La filosofía de la biología examina los conceptos, los métodos y las explicaciones de las ciencias de la vida. Preguntas que parecen técnicas esconden problemas filosóficos de larga data: ¿qué significa decir que el corazón sirve para bombear sangre? ¿Sobre qué actúa exactamente la selección natural: el gen, el organismo, el grupo? ¿Existen las especies, o solo individuos semejantes que clasificamos por comodidad? ¿Puede la biología reducirse a la química, y puede la evolución decirnos algo sobre el bien y el mal?
Como disciplina académica autónoma, la filosofía de la biología se consolidó en la segunda mitad del siglo XX, en parte porque la filosofía de la ciencia de entonces, centrada en la física, dejaba de lado las peculiaridades de la biología. Pero sus cuestiones vienen de mucho antes: de Aristóteles, que fue también biólogo, y de Kant, que en la Crítica del juicio trató de los seres organizados. Este artículo recorre los principales ejes del campo, con atención a los autores y obras centrales.
1. La teleología aristotélica
Para Aristóteles, explicar un fenómeno natural es indicar sus cuatro causas (Física II, 3; Metafísica V, 2): material, formal, eficiente y final. La causa final (télos, “fin”, “aquello en vista de lo cual”) no es un añadido a la explicación de los seres vivos, sino parte central de ella: los dientes tienen la forma que tienen para cortar y triturar. La naturaleza (physis) es, para él, un principio interno de movimiento y reposo, y los seres naturales actúan, por lo general, en vista de fines sin deliberar. Véanse las entradas Telos y Physis y el artículo Physis: naturaleza y devenir.
Dos aspectos importan para la discusión posterior:
- Hilemorfismo y alma. En Sobre el alma (II, 1), el alma es la forma del cuerpo natural que tiene la vida en potencia; el organismo es una unidad en la que materia y forma solo se distinguen en el análisis. Véase la entrada Hilomorfismo.
- Un argumento contra el azar. En la Física II, 8 (198b), Aristóteles discute la hipótesis, atribuida a Empédocles, de que las partes de los animales surgieron al azar y solo subsistieron las combinaciones viables. Aristóteles la rechaza, por entender que los fenómenos naturales ocurren “siempre o en la mayoría de los casos” y, por tanto, no pueden ser fruto del azar. La semejanza con la lógica de la selección natural suele notarse, pero el contexto es otro, y la conclusión de Aristóteles es opuesta a la de Darwin.
La teleología aristotélica no presupone un planificador externo ni una conciencia: es una teleología inmanente a la forma del viviente. Esto la distingue de la teología natural moderna.
2. Kant: el organismo como “fin natural”
En la Crítica del juicio (1790, §§ 64–65), Kant describe al ser organizado como un “fin natural” (Naturzweck): una cosa en la que cada parte existe por las demás y por el todo, y que es causa y efecto de sí misma. Kant sostiene que no podemos comprender tales seres solo mediante la causalidad mecánica, pero que la teleología debe tomarse como principio regulativo, un modo necesario de juzgar sobre los organismos, y no como conocimiento constitutivo de cómo es la naturaleza en sí. Afirmó además, en el §75, que sería absurdo esperar que algún día surgiera un “Newton del tallo de hierba”, es decir, un científico capaz de explicar la generación de una simple planta por leyes mecánicas sin recurso a fines. Esa posición fijó el horizonte del problema hasta Darwin.
3. Darwin y la selección natural
Antes de 1859, el argumento del diseño dominaba la explicación de la adaptación. William Paley, en la Teología natural (1802), comparaba el organismo con un reloj que presupone un relojero. Hume ya había criticado el argumento en los póstumos Diálogos sobre la religión natural (1779) (véase el artículo sobre Hume), pero faltaba una alternativa explicativa positiva.
Charles Darwin (1809–1882) la ofreció en El origen de las especies (publicado el 24 de noviembre de 1859). Alfred Russel Wallace (1823–1913) había llegado de manera independiente a la misma idea, y una comunicación conjunta de Darwin y Wallace se había leído en la Linnean Society en 1858. El argumento puede reconstruirse así:
- Los organismos de una población varían.
- Parte de esa variación es heredada.
- Nacen más individuos de los que los recursos permiten sobrevivir (la “lucha por la existencia”, inspirada en Malthus).
- Los individuos con variaciones que favorecen la supervivencia y la reproducción dejan, en promedio, más descendientes.
- A lo largo de muchas generaciones la población cambia, y aparecen adaptaciones complejas y la divergencia de linajes (descendencia común con modificación).
