publicado en la misma revista, pocos meses antes, un texto titulado «Sobre la pregunta: ¿qué significa ilustrar?». Según una nota del propio Kant al final del ensayo, aún no había leído el texto de Mendelssohn cuando redactó el suyo. Las dos respuestas, reunidas en colecciones como la organizada por James Schmidt (What Is Enlightenment?, 1996), muestran hasta qué punto el concepto estaba en disputa incluso entre amigos.
Francia: tolerancia, leyes, enciclopedia
Voltaire y la causa de la tolerancia
François-Marie Arouet, Voltaire (1694–1778), es el rostro más reconocible de la Ilustración francesa, menos por originalidad sistemática que por su talento de divulgador y polemista. Tras su exilio en Inglaterra publicó las Cartas filosóficas (Lettres philosophiques, 1734), donde elogiaba la tolerancia religiosa, el empirismo de Locke, la física de Newton y las instituciones inglesas, en contraste implícito con Francia. En Cándido, o el optimismo (1759) satirizó la tesis de que «todo va lo mejor posible», que atribuía (de manera discutible) a Leibniz; sobre la doctrina leibniziana propiamente dicha, véase el artículo sobre la Monadología y la teodicea.
El Tratado sobre la tolerancia (Traité sur la tolérance, 1763) nació del caso Calas: Jean Calas, comerciante protestante de Toulouse, fue ejecutado en 1762 acusado de haber matado a su hijo para impedir su conversión al catolicismo. Voltaire se comprometió en la campaña por la rehabilitación del condenado, concluida en 1765. El tratado combina la argumentación jurídica del caso con una defensa general de la tolerancia y una crítica del fanatismo. La posición de Voltaire debe leerse en su contexto: su tolerancia es la de un deísta que combatía el poder de la Iglesia, y su pensamiento tiene límites y contradicciones que la historiografía posterior discute, incluso con respecto a los judíos y a los pueblos no europeos.
Montesquieu: la política como ciencia de las leyes
Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu (1689–1755), ironizó sobre las costumbres francesas en las Cartas persas (1721) y publicó en 1748 Del espíritu de las leyes (De l’esprit des lois), obra que procura comprender la variedad de las leyes y de los gobiernos en relación con el clima, la geografía, la religión, las costumbres y el «espíritu general» de cada pueblo. Distingue tres formas de gobierno —república, monarquía y despotismo—, cada una con un «principio» propio (virtud, honor, miedo). En el libro XI, al analizar la constitución de Inglaterra, formula la separación de poderes (legislativo, ejecutivo y judicial) como condición de la libertad política: para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder frene al poder. La influencia de esta idea en las constituciones modernas, empezando por la estadounidense, es ampliamente reconocida, y los historiadores debaten la fidelidad con que Montesquieu describió el régimen inglés.
Diderot, d’Alembert y la Encyclopédie
La realización colectiva más característica de la época fue la Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers, dirigida por Denis Diderot (1713–1784) y Jean le Rond d’Alembert (1717–1783). Publicada entre 1751 y 1772, se compuso de diecisiete volúmenes de texto y once de láminas (los volúmenes de texto se concluyeron en 1765 y las láminas en 1772), a los que se sumaron suplementos e índices posteriores. D’Alembert escribió el célebre Discurso preliminar (1751), que expone la genealogía del conocimiento humano —de inspiración baconiana y lockeana— y el espíritu del proyecto; dejó la dirección en 1758, tras la polémica en torno a su artículo «Ginebra». Diderot permaneció como editor y redactó un gran número de artículos.
La Encyclopédie reunió a cientos de colaboradores, otorgó a las «artes mecánicas» una dignidad equiparable a la de las letras y las ciencias, y enfrentó censura y suspensiones a lo largo de su publicación. Su significado filosófico está en tratar el saber como una empresa colectiva y abierta, organizada por orden alfabético y por remisiones, y no como un sistema cerrado dependiente de la autoridad. No todos los colaboradores compartían las mismas convicciones: el conjunto alberga deístas, escépticos y, en Diderot y otros, inclinaciones materialistas.
