Has hecho una promesa que no puedes cumplir sin causar daño a terceros. ¿Debes mantenerla o romperla para evitar el mal? Un juez sabe que condenar a un inocente calmará a una multitud que, de lo contrario, provocará disturbios y matará a veinte personas. ¿Debe sacrificar al inocente? No hay respuesta sencilla — y es precisamente esa incomodidad la que revela por qué la filosofía moral necesita teorías. Hay tres grandes familias de respuesta a la pregunta “¿qué hace que una acción sea moralmente correcta?”: el consecuencialismo, que mira los resultados; la deontología, que mira los deberes y las reglas; y la ética de la virtud, que mira el carácter del agente. Comprender cómo piensa cada una, dónde acierta y dónde tropieza es el mapa mínimo para cualquier debate ético serio.
1. El mapa de la ética: normativa, metaética y ética aplicada
Antes de entrar en las teorías, conviene distinguir tres niveles de investigación ética.
La metaética pregunta sobre la naturaleza de los enunciados morales: ¿“bueno” y “malo” refieren hechos objetivos, estados emocionales o convenciones sociales? Esta es la cuestión del realismo moral, del emotivismo y del constructivismo — un nivel de análisis previo a cualquier teoría sustantiva.
La ética normativa (nuestro tema) pregunta: ¿qué principios o criterios deben guiar la acción? Presupone que es posible articular qué cuenta como acción correcta, vida buena o carácter virtuoso.
La ética aplicada desciende al terreno concreto: ¿cómo se aplica la teoría normativa a la bioética, la ética ambiental, la ética animal, la inteligencia artificial? Ninguna de estas preguntas puede responderse adecuadamente sin pasar antes por la ética normativa.
2. Consecuencialismo: el valor está en los resultados
2.1 La lógica básica
El consecuencialismo sostiene que el valor moral de una acción está enteramente determinado por sus consecuencias. Ninguna acción es buena o mala en sí misma; lo que importa es lo que produce. La versión más célebre e influyente es el utilitarismo, iniciado por Jeremy Bentham en Introducción a los principios de la moral y de la legislación (1789): la acción correcta es la que maximiza la utilidad — entendida como placer y ausencia de dolor — para el mayor número de afectados.
John Stuart Mill refinó la teoría en El utilitarismo (1863), distinguiendo los placeres cualitativamente superiores (intelectuales, morales) de los meramente corporales, y protegiendo la libertad individual mediante el principio del daño: la coacción solo se justifica para evitar un daño a terceros. Henry Sidgwick, en Los métodos de la ética (1874), ofreció la formulación más sistemática, exponiendo el “dualismo de la razón práctica”: la tensión irresuelta entre el interés propio y la maximización del bienestar agregado.
En el siglo XX, Peter Singer extendió el consecuencialismo más allá de los humanos: en Liberación animal (1975) y Ética práctica (1979) argumenta que todos los seres capaces de sentir placer y dolor tienen intereses moralmente relevantes — lo que implica obligaciones severas respecto al consumo de carne y la pobreza global. Para el artículo dedicado al utilitarismo, véase Utilitarismo: de Bentham a Singer.
2.2 Utilitarismo del acto y de la regla
Una distinción importante dentro del consecuencialismo: el utilitarismo del acto evalúa cada acción individualmente, calculando qué opción maximiza el bienestar en ese caso específico. El utilitarismo de la regla evalúa las acciones según se ajusten a reglas cuya adopción general maximizaría el bienestar. Esta segunda versión intenta sortear algunas objeciones (como la obligación de traicionar a amigos si ello aumenta ligeramente la utilidad total), pero paga el precio de introducir una rigidez de reglas que puede parecer contradictoria con el espíritu consecuencialista original.
2.3 Objeciones al consecuencialismo
Las críticas son sustanciales y bien articuladas.
El consecuencialismo exige demasiado. Si toda acción debe maximizar el bienestar total, gastar dinero en bienes de lujo es siempre moralmente incorrecto mientras haya alguien pasando hambre. El nivel de exigencia parece incompatible con cualquier vida humana razonable.
Puede justificar lo injustificable. El caso clásico: si sacrificar a un inocente salvará diez vidas, el utilitarismo del acto parece exigirlo. John Rawls formuló la objeción estructural: el utilitarismo “no toma en serio la distinción entre las personas” — trata la suma de bienestar como si fuera una única utilidad colectiva, olvidando que los sufrimientos no son transferibles entre individuos.
El caso de Jim y los indios (Bernard Williams). Bernard Williams, en Utilitarismo: a favor y en contra (1973, con J. J. C. Smart), presenta un experimento mental: Jim llega a una aldea sudamericana donde un capitán está a punto de ejecutar a veinte personas inocentes; el capitán le ofrece la posibilidad de que él mismo mate a una para que las otras diecinueve sean liberadas. El utilitarismo parece exigir que Jim dispare. Williams argumenta que aceptarlo supone renunciar a la integridad — a la coherencia entre las acciones de alguien y sus compromisos más profundos — y que esa pérdida no puede compensarse con ningún cálculo.
