El feminismo no es una doctrina única, sino una familia heterogénea de teorías y movimientos — a menudo en tensión entre sí — que comparten la tesis de que las relaciones entre los sexos implican desigualdades que merecen examen crítico. Como objeto de estudio filosófico, es además uno de los campos más controvertidos del pensamiento contemporáneo: se divide internamente en corrientes que discrepan sobre el diagnóstico, las causas y las soluciones, y atrae objeciones vigorosas desde fuera. Este artículo recorre la historia (el modelo de las “olas”), las principales corrientes, los conceptos centrales y — con atención particular — las críticas que el feminismo ha recibido, desde dentro y desde fuera.


1. Las “olas” y los límites de la metáfora

La historia del feminismo suele narrarse en olas. La metáfora, de origen periodístico y anglófono (años sesenta), es didáctica, pero es ella misma objeto de crítica: sugiere una sucesión lineal, centrada en la experiencia occidental, que borra continuidades, precursoras y feminismos no europeos. Conviene usarla, por tanto, como andamiaje provisional, no como verdad histórica.

Antes incluso de la “primera ola” hubo precursoras. Christine de Pizan, en La ciudad de las damas (1405), refutó los clichés misóginos de su época. El cartesiano François Poulain de la Barre, en De la igualdad de los dos sexos (1673), formuló un argumento racionalista célebre — “el espíritu no tiene sexo” —, y fue uno de los autores que Beauvoir citaría como epígrafe de El segundo sexo.


2. Primera ola: la igualdad de derechos

La primera ola (de fines del siglo XVIII a comienzos del XX) es, en su mayor parte, de inspiración ilustrada y liberal. En Vindicación de los derechos de la mujer (1792), Mary Wollstonecraft argumentó que la aparente inferioridad de las mujeres no es natural, sino efecto de la privación de educación: dotadas de razón como los hombres, deberían recibir la misma instrucción. En el siglo XIX, John Stuart Mill — en diálogo con Harriet Taylor Mill — defendió en La esclavitud femenina (1869) la igualdad jurídica y política. El movimiento desembocó en la lucha por el sufragio.


3. Segunda ola: “lo personal es político”

La segunda ola (de los años sesenta a los ochenta) desplaza el foco de la igualdad legal a las estructuras sociales y culturales de la dominación. Su hito filosófico fundador es anterior: El segundo sexo (1949), de Simone de Beauvoir, con la tesis de que “no se nace mujer, se llega a serlo” — la feminidad como construcción social, y la mujer como el “Otro” respecto del hombre tomado como norma. Se consolida en este período la distinción entre sexo (el dato biológico) y género (lo construido socialmente), y el lema “lo personal es político”, que lleva el análisis a la esfera doméstica y sexual.

Es aquí donde el feminismo se ramifica en corrientes nítidas: el liberal (igualdad de oportunidades dentro de las instituciones), el radical (que ve en el patriarcado el sistema de opresión más fundamental — Shulamith Firestone, Catharine MacKinnon) y el marxista/socialista (que articula género y clase).


4. Tercera ola: diferencia, interseccionalidad, deconstrucción

La tercera ola (años noventa) nace de una autocrítica: la “mujer universal” de la segunda ola sería, en la práctica, blanca, occidental y de clase media. De ahí tres desplazamientos. La jurista Kimberlé Crenshaw acuña el concepto de interseccionalidad (1989): las opresiones de género, raza y clase se cruzan y no pueden sumarse linealmente. El feminismo negro (bell hooks, Audre Lorde, Patricia Hill Collins) reivindica esa pluralidad de experiencias. Y Judith Butler, en El género en disputa (1990), lleva la deconstrucción al propio concepto de “mujer”: el género sería performativo, un efecto de actos repetidos, no una esencia. Súmese a ello el feminismo poscolonial (Gayatri Spivak, Chandra Mohanty).

La cuarta ola (de los años 2010 en adelante), por fin, es sobre todo un fenómeno digital, asociado a campañas en red como el #MeToo, sin una plataforma teórica unificada.


5. Las principales corrientes filosóficas

Más que una secuencia temporal, el feminismo es un abanico de corrientes que coexisten y divergen:

  • Liberal: busca la igualdad de derechos y oportunidades dentro de las instituciones existentes (Wollstonecraft, Mill, y, en clave contemporánea, el enfoque de las capacidades de Martha Nussbaum).
  • Radical: ve el patriarcado como la forma primaria de dominación, anterior a la clase (Firestone, MacKinnon, Andrea Dworkin).
  • Marxista/socialista: subordina o articula la opresión de género al análisis del capitalismo (Silvia Federici).
  • De la diferencia y ética del cuidado: en lugar de igualar a la mujer al patrón masculino, valora rasgos tenidos por femeninos. La psicóloga Carol Gilligan, en Una voz diferente (1982), opuso a una moral “masculina” de reglas y justicia una moral “femenina” del cuidado y de la relación; Nel Noddings la desarrolló en filosofía de la educación. En la vertiente francesa, Luce Irigaray y Hélène Cixous exploran la “diferencia sexual”.
  • Interseccional y negro: Crenshaw, hooks, Collins.
  • Postestructuralista / de género: Butler.
  • Descolonial: María Lugones, Mohanty — critica la universalización de la experiencia occidental.