La expresión “supervivencia del más apto” fue acuñada por Herbert Spencer en Principles of Biology (1864) y adoptada por Darwin a partir de la quinta edición del Origen (1869). Darwin la consideró una alternativa cómoda a “selección natural”, pero la expresión induce a error: “apto” se refiere al éxito reproductivo diferencial, no a la fuerza ni al mérito.
El significado filosófico fue enorme. La selección natural explica el aparente diseño sin postular un diseño: la adaptación resulta de un proceso ciego, acumulativo y sin meta. Daniel Dennett, en La peligrosa idea de Darwin (1995), llamó a la idea un “ácido universal” que corroe las concepciones tradicionales (véase el perfil de Daniel Dennett). En la primera mitad del siglo XX, la teoría se combinó con la genética mendeliana en la llamada síntesis moderna (Fisher, Haldane, Wright, Dobzhansky, Mayr, Simpson), y el descubrimiento de la estructura del ADN (1953) abrió la biología molecular.
4. Teleología, función y teleonomía
Si la selección natural prescinde del diseño, ¿qué justifica hablar de funciones en biología? Decimos que el corazón tiene la función de bombear sangre, no la de producir ruido. Ese vocabulario teleológico persiste en el discurso biológico y exige análisis.
Un primer paso fue el concepto de teleonomía, propuesto por Colin Pittendrigh (1958) y retomado por Ernst Mayr: un sistema teleonómico es aquel cuya aparente finalidad resulta de un programa evolutivamente seleccionado, sin finalidad consciente. Mayr, por su parte, distinguió en “Cause and Effect in Biology” (1961) las causas próximas (cómo funciona el organismo) de las causas últimas (por qué la evolución lo moldeó así).
Dos familias de teorías de la función se destacan:
- Teorías etiológicas. En “Functions” (Philosophical Review, 1973), Larry Wright propuso que la función de un rasgo es lo que explica por qué está ahí: el corazón existe porque bombea sangre. Ruth Millikan, en Language, Thought, and Other Biological Categories (1984), desarrolló la noción de función propia, ligada a la historia selectiva del rasgo y de sus antecesores. Karen Neander (1991) perfeccionó el enfoque en términos de “efectos seleccionados”.
- Teorías de rol causal. Robert Cummins, en “Functional Analysis” (Journal of Philosophy, 1975), sostuvo que la función de un componente es la contribución que hace a una capacidad del sistema que lo contiene, independientemente de su historia.
Las etiológicas explican por qué podemos hablar de disfunción: un corazón que no bombea sigue teniendo la función de bombear. Pero suscitan el célebre problema del “Hombre del Pantano” (Swampman), ejemplo de Donald Davidson (1987): si un rayo formara por azar una réplica exacta de una persona, ¿tendrían funciones sus órganos, aun sin historia selectiva? Para las teorías de rol causal el problema no surge, pero les cuesta distinguir funciones de efectos accidentales útiles. Véase el perfil de Donald Davidson. La discusión resuena con el debate sobre la causalidad final: véase el artículo sobre la sustancia en Aristóteles, Descartes y Spinoza.
5. Unidades de selección: gen, organismo, grupo
¿Sobre qué actúa la selección natural? Darwin pensaba sobre todo en individuos, pero en casos como los insectos sociales y la moralidad humana admitió consideraciones sobre grupos.
5.1 El grupo y su crítica
En la década de 1960, V. C. Wynne-Edwards (Animal Dispersion in Relation to Social Behaviour, 1962) defendió que comportamientos como el control de la reproducción evolucionaban para el bien del grupo. George C. Williams, en Adaptation and Natural Selection (1966), criticó esa “selección de grupo ingenua”, argumentando que la selección en niveles superiores es, por regla general, débil frente a la selección entre individuos, y que la adaptación debe atribuirse al nivel más bajo capaz de explicarla. William Hamilton (1964) presentó la selección de parentesco: los genes pueden propagarse favoreciendo a parientes, lo que explica el altruismo sin apelar al grupo.
5.2 El gen egoísta
En El gen egoísta (1976), Richard Dawkins popularizó la visión “centrada en el gen”: los organismos serían “máquinas de supervivencia” de replicadores (genes) que perduran por copia. En El fenotipo extendido (1982), Dawkins distinguió después el replicador del “vehículo”. El libro fue a menudo malentendido: el “egoísmo” es una metáfora de la lógica del éxito replicativo, no una tesis psicológica sobre el egoísmo humano, y Dawkins sostuvo que la explicación del altruismo por parentesco es compatible con el comportamiento cooperativo.