El problema de la ignorancia y la previsión. Calcular las consecuencias totales de una acción es con frecuencia imposible: las cadenas causales son complejas, los efectos a largo plazo imprevisibles, y los errores de previsión pueden hacer del “cálculo utilitario” una ficción.
3. Deontología: deberes, reglas y derechos
3.1 Kant y el imperativo categórico
La deontología (del griego deon, deber) sostiene que ciertas acciones son intrínsecamente correctas o incorrectas, independientemente de las consecuencias que produzcan. Su versión filosófica más rigurosa es la de Immanuel Kant, desarrollada principalmente en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785) y la Crítica de la razón práctica (1788).
Para Kant, lo que hace moralmente buena una acción no es que produzca felicidad ni que satisfaga un impulso, sino que esté motivada por el deber y orientada por la razón pura. La razón nos proporciona el imperativo categórico — un mandato incondicional que no depende de ninguna inclinación ni objetivo particular. Kant lo formuló de varias maneras; las dos más citadas son: (1) Fórmula de la universalidad: “Obra solo según aquella máxima que puedas querer que se convierta, al mismo tiempo, en ley universal”; (2) Fórmula de la humanidad: “Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como fin y nunca meramente como medio”.
La segunda fórmula es especialmente poderosa: prohíbe usar a las personas como instrumentos para fines ajenos a su propia dignidad. De ahí que mentir para salvar a alguien — tema que el propio Kant trató de forma controvertida — resulte problemático en la perspectiva kantiana, donde la prohibición de mentir tiende a tratarse como prácticamente absoluta. Para el artículo dedicado a la ética kantiana, véase Kant: ética, imperativo categórico y deber.
3.2 W. D. Ross y los deberes prima facie
El rigorismo de Kant — la idea de que los deberes morales son absolutamente incondicionales — encontró resistencia. W. D. Ross, en Lo correcto y lo bueno (The Right and the Good, 1930), propuso una alternativa más flexible: los deberes prima facie (a primera vista). Son deberes como fidelidad (cumplir promesas), reparación (corregir daños causados), gratitud, beneficencia, no maleficencia, justicia y automejora. Ninguno es absoluto; cada uno puede ser superado por otro en circunstancias particulares. Cuando dos deberes entran en conflicto, debemos identificar cuál tiene mayor peso prima facie en ese caso — un ejercicio que exige juicio, no mero cálculo.
Ross rechaza el monismo del utilitarismo (que reduce todo al único principio de la utilidad) sin caer en el monismo rigorista kantiano. Su posición es pluralista: hay múltiples principios morales irreductibles entre sí.
3.3 El contractualismo de Scanlon
Una variante contemporánea importante es el contractualismo de T. M. Scanlon, en Lo que nos debemos unos a otros (What We Owe to Each Other, 1998). Para Scanlon, una acción es incorrecta si viola principios que ningún individuo podría razonablemente rechazar como base de un acuerdo general. La unidad moral no es la utilidad agregada, sino la justificabilidad interpersonal: ¿qué puedo decirle a cada persona afectada por mi acción para justificársela? Este marco preserva la estructura deontológica (foco en lo que nos debemos mutuamente, no en el agregado de bienestar) sin apelar a deberes metafísicos abstractos.
3.4 Objeciones a la deontología
El formalismo vacío. La objeción clásica a Kant es que el imperativo categórico, en su fórmula de universalizabilidad, es demasiado formal para guiar acciones concretas. Casi cualquier máxima puede formularse de modo que pase (o fracase) en la prueba, dependiendo de cómo se describa.
Los conflictos de deberes. Cuando dos deberes prima facie entran en conflicto (cumplir una promesa frente a evitar un grave daño), la teoría de Ross dice que hay que ejercer el juicio — pero esto parece dejar la decisión moral en el aire, sin un criterio determinado.
El rigorismo y lo absurdo. La posición kantiana sobre la mentira fue criticada ampliamente — el propio Kant, en Sobre un supuesto derecho de mentir por amor a la humanidad (1797), sostuvo que mentir no está permitido nunca, ni siquiera para salvar a un inocente perseguido. Muchos consideran esta conclusión moralmente inaceptable.
4. Ética de la virtud: el carácter importa
4.1 Aristóteles y la eudaimonía
La ética de la virtud es la más antigua de las tres tradiciones; sus raíces están en Aristóteles y su Ética a Nicómaco. Mientras el consecuencialismo pregunta “¿qué consecuencias producirá esta acción?” y la deontología pregunta “¿está esta acción conforme al deber?”, la ética de la virtud pregunta: "¿qué tipo de persona debo ser?" y, a continuación, “¿cómo actuaría una persona virtuosa en esta situación?”.