6. Conceptos clave

  • La distinción sexo/género: separa el sustrato biológico (sexo) de la construcción social de los roles (género). Es uno de los pilares de la segunda ola — y, como se verá, uno de los puntos hoy más disputados.
  • Patriarcado: sistema de dominación masculina; central en el feminismo radical, contestado por quienes lo juzgan demasiado genérico.
  • Lo personal es político: la vida privada (familia, sexualidad, trabajo doméstico) es terreno de relaciones de poder.
  • Interseccionalidad: el cruce de múltiples ejes de opresión.
  • Ética del cuidado: la moralidad pensada desde la relación y la responsabilidad, no solo desde principios abstractos.
  • Performatividad de género: el género como efecto de actos reiterados (Butler).

7. Críticas y controversias

Pocos campos están tan atravesados por disputas — buena parte de ellas internas.

Críticas desde dentro. La propia metáfora de las olas es acusada de reduccionista. La noción de un “sujeto mujer” unificado fue atacada como esencialista, primero por el feminismo negro y poscolonial, luego por Butler. La ética del cuidado, a su vez, sufrió la objeción de reinscribir el estereotipo: al asociar a la mujer con el cuidado y la relación, correría el riesgo de naturalizar justamente la división de roles que el feminismo quería contestar; críticas empíricas también cuestionaron si los datos de Gilligan sostienen una diferencia moral entre los sexos. La interseccionalidad, aunque ampliamente adoptada, fue criticada por vaguedad metodológica y por, llevada al extremo, fragmentar el sujeto político hasta inviabilizar la acción común. Y Chandra Mohanty, en Bajo los ojos de Occidente (1984), acusó al feminismo occidental de tratar a la “mujer del Tercer Mundo” como víctima homogénea, reproduciendo un gesto colonial.

La controversia interna más encendida del momento opone el feminismo llamado “crítico del género” (gender-critical) — que sostiene que la categoría “mujer” se ancla en el sexo biológico — a las corrientes postestructuralistas y trans-inclusivas, en la estela de Butler, para las cuales el género es social o discursivamente construido. El debate, intenso y políticamente cargado, muestra que ni siquiera el concepto de “mujer” es pacífico dentro del feminismo.

Críticas desde fuera (y desde los márgenes). La filósofa Martha Nussbaum — ella misma feminista — hizo en “La profesora de la parodia” (The New Republic, 1999) un ataque severo a Butler: el énfasis en la subversión simbólica y en la prosa hermética (la escritura de Butler llegó a “ganar” un concurso de mala escritura en 1998) representaría un repliegue quietista, que abandona las reformas materiales y jurídicas por las que mujeres concretas aún luchan. La filósofa Christina Hoff Sommers, en ¿Quién robó el feminismo? (1994), distinguió un “feminismo de la equidad” (igualdad de derechos, que ella respalda) de un “feminismo de género” que, a su juicio, exagera la victimización y sesga la investigación. Del feminismo radical, los críticos señalan el carácter monocausal de explicar casi todo por el patriarcado. Y, desde posiciones conservadoras, persiste la objeción de que ciertas vertientes del feminismo debilitan la familia y la complementariedad entre los sexos — tesis que la mayor parte de la literatura académica contesta, pero que forma parte del debate público.


8. Balance

Tomado como objeto de estudio, el feminismo se revela menos un bloque que una tradición internamente plural y autocrítica, en la que cada corriente es contestada por la siguiente. Sus conquistas históricas en el terreno de los derechos (educación, voto, igualdad jurídica) gozan de amplio consenso; sus tesis filosóficas más fuertes — sobre la naturaleza del género, el alcance del concepto de patriarcado o la relación entre igualdad y diferencia — siguen genuinamente en disputa, incluso entre feministas. Comprender el feminismo exige, por ello, tomar en serio tanto sus argumentos como las objeciones que suscita.


Lecturas esenciales

  • Mary Wollstonecraft, Vindicación de los derechos de la mujer (1792).
  • John Stuart Mill, La esclavitud femenina (1869).
  • Simone de Beauvoir, El segundo sexo (1949).
  • Carol Gilligan, Una voz diferente (1982).
  • Judith Butler, El género en disputa (1990).
  • Martha Nussbaum, “The Professor of Parody” (1999) — crítica influyente a Butler.
  • Christina Hoff Sommers, ¿Quién robó el feminismo? (1994) — crítica del “feminismo de género”.

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