David Hull (“Individuality and Selection”, 1980) propuso la distinción entre replicadores e interactores (entidades que interactúan con el ambiente de modo que favorece la replicación) como forma más neutra de formular el problema.
5.3 La selección multinivel
Elliott Sober y David Sloan Wilson, en Unto Others (1998), defendieron la selección multinivel: la selección puede actuar a la vez sobre genes, organismos y grupos, y la selección de grupo puede explicar el altruismo cuando la variación entre grupos es suficiente. Los defensores de la visión centrada en el gen sostienen que la contabilidad en términos de genes es, en principio, equivalente (la llamada tesis del bookkeeping). Sober, en The Nature of Selection (1984), distinguió la selección de objetos (lo que es seleccionado) de la selección para propiedades (lo que explica la selección). Samir Okasha (Evolution and the Levels of Selection, 2006) ofrece un balance crítico. La cuestión es filosófica en la medida en que depende de lo que significa afirmar que algo es una causa y no mera contabilidad.
6. El problema de las especies
La noción de especie viene de Aristóteles y de la tradición taxonómica de Linneo: grupos naturales definidos por esencias fijas. Una narrativa influyente, defendida por Mayr y Hull, atribuye al “esencialismo tipológico” un largo estancamiento de la taxonomía; historiadores más recientes discuten si ese cuadro es fiel a las fuentes. En todo caso, el pensamiento poblacional darwiniano volvió problemática la idea de esencia de especie, pues las especies cambian y la variación intraespecífica es el motor de la evolución.
6.1 El concepto biológico
Ernst Mayr (1904–2005), en Systematics and the Origin of Species (1942), propuso el concepto biológico de especie: grupos de poblaciones naturales que real o potencialmente se cruzan entre sí y están aislados reproductivamente de otros grupos. La especie queda así definida por relaciones de entrecruzamiento, no por semejanza. El concepto enfrenta límites: no se aplica a organismos de reproducción asexual, es difícil de aplicar a especies fósiles e ignora la hibridación frecuente en ciertos grupos.
6.2 Alternativas y pluralismo
Entre las alternativas están el concepto filogenético (derivado de la sistemática de Willi Hennig), que define la especie por linajes y ancestría, el concepto ecológico y otros. Michael Ghiselin (1974) y David Hull (“A Matter of Individuality”, 1978) propusieron que las especies no son clases sino individuos (entidades históricas, espaciotemporalmente delimitadas, de las que los organismos son partes). Si es así, “Homo sapiens” es como un nombre propio, no como “oro”. Philip Kitcher (“Species”, 1984) defendió un pluralismo: distintos intereses explicativos justifican distintos conceptos de especie. El problema se vincula con el debate sobre la sustancia y sobre los universales en la tradición filosófica.
7. Reduccionismo y emergencia
¿Es la biología reducible a la física y a la química? Ernest Nagel (The Structure of Science, 1961) formuló el modelo clásico de reducción de teorías: una teoría es reducible a otra si es derivable de ella con ayuda de “leyes puente”. Kenneth Schaffner aplicó el modelo a la genética. David Hull, en Philosophy of Biological Science (1974), argumentó que la relación entre la genética mendeliana y la genética molecular no encaja en el modelo, porque no hay un mapeo simple entre los predicados de una y otra (un “gen” mendeliano puede corresponder a muchas secuencias moleculares, y viceversa). Philip Kitcher, en “1953 and All That” (1984), sostuvo en términos cercanos que la genética clásica no fue reducida, sino integrada. Un argumento de fondo es la realizabilidad múltiple (véase el perfil de Hilary Putnam): la misma función biológica puede ser realizada por sustratos físicos diversos.
Históricamente, la oposición al mecanicismo adoptó la forma del vitalismo: Hans Driesch postuló, hacia 1900, una “entelequia” (término aristotélico) como principio vital, y Bergson propuso el élan vital en La evolución creadora (1907). El vitalismo fue abandonado por la biología, en parte porque no producía predicciones contrastables. Hoy la posición más común es la del fisicalismo no reductivo, que admite que todo lo biológico está compuesto de entidades físicas, pero reconoce propiedades emergentes y explicaciones propias de nivel superior. Mayr sostuvo una versión de organicismo, según la cual los sistemas biológicos tienen propiedades que no se deducen de sus partes aisladas. El debate paralelo en la filosofía de la mente está en el artículo sobre el problema mente-cuerpo. Una versión filosófica de la pregunta aparece en Hans Jonas, para quien el organismo, con su metabolismo, revela una forma incipiente de libertad e interioridad (El fenómeno de la vida, 1966); véase también el artículo sobre la ética ambiental en Hans Jonas.