Para Aristóteles, el fin último de la vida humana es la eudaimonía — habitualmente traducida como “felicidad” o “florecimiento” —, que no es un estado emocional pasajero sino la realización de las capacidades específicamente humanas. Alcanzarla requiere el desarrollo de las virtudes (aretai): excelencias del carácter como el valor, la templanza, la justicia y — sobre todo — la prudencia (phrónesis: el saber práctico que orienta la acción en el caso concreto). Las virtudes no son reglas a seguir sino disposiciones estables adquiridas por el hábito; el valor, por ejemplo, es el término medio (mesótes) entre la cobardía y la temeridad, pero el término medio varía según la persona y la situación, y solo la prudencia puede identificarlo. Para un tratamiento detallado, véase Aristóteles: eudaimonía, virtud y el justo medio.
4.2 El renacimiento contemporáneo: Anscombe, Foot, MacIntyre
En el siglo XX, la ética de la virtud fue revitalizada por una serie de filósofos anglosajones. El artículo seminal es de Elizabeth Anscombe, “Modern Moral Philosophy” (1958, publicado en la revista Philosophy): Anscombe argumenta que los conceptos de “obligación moral” y “deber moral” — centrales al kantismo y al utilitarismo — son vestigios de un marco teológico (la ley divina) que fue abandonado; sin ese encuadre, pierden sentido. Propone retornar a la psicología aristotélica y al concepto de florecimiento humano (flourishing) como base de la ética.
Philippa Foot desarrolló una ética de la virtud naturalista, que culmina en Bondad natural (Natural Goodness, 2001): el bien para los humanos está determinado por la naturaleza de la especie, del mismo modo que el bien para un roble está determinado por la naturaleza del roble; las virtudes son los rasgos que permiten al ser humano funcionar bien en cuanto ser humano.
Alasdair MacIntyre, en Tras la virtud (After Virtue, 1981), diagnosticó la filosofía moral moderna como resultado de una “catástrofe”: la Ilustración intentó fundar la ética sin la teleología aristotélica (la idea de que los humanos tienen una naturaleza y un fin) y fracasó. Las teorías modernas — kantismo, utilitarismo — son fragmentos incoherentes de un sistema destruido. La salida es retornar a la tradición aristotélica de las virtudes, entendida dentro de prácticas sociales y narrativas de vida.
Rosalind Hursthouse, en Sobre la ética de la virtud (On Virtue Ethics, 1999), ofreció la formulación sistemática más cuidadosa de la ética de la virtud contemporánea, respondiendo a las objeciones de circularidad e indeterminación práctica.
4.3 Objeciones a la ética de la virtud
La circularidad. “Actúa como lo haría el virtuoso” — pero ¿quién es virtuoso? Si definimos al virtuoso como quien actúa correctamente, y lo correcto como lo que haría el virtuoso, giramos en círculo. Hursthouse responde que la ética de la virtud no es más circular que cualquier otra: parte de intuiciones y las refina progresivamente.
La indeterminación práctica. En casos difíciles, la ética de la virtud frecuentemente no ofrece una respuesta determinada: dice que hay que ejercer la prudencia, pero la prudencia presupone exactamente el saber que está en cuestión.
El relativismo cultural. Las virtudes varían entre culturas: lo que es valor para un guerrero vikingo difiere de lo que es valor para un diplomático contemporáneo. Esto amenaza con hacer la ética relativa al contexto cultural, perdiendo la universalidad normativa que se espera de una teoría moral.
5. Objeciones cruzadas y casos ilustradores
Los tres casos siguientes revelan con claridad cómo cada teoría responde de manera distinta ante la misma situación.
El problema del tranvía. El caso del tranvía descontrolado fue introducido por Philippa Foot y desarrollado por Judith Jarvis Thomson. Versión básica: un tranvía está a punto de matar a cinco personas; puedes accionar una palanca que lo desvíe, matando a una sola. El consecuencialista parece obligado a accionar la palanca (cinco vidas valen más que una). El deontólogo invoca el principio del doble efecto y la prohibición de usar a alguien como medio — pero ¿accionar la palanca es usar a la persona que está en la vía alternativa como medio? La ética de la virtud pregunta: ¿qué haría una persona de buen carácter, genuinamente preocupada por todos los involucrados? La ausencia de consenso entre las teorías es precisamente lo que el caso fue diseñado para exponer.
La promesa. Has prometido encontrarte con un amigo, pero por el camino te encuentras con un desconocido gravemente herido que necesita ayuda inmediata. El deontólogo (Ross) diría que el deber de no maleficencia (no dejar morir a alguien) supera prima facie al deber de fidelidad (cumplir la promesa). El consecuencialista calcularía utilidades y llegaría a la misma conclusión, pero por razones distintas. El ético de la virtud preguntaría: ¿qué haría aquí una persona honrada y compasiva?
