Entre los siglos IX y XII, mientras el Occidente latino conocía apenas fragmentos de Aristóteles, el mundo islámico fue el gran guardián y continuador de la filosofía griega. La falsafa —transliteración árabe del griego philosophía— designa esa tradición que recibió, comentó y transformó el legado de Aristóteles y del neoplatonismo, enfrentando el problema decisivo de articular la razón filosófica griega con la revelación coránica. Sin ella no habría habido la redescubierta de Aristóteles en Occidente ni, en buena medida, la Escolástica de Tomás de Aquino. Este artículo recorre a sus protagonistas —Al-Kindi, Al-Farabi, Avicena, Al-Ghazali y Averroes— y el debate que los atraviesa.


1. El movimiento de traducción y Al-Kindi

La falsafa nace de una extraordinaria empresa cultural: el movimiento de traducción patrocinado por el califato abasí en Bagdad (siglos VIII–X), en torno a la llamada Casa de la Sabiduría (Bayt al-Ḥikma). Obras griegas de filosofía, medicina, matemática y astronomía fueron vertidas al árabe, a menudo a través del siríaco. Ese esfuerzo puso a disposición de los pensadores islámicos el corpus aristotélico, los comentadores tardíos y textos neoplatónicos.

Al-Kindi (c. 801–c. 873), llamado “el Filósofo de los Árabes” (faylasūf al-ʿArab), fue el primer gran filósofo de esa tradición. En Sobre la Filosofía Primera (Fī al-Falsafa al-Ūlā), defendió que la verdad es una sola, venga de los griegos o de la revelación, y que buscarla dondequiera que esté es deber del filósofo. A diferencia de los aristotélicos posteriores, Al-Kindi defendió la creación en el tiempo y la finitud del mundo, en consonancia con la teología islámica —anticipando la tensión que dividiría a la falsafa.


2. Al-Farabi, el “Segundo Maestro”

Al-Farabi (c. 872–c. 950), nacido en la región de Farab (actual Kazajistán), fue llamado por la tradición “el Segundo Maestro” (al-Muʿallim al-Thānī) —siendo el primero Aristóteles. Trabajó sobre todo en Bagdad y Alepo, y su obra abarca lógica, política, metafísica e incluso teoría musical.

Su cosmología emanacionista adapta el neoplatonismo de Plotino a la astronomía ptolemaica: del Primero (el Uno, identificado con Dios) emanan diez intelectos separados, cada uno ligado a una esfera celeste; del décimo —el Intelecto Agente— emanan el mundo sublunar y la iluminación del intelecto humano. En su teoría del intelecto, Al-Farabi distingue los grados por los que la mente pasa de la pura potencia al “intelecto adquirido” en contacto con el Intelecto Agente —esquema decisivo para Avicena y para la Escolástica.

En filosofía política, su Ciudad Virtuosa (Al-Madīna al-Fāḍila) retoma a Platón: el gobernante ideal es a la vez filósofo y profeta, capaz tanto de aprehender la verdad como de comunicarla a la mayoría mediante imágenes y símbolos —función que Al-Farabi atribuye a la religión. En Armonía entre Platón y Aristóteles, sostuvo —de modo influyente, pero muy contestado— que los dos maestros convergían en lo esencial.


3. Avicena (Ibn Sīnā): la cumbre metafísica

Avicena (980–1037), nacido cerca de Bujará, en la Asia Central de lengua persa, es el mayor filósofo del mundo islámico medieval. Médico prodigioso (su Canon de Medicina fue manual europeo durante siglos) y autor de una vasta enciclopedia filosófica, el Libro de la Curación, legó a la metafísica una distinción que cambiaría el pensamiento occidental: la separación entre esencia y existencia.

En cualquier ser podemos preguntar qué es (su esencia) y si es (su existencia) —y las dos cosas no coinciden: la esencia de un caballo nada dice sobre si existen caballos. De ahí Avicena extrae su tesis central: en las criaturas, la existencia es contingente (podrían no existir); solo en Dios esencia y existencia se identifican. Dios es el Ser Necesario (wājib al-wujūd), aquel que no puede no ser y del que todo lo demás, “posible por sí”, recibe la existencia. Como Al-Farabi, explica el origen del mundo por una cascada de diez inteligencias emanadas de Dios.

Célebre es su argumento del “hombre volador”: imaginemos un hombre creado ya adulto, suspendido en el aire, sin ninguna sensación —aun así tendría conciencia de existir, prueba de que el alma se conoce independientemente del cuerpo (intuición que anticipa el cogito de Descartes). La metafísica aviceniana fue decisiva para Tomás de Aquino, Duns Scotus y toda la Escolástica latina.