8. Adaptacionismo y la crítica de Gould y Lewontin
El adaptacionismo es la tendencia a explicar los rasgos de los organismos como adaptaciones moldeadas por la selección natural. En “The Spandrels of San Marco and the Panglossian Paradigm: A Critique of the Adaptationist Programme” (Proceedings of the Royal Society of London B, 205, 1979, pp. 581–598), Stephen Jay Gould y Richard Lewontin atacaron el hábito de fragmentar el organismo en rasgos y atribuir a cada uno una historia adaptativa, “contando historias” plausibles (las just-so stories, referencia a Kipling). La analogía central proviene de la arquitectura de la basílica de San Marcos, en Venecia: los espacios triangulares entre arcos (los “spandrels”) son subproducto necesario de la arquitectura y fueron decorados después; no son la razón de ser del diseño. Se ha observado luego que el término arquitectónico más exacto sería pechinas, pero el argumento biológico no depende de ello. “Panglosiano” alude al doctor Pangloss del Cándido de Voltaire, que sostiene que todo es lo mejor en el mejor de los mundos posibles.
Los autores señalaron alternativas a la selección como explicación: restricciones del desarrollo y de la arquitectura, deriva genética, subproductos (pleiotropía, correlación de crecimiento) y la posibilidad de que una estructura surgiera por una razón y fuera cooptada para otra. Gould y Elisabeth Vrba acuñaron después el término exaptación (1982) para rasgos que cumplen hoy una función distinta de aquella por la que fueron seleccionados.
La crítica no fue una negación de que existan adaptaciones; fue un rechazo del uso no contrastado de la selección como explicación por defecto. Respuestas importantes vinieron de Dennett (La peligrosa idea de Darwin), que sostuvo que el razonamiento adaptacionista es una heurística legítima de “ingeniería inversa”, y de Mayr, que defendió el programa adaptacionista como método sin negar sus limitaciones. Peter Godfrey-Smith (2001) distinguió el adaptacionismo empírico (la selección es la fuerza evolutiva dominante), el explicativo (la adaptación es el problema central de la biología) y el metodológico (la hipótesis adaptativa es la mejor estrategia de investigación), mostrando que la discusión mezclaba tesis diferentes. El debate toca la filosofía de la ciencia: véase el artículo sobre Popper y Kuhn, pues la acusación de infalsabilidad dirigida a las historias adaptativas resuena con criterios de Popper (véase el perfil de Karl Popper).
9. Epistemología evolutiva
La epistemología evolutiva aplica la biología a la teoría del conocimiento, en dos versiones distintas (distinción de Michael Bradie, 1986):
- Evolución de los mecanismos cognitivos. Nuestras capacidades de percepción y razonamiento son productos de la selección natural. Konrad Lorenz, en “Kants Lehre vom Apriorischen im Lichte gegenwärtiger Biologie” (1941), sugirió que las categorías a priori de Kant, anteriores a la experiencia del individuo, son a posteriori para la especie: formas de intuición ajustadas al mundo a lo largo de la filogenia. Véanse el artículo sobre el a priori y el a posteriori y el perfil de Kant.
- Evolución de las teorías. Donald Campbell (“Evolutionary Epistemology”, 1974) y el propio Karl Popper (en Conocimiento objetivo, 1972) describieron el crecimiento del conocimiento científico como un proceso análogo a la selección natural: las conjeturas varían y las refutadas son eliminadas.
Objeciones recurrentes: la selección favorece creencias útiles para la supervivencia, no necesariamente verdaderas, y la analogía con la selección natural es discutible, ya que la variación científica es en buena parte dirigida y no ciega. Paralelamente, la “naturalización de la epistemología” de W. V. Quine (1969) propone tratar la epistemología como capítulo de la ciencia empírica.
10. Ética y evolución
10.1 Spencer, el darwinismo social y la falacia naturalista
Herbert Spencer (1820–1903) propuso una filosofía sintética de la evolución que en parte antecedió a la de Darwin: su ensayo “Progress: Its Law and Cause” es de 1857. Su pensamiento suele llamarse “darwinismo social”, rótulo problemático, porque Spencer era en buena medida lamarckiano y porque el término fue usado más por críticos que por defensores. En su visión, el proceso evolutivo conduciría a formas cada vez más complejas y a sociedades mejor adaptadas, y la ética debía seguir esa dirección.