Rousseau: el crítico interno
Jean-Jacques Rousseau (1712–1778) colaboró en la Encyclopédie (sobre todo en artículos de música y en el artículo «Economía política»), pero se convirtió en el principal crítico del optimismo ilustrado desde dentro, y terminó rompiendo con Diderot y con Voltaire. En el Discurso sobre las ciencias y las artes (1750) sostuvo que el progreso de las ciencias y las artes no correspondía a un progreso moral; en el Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755) trazó una historia conjetural de la desigualdad y de la corrupción de la vida social. En Del contrato social y Emilio (ambos de 1762) propuso, por un lado, una teoría de la soberanía popular y de la voluntad general y, por otro, una pedagogía de la formación natural y de la conciencia.
Es discutible clasificar a Rousseau simplemente como «contra» la Ilustración. Su crítica de la civilización comparte con el movimiento el examen crítico de las instituciones, la apelación a la libertad y la igualdad y el rechazo de una legitimidad fundada solo en la tradición. Su importancia para Kant fue explícita: el propio Kant reconoció que la lectura de Rousseau le enseñó a respetar al ser humano común. Sobre la teoría política, véase el artículo Contrato social: Hobbes, Locke y Rousseau y, para la pedagogía, Filosofía de la educación.
Hume y la Ilustración escocesa
En Escocia, la Ilustración tuvo rasgos propios: menos antirreligiosa y más orientada hacia la «ciencia del hombre» y la historia de la sociedad civil. David Hume (1711–1776) —autor del Tratado de la naturaleza humana (1739–1740) y de la Investigación sobre el entendimiento humano (1748)— aplicó a la filosofía el método experimental, analizó la causalidad y la inducción y sometió la religión y los milagros a un examen escéptico (véase Hume: empirismo, causalidad, inducción y la ley de Hume). Kant dijo en los Prolegómenos (1783) que la advertencia de Hume lo había despertado de su «sueño dogmático».
En torno a Hume se desarrolló una generación notable: Francis Hutcheson, que formuló una ética del sentido moral; Adam Smith, autor de la Teoría de los sentimientos morales (1759) y de La riqueza de las naciones (1776); Adam Ferguson, con su Ensayo sobre la historia de la sociedad civil (1767); y Thomas Reid, crítico de Hume y fundador de la filosofía del sentido común. Estos autores desarrollaron una indagación sobre la génesis de las instituciones, el comercio y las costumbres que prefigura la sociología y la economía política.
La Aufklärung alemana
En Alemania, la Ilustración se desarrolló en un mosaico de principados, a menudo bajo el patrocinio de soberanos reformistas («despotismo ilustrado»), y tuvo un fuerte componente religioso y pedagógico. La herencia racionalista de Leibniz y Christian Wolff aportó el vocabulario, y la discusión pública se hizo en periódicos como la Berlinische Monatsschrift.
Gotthold Ephraim Lessing (1729–1781) es la figura literaria central. En Natán el Sabio (Nathan der Weise, 1779) defendió la tolerancia entre judaísmo, cristianismo e islam mediante la célebre parábola de los tres anillos; en La educación del género humano (Die Erziehung des Menschengeschlechts, 1780) interpretó la historia de las religiones como una pedagogía gradual de la humanidad. Moses Mendelssohn (1729–1786), amigo de Lessing y figura inspiradora de la Haskalá (la Ilustración judía), defendió en Jerusalén (1783) la separación entre el poder del Estado y el de la religión y la libertad de conciencia, sin renunciar a su fe judía.
Kant, como se vio, es el punto de llegada crítico de esta tradición. Al mismo tiempo, su filosofía trascendental fija límites a la razón teórica que desafían el optimismo dogmático de parte del racionalismo del siglo: la razón pura, cuando especula más allá de la experiencia posible, cae en antinomias.
Condorcet y la idea de progreso
El marqués de Condorcet (1743–1794), matemático, filósofo y político, escribió, durante el Terror y mientras se ocultaba por haber sido proscrito, el Bosquejo de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano (Esquisse d’un tableau historique des progrès de l’esprit humain), publicado póstumamente en 1795. El libro divide la historia de la humanidad en diez épocas, la última dedicada al futuro, y sostiene la perfectibilidad indefinida del espíritu humano: el progreso de las ciencias, la difusión de la instrucción, la reducción de las desigualdades entre naciones y entre individuos. Condorcet murió en prisión en 1794.