4. Al-Ghazali: la crítica de los filósofos

La síntesis de la falsafa enfrentó su más formidable objeción en Al-Ghazali (c. 1056–1111), teólogo, jurista y místico sufí, latinizado como Algazel. En La Incoherencia de los Filósofos (Tahāfut al-Falāsifa), sometió a la falsafa —sobre todo a Avicena y Al-Farabi— a un examen demoledor de veinte tesis, declarando tres de ellas incompatibles con la fe hasta el punto de constituir incredulidad (kufr): la eternidad del mundo, la tesis de que Dios conoce solo los universales (y no los particulares) y la negación de la resurrección corporal.

Filosóficamente, su arma más aguda es la crítica de la causalidad necesaria: cuando vemos arder el algodón en contacto con el fuego, no percibimos ninguna conexión necesaria, solo una conjunción habitual. La causa real de todo efecto es Dios —posición ocasionalista que anticipa, en varios siglos, los argumentos de Hume sobre la inducción. En su autobiografía espiritual, El Salvador del Error (al-Munqidh min al-Ḍalāl), narra la crisis de duda que lo llevó del racionalismo a la experiencia mística como vía hacia la certeza.


5. Averroes (Ibn Rushd): el Comentador

La respuesta vino del Occidente islámico. Averroes (1126–1198), nacido en Córdoba en el apogeo de Al-Ándalus, juez y médico al servicio de los califas almohades, fue conocido en la Europa medieval simplemente como “el Comentador”: sus minuciosos comentarios a casi toda la obra de Aristóteles fueron, durante siglos, la puerta de acceso al Estagirita para latinos y judíos.

Contra Al-Ghazali, Averroes escribió La Incoherencia de la Incoherencia (Tahāfut al-Tahāfut), defendiendo que filosofía y revelación no se contradicen: son dos vías para la misma verdad —una demostrativa, dirigida a los sabios, otra persuasiva y simbólica, dirigida a la mayoría. Cuando el texto revelado parece chocar con la razón demostrativa, cabe la interpretación alegórica (taʾwīl). De ahí su tesis de la autonomía de la filosofía, con dominio propio junto a la teología.

Atención a un equívoco frecuente: Averroes no defendió la llamada “doble verdad” (la idea de que algo pudiera ser verdadero en filosofía y falso en teología, o viceversa). Esa doctrina fue atribuida —probablemente de modo injusto— a los averroístas latinos (como Siger de Brabante) y condenada en París en 1277. Para el propio Averroes, la verdad es una sola.

Sus tesis más polémicas fueron la eternidad del mundo y la doctrina de la unicidad del intelecto: habría un solo intelecto material común a toda la humanidad, del que los individuos participan —lo que parecía negar la inmortalidad personal del alma. Trasplantadas a la Universidad de París, provocaron la enérgica reacción de Tomás de Aquino (Sobre la unidad del intelecto contra los averroístas) y se convirtieron en uno de los grandes debates de la Escolástica.


6. Legado: transmisión y la cuestión del “declive”

La falsafa no fue un simple eslabón de transmisión, sino una tradición filosófica creadora. Su impacto sobre Occidente fue inmenso: por las traducciones árabe-latinas hechas en Toledo y en Sicilia (siglos XII–XIII), Aristóteles y sus comentadores islámicos llegaron a las universidades europeas y moldearon la Escolástica. La misma tradición alimentó la filosofía judía medieval —Maimónides (1138–1204), en Córdoba y El Cairo, escribió su Guía de perplejos en diálogo directo con Al-Farabi y Avicena.

Suele afirmarse que la crítica de Al-Ghazali habría provocado el “declive” de la filosofía en el islam. La tesis hoy se cuestiona: en el Oriente persa y chií, la falsafa prosiguió transformada —en la filosofía de la iluminación (ishrāq) de Suhrawardī (1154–1191) y, siglos después, en la síntesis de Mullā Ṣadrā (c. 1571–1640). Lo que cambió fue menos su vitalidad que su forma: la filosofía migró hacia dentro de la teología y el misticismo, en vez de desaparecer.


Lecturas esenciales

  • Al-Kindi, Sobre la Filosofía Primera (Fī al-Falsafa al-Ūlā).
  • Al-Farabi, La Ciudad Virtuosa (Al-Madīna al-Fāḍila); Tratado sobre el Intelecto.
  • Avicena, Libro de la Curación (Kitāb al-Shifāʾ), sección de metafísica; Canon de Medicina.
  • Al-Ghazali, La Incoherencia de los Filósofos (Tahāfut al-Falāsifa); El Salvador del Error.
  • Averroes, La Incoherencia de la Incoherencia (Tahāfut al-Tahāfut); El Tratado Decisivo (Faṣl al-Maqāl).
  • Maimónides, Guía de perplejos.

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