G. E. Moore, en Principia Ethica (1903), criticó las éticas basadas en propiedades naturales como la evolución, argumentando que “bueno” no es definible en términos naturales, y llamó “falacia naturalista” al error de identificar el bien con una propiedad natural (véanse la entrada Falacia naturalista y el perfil de G. E. Moore). Distinto, aunque relacionado, es el problema “es/debe” de Hume (véase el artículo sobre Hume): de lo que es no se sigue, por sí solo, lo que debe ser. Thomas Huxley, en la conferencia Evolution and Ethics (1893), sostuvo que el proceso ético se opone al proceso cósmico de lucha y no se deriva de él.
10.2 Sociobiología y orígenes de la moral
Edward O. Wilson, en Sociobiology: The New Synthesis (1975), propuso estudiar la conducta social, incluida la humana, a la luz de la biología evolutiva, y en On Human Nature (1978) extendió la perspectiva. La obra provocó críticas de científicos como Gould y Lewontin, que la acusaron de determinismo biológico y de exagerar el adaptacionismo; los defensores respondían que la explicación evolutiva no implica determinismo. Michael Ruse y Wilson (“Moral Philosophy as Applied Science”, 1986) defendieron que la moral es una adaptación y que, por tanto, los “hechos” morales objetivos serían una ilusión adaptativa. Philip Kitcher, en Vaulting Ambition (1985), hizo un análisis crítico de la sociobiología humana.
Desde entonces, los argumentos de desenmascaramiento evolutivo (Richard Joyce, The Evolution of Morality, 2006; Sharon Street, “A Darwinian Dilemma for Realist Theories of Value”, 2006) sostienen que, si nuestras creencias morales fueron moldeadas por presiones selectivas indiferentes a la verdad moral, el realismo moral enfrenta un problema. Las respuestas realistas cuestionan la premisa o proponen que la selección favoreció la detección de hechos morales. En otra dirección, Peter Singer (The Expanding Circle, 1981) usa el origen evolutivo de la cooperación para argumentar que la razón puede ampliar el círculo de la consideración moral (véanse el perfil de Peter Singer y el artículo sobre bienestar animal); y la psicología moral de Joshua Greene investiga la base evolutiva de las intuiciones morales. Para el contexto general, véanse los artículos sobre utilitarismo y bioética.
11. La filosofía de la biología contemporánea
Tres nombres con frecuencia asociados a la consolidación del campo merecen destaque.
- David Hull (1935–2010), con Philosophy of Biological Science (1974), “A Matter of Individuality” (1978) y Science as a Process (1988), trató de la naturaleza de las especies, del reduccionismo y de la evolución del conocimiento científico como proceso de selección entre científicos.
- Michael Ruse (n. 1940), con The Darwinian Revolution (1979) y Taking Darwin Seriously (1986), escribió sobre la historia del darwinismo y su relación con la moral, y actuó como testigo en McLean v. Arkansas (1981–82) contra la enseñanza del creacionismo, caso que reabrió el debate sobre el criterio de demarcación entre ciencia y no ciencia (Larry Laudan criticó luego los criterios entonces usados).
- Philip Kitcher (n. 1947), con Abusing Science (1982, crítica del creacionismo), Vaulting Ambition (1985) y Living with Darwin (2007), combinó filosofía de la ciencia, de la biología y ética.
Entre las discusiones en curso están la biología evolutiva del desarrollo (evo-devo), la construcción de nicho, la epigenética y el debate sobre si la teoría evolutiva necesita una “síntesis extendida” (Laland y colaboradores, Nature, 2014), controversia en la que los defensores de la síntesis estándar sostienen que los nuevos fenómenos ya son acomodados por el marco existente. También han ganado espacio la filosofía de la biología molecular y de la biología de sistemas, la noción de información genética y las cuestiones abiertas por la edición genética (CRISPR), que vinculan la filosofía de la biología con la bioética.
12. Consideraciones finales
La filosofía de la biología muestra cómo problemas clásicos reaparecen en forma nueva. La causa final de Aristóteles resurge en el vocabulario funcional de la biología, reinterpretada en términos de historia selectiva. La cuestión kantiana del organismo como totalidad se refleja en el debate sobre reduccionismo y emergencia. El problema de los universales y de la esencia reaparece en el debate sobre las especies, y el problema del fundamento del conocimiento, en el naturalismo epistemológico. Al mismo tiempo, la pregunta sobre lo que la evolución nos dice acerca del valor y del deber sigue en disputa, y las respuestas que ofrece la literatura, de Spencer a Moore, de Wilson a Singer, no convergen.
Referencias bibliográficas
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