El Bosquejo suele leerse como la expresión más completa de la filosofía ilustrada de la historia. Su optimismo fue retomado, de otro modo, por Auguste Comte, que reconocía en Condorcet a un precursor de la ley de los tres estados (véase el artículo sobre el positivismo). Para el debate más amplio, véase Filosofía de la historia: sentido y progreso. Una salvedad: la idea de progreso no era unánime ni siquiera dentro del siglo; Rousseau, como vimos, la cuestionaba, y Kant la consideraba un postulado regulativo de la razón práctica, y no una ley empírica.
Las críticas: del contrailuminismo a la Dialéctica de la Ilustración
Hamann y Herder
Ya en el siglo XVIII surgieron objeciones desde dentro de la cultura alemana. Johann Georg Hamann (1730–1788), el «Mago del Norte», opuso a la razón abstracta la primacía de la fe, el lenguaje y la experiencia concreta; escribió en 1784 una crítica a Kant, la Metacrítica sobre el purismo de la razón, que solo se publicó póstumamente. Johann Gottfried Herder (1744–1803), discípulo de Kant y luego su crítico, publicó en 1774 Otra filosofía de la historia para la educación de la humanidad, que rechaza la idea de una escala única de progreso con la que se medirían todas las culturas, y afirma que cada época y cada pueblo tiene un centro de gravedad propio y un valor intrínseco. El énfasis de Herder en el lenguaje, la diversidad cultural y la pertenencia histórica suele señalarse como una de las fuentes del historicismo y del romanticismo.
La tesis del contrailuminismo (Berlin)
El historiador de las ideas Isaiah Berlin (1909–1997) popularizó la expresión «contrailuminismo» en el ensayo «The Counter-Enlightenment», publicado en 1973 en el Dictionary of the History of Ideas y luego reunido en Against the Current. En él, Berlin describe una corriente de pensadores —con particular relieve para Vico, Hamann y Herder, además de Joseph de Maistre— que se opuso al racionalismo, el universalismo y el empirismo atribuidos a la Ilustración. En otros escritos (sobre todo The Roots of Romanticism), Berlin atribuye a la tradición racionalista que culmina en la Ilustración tres supuestos: que toda pregunta genuina tiene una respuesta verdadera, que esas respuestas son cognoscibles y que son compatibles entre sí. La crítica de Herder y de los románticos a la idea de una solución única alimentó el pluralismo de valores que Berlin defendería en su propia filosofía.
La categoría es discutida. Investigadores recientes objetan que concentra demasiado la atención en Alemania y que la Ilustración era más plural y menos «ingenuamente racionalista» que la caricatura implícita en la tesis; algunos rechazan el propio término. En cualquier caso, es un instrumento historiográfico y no una escuela.
Burke y la crítica conservadora
Tras 1789, la Revolución francesa se convirtió en el terreno de la disputa. Edmund Burke (1729–1797), en las Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790), criticó la pretensión de reconstruir la sociedad a partir de principios abstractos de razón y de derechos universales, defendiendo el valor de la tradición, de los prejuicios acumulados por la experiencia y de la reforma gradual. Conviene no simplificar: Burke no era enemigo de la Ilustración en general, y simpatizó con la causa de los colonos americanos; su crítica se dirige a cierto racionalismo político. Por su parte, los defensores de la Revolución, como Thomas Paine, respondieron en defensa de los derechos naturales.
Horkheimer y Adorno: la dialéctica de la Ilustración
En el siglo XX, la crítica más influyente vino de Max Horkheimer y Theodor Adorno, exiliados de la Alemania nazi, en Dialéctica de la Ilustración (Dialektik der Aufklärung). El libro circuló en 1944 en una edición mimeografiada con el título Philosophische Fragmente y se publicó en 1947 en la editorial Querido, de Ámsterdam. La tesis central es que la Ilustración, entendida en sentido amplio como el avance del pensamiento que busca liberar a los seres humanos del miedo e instituirlos como señores, revierte en mito: al pretender dominar la naturaleza mediante una razón que reduce todo a cálculo y control, se convierte en razón instrumental, y la dominación de la naturaleza externa se transforma en dominación del ser humano sobre sí mismo y sobre los demás. Los autores buscan en episodios de la Odisea y en autores como Kant y Sade las marcas de esa dialéctica, y aplican la idea al análisis de la «industria cultural».