La mentira benevolente. Escondiste a un inocente perseguido y el asesino llama a tu puerta preguntando dónde está. Kant (al menos en su posición más conocida) prohíbe la mentira incluso aquí. El utilitarismo la permite y hasta la exige. La ética de la virtud sostiene que una persona de buen carácter — compasiva, leal, valiente — mentiría sin dudar, y que eso es lo que la virtud exige en ese caso.
6. Convergencias: escalando la misma montaña
Derek Parfit, en On What Matters (2011), defendió lo que llamó la “Teoría Triple” (Triple Theory): las tres teorías normativas, formuladas en sus mejores versiones, convergen en las mismas conclusiones en la mayoría de los casos, aunque escalen la misma montaña por laderas distintas. El consecuencialismo de reglas (en la formulación de Parfit), la deontología kantiana y el contractualismo de Scanlon llegan a la misma cima — un conjunto central compartido de juicios morales.
El particularismo moral de Jonathan Dancy (Moral Reasons, 1993) va más lejos: rechaza que existan principios generales válidos en todos los casos. Lo que hace que una consideración sea una razón en un caso puede dejar de serlo — o incluso convertirse en una razón contraria — en otro. Esto no es relativismo: los hechos morales existen; simplemente no se dejan capturar por principios universales. El particularismo desafía a las tres teorías al mismo tiempo, pero también puede leerse como complementario: en casos ordinarios, los principios generales funcionan bien; en casos extremos, el juicio caso a caso propio de la prudencia aristotélica es indispensable.
Otra convergencia relevante está en la distinción rawlsiana entre lo justo y lo bueno: para John Rawls, una teoría de la justicia (de estructura deontológica) es compatible con diversas concepciones de vida buena (que pueden ser consecuencialistas o aristotélicas). Las teorías normativas no son necesariamente rivales en todos los ámbitos — la deontología puede gobernar las estructuras de fondo de la justicia mientras la ética de la virtud rige las relaciones personales y la ética consecuencialista orienta las políticas públicas.
7. Balance: tres lentes para una realidad compleja
Ninguna de las tres grandes teorías normativas ha sobrevivido intacta a dos siglos y medio de crítica filosófica — y eso es una señal de salud, no de fracaso. El consecuencialismo captura la verdad obvia de que las consecuencias importan moralmente: una ética que ignorara el sufrimiento y el bienestar sería moralmente ciega. La deontología captura la verdad de que hay límites que no pueden cruzarse ni siquiera en nombre de buenos resultados: las personas no pueden tratarse como meros instrumentos, y ciertos derechos funcionan como “triunfos” (la imagen es de Ronald Dworkin) frente al cálculo agregativo. La ética de la virtud captura la verdad de que la moral no es solo una serie de decisiones aisladas, sino la formación continua de un carácter — de una segunda naturaleza — capaz de percibir lo moralmente relevante en cada situación y actuar desde ahí.
La teoría moral más robusta probablemente necesitará los tres recursos. Los casos simples son bien manejados por cualquiera de las teorías; los casos difíciles exigen que las tres dialoguen — y que el agente moral desarrolle precisamente la prudencia aristotélica para saber qué peso dar a cada consideración en el momento oportuno.
Lecturas esenciales
- Aristóteles. Ética a Nicómaco. Trad. Tomás Calvo Martínez. Madrid: Alianza Editorial, 2001.
- Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Trad. José Mardomingo. Barcelona: Ariel, 1996.
- Mill, John Stuart. El utilitarismo. Trad. Esperanza Guisán. Madrid: Alianza Editorial, 1984.
- Ross, W. D. Lo correcto y lo bueno. Trad. Laura Rodríguez Pérez. Salamanca: Sígueme, 1994.
- Anscombe, G. E. M. “Modern Moral Philosophy.” Philosophy, vol. 33, n.º 124, 1958, pp. 1–19.
- MacIntyre, Alasdair. Tras la virtud. Trad. Amelia Valcárcel. Barcelona: Crítica, 1987.
- Foot, Philippa. Bondad natural. Trad. Ernesto Feria Díaz. Barcelona: Paidós, 2002.
- Hursthouse, Rosalind. On Virtue Ethics. Oxford: Oxford University Press, 1999.
- Parfit, Derek. On What Matters. 2 vols. Oxford: Oxford University Press, 2011.
- Scanlon, T. M. What We Owe to Each Other. Cambridge: Harvard University Press, 1998.
- Williams, Bernard; Smart, J. J. C. Utilitarianism: For and Against. Cambridge: Cambridge University Press, 1973.
- Dancy, Jonathan. Moral Reasons. Oxford: Blackwell, 1993.
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