La obra, escrita bajo el impacto del nazismo y del fascismo, no es un simple repudio de las Luces: los autores afirman que la libertad en la sociedad es inseparable del pensamiento ilustrado, y que el objetivo es una ilustración que reflexione sobre sí misma. Esta lectura se discute en detalle en el artículo sobre la Escuela de Fráncfort. Jürgen Habermas, heredero de la Teoría Crítica, retomó el debate en El discurso filosófico de la modernidad (1985) y en su conferencia de 1980 «La modernidad: un proyecto inacabado», argumentando que el proyecto ilustrado debe proseguirse y corregirse, y no abandonarse, apoyándose en una racionalidad comunicativa más amplia que la instrumental. Michel Foucault, en «¿Qué es la Ilustración?» (1984), reinterpretó el texto de Kant como expresión de una «actitud» crítica de la modernidad, y no como doctrina.
Otras objeciones
Otras críticas son de origen más reciente y se debaten en la literatura: que la universalidad proclamada por la Ilustración convivía, en muchos de sus autores, con teorías raciales, con la justificación o la tolerancia de la esclavitud y del colonialismo y con la exclusión de las mujeres de la ciudadanía plena. Pensadores como Hume y Kant, por ejemplo, escribieron pasajes sobre diferencias raciales hoy reconocidos como prejuiciosos, mientras que Condorcet y otros condenaron la esclavitud. La investigación contemporánea discute si tales posiciones revelan una contradicción interna del proyecto —que entonces podría corregirse con sus propios principios— o un límite estructural. Las respuestas divergen, y este artículo se limita a registrar el debate.
Legado
La Ilustración dejó huellas duraderas, aunque su evaluación sea controvertida:
- Política y derecho: el lenguaje de los derechos del hombre, la separación de poderes, la libertad de conciencia y de prensa, la crítica de la tortura y de la pena de muerte (Beccaria, De los delitos y de las penas, 1764), presentes en documentos como la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (1776) y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789);
- Epistemología: la idea de que el conocimiento es una construcción pública y falible, sometida a crítica, y la distinción entre los límites y las pretensiones de la razón, que atraviesa de Kant a la filosofía de la ciencia;
- Ética: el desarrollo del utilitarismo (a partir de Bentham; véase Utilitarismo) y de la deontología kantiana;
- Ciencias humanas: el proyecto de estudiar la sociedad con métodos empíricos, de Montesquieu y los escoceses a Comte;
- Secularización: la distinción entre esfera pública y confesión religiosa.
En términos críticos, el legado incluye las propias tensiones que este artículo ha presentado: entre universalismo y pluralidad, entre razón crítica y razón instrumental, entre progreso y crítica del progreso. Por eso la pregunta de 1784 sigue formulándose. Cada generación la responde de nuevo, y la manera de responder es, en sí misma, un ejercicio de lo que Kant llamaba el uso público de la razón.
Lecturas esenciales
- KANT, Immanuel. «Beantwortung der Frage: Was ist Aufklärung?». Berlinische Monatsschrift, diciembre de 1784. Disponible en español en las ediciones de los opúsculos de filosofía de la historia y política de Kant.
- SCHMIDT, James (ed.). What Is Enlightenment? Eighteenth-Century Answers and Twentieth-Century Questions. Berkeley: University of California Press, 1996.
- CASSIRER, Ernst. La filosofía de la Ilustración (Die Philosophie der Aufklärung, 1932).
- GAY, Peter. The Enlightenment: An Interpretation. 2 vols. New York: Knopf, 1966–1969.
- ISRAEL, Jonathan. Radical Enlightenment: Philosophy and the Making of Modernity, 1650–1750. Oxford: Oxford University Press, 2001.
- OUTRAM, Dorinda. The Enlightenment. Cambridge: Cambridge University Press (varias ediciones).
- BERLIN, Isaiah. «The Counter-Enlightenment». En: Dictionary of the History of Ideas, vol. 2. New York: Scribner’s, 1973; reeditado en Against the Current.
- HORKHEIMER, Max; ADORNO, Theodor W. Dialéctica de la Ilustración: fragmentos filosóficos (Dialektik der Aufklärung, 1947).
- HABERMAS, Jürgen. Der philosophische Diskurs der Moderne (1985).
- FOUCAULT, Michel. «What Is Enlightenment?» (1984), en Paul Rabinow (ed.), The Foucault Reader.