Durante cerca de dos décadas — de los años 1950 al inicio de los 1970 —, una sola idea reorganizó las ciencias humanas francesas y, por extensión, buena parte del pensamiento occidental: la idea de que los fenómenos humanos más diversos (la lengua, el parentesco, los mitos, la moda, el inconsciente, la ideología) deben comprenderse como sistemas de relaciones — como estructuras — y no como colecciones de cosas aisladas, ni como productos de una conciencia individual. Eso fue el estructuralismo: menos una doctrina unificada que un método y un clima intelectual, exportado de la lingüística a la antropología, la crítica literaria, el psicoanálisis y el marxismo. Este artículo sigue ese recorrido, de Saussure a sus herederos, hasta el giro postestructuralista que lo llevó al límite.


1. La intuición central: el sistema antes que el elemento

El gesto fundador del estructuralismo es una inversión. El sentido común supone que primero existen las cosas, y luego las relaciones entre ellas. El estructuralismo afirma lo contrario: un elemento no tiene identidad fuera de la red de diferencias en que se inserta. Un peón de ajedrez no es el trozo de madera, sino el conjunto de movimientos que las reglas le permiten; cambiado por una moneda, sigue siendo el mismo peón, mientras se mantenga su valor en el sistema. El sentido no está en los términos, sino en las relaciones y oposiciones entre ellos.

De ahí tres compromisos típicos. Primero, la primacía de la sincronía: para entender un sistema, se describe su estado de funcionamiento, no su historia. Segundo, la primacía del inconsciente estructural: las estructuras operan sin que los sujetos las conozcan — quien habla no necesita saber gramática. Tercero, un antihumanismo metodológico: el sujeto no es el origen del sentido, sino un efecto de las estructuras que lo atraviesan. Esta última tesis sería la más explosiva.


2. Saussure y el modelo lingüístico

La fuente de todo es el Curso de Lingüística General (1916), del suizo Ferdinand de Saussure — texto, conviene recordar, reconstruido por sus alumnos tras su muerte. Saussure distingue la langue (el sistema social y virtual de la lengua) de la parole (el acto individual de habla) y propone que la lingüística estudie la primera. El signo une un significante (la imagen acústica) a un significado (el concepto), y esa unión es arbitraria: nada liga naturalmente la secuencia sonora al sentido.

La consecuencia decisiva es la teoría del valor: el sentido de un signo no es una sustancia positiva, sino que resulta de su diferencia respecto de los demás. “En la lengua”, dice el Curso, “no hay más que diferencias, sin términos positivos.” Ese principio — el sentido como efecto de diferencias dentro de un sistema — es el corazón que el estructuralismo trasplantaría a todos los campos. Saussure vislumbró además una ciencia general de los signos en la vida social: la semiología.


3. Lévi-Strauss y la antropología estructural

Quien convirtió el modelo lingüístico en un programa para las ciencias humanas fue el antropólogo Claude Lévi-Strauss. En Nueva York, durante la Segunda Guerra, conoció al lingüista Roman Jakobson y, con él, la fonología del Círculo de Praga: la idea de que los sonidos de una lengua no significan por sí, sino por oposiciones distintivas (sordo/sonoro, por ejemplo).

Lévi-Strauss aplicó ese principio a la cultura. En Las Estructuras Elementales del Parentesco (1949), trató las reglas de matrimonio y la prohibición del incesto como un sistema de intercambios que articula el paso de la naturaleza a la cultura. En su análisis de los mitos (los cuatro volúmenes de las Mitológicas, 1964–1971), mostró que narraciones de pueblos lejanos comparten las mismas estructuras profundas de oposiciones binarias (crudo/cocido, alto/bajo, vida/muerte), de las que el mito es un intento de mediación. Y en El Pensamiento Salvaje (1962) sostuvo que el pensamiento llamado “primitivo” no es prelógico: es una ciencia de lo concreto, un bricolaje tan riguroso como el nuestro. Su conclusión más radical: tras la diversidad de las culturas operan las estructuras universales e inconscientes del espíritu humano.


4. Barthes y la semiología de la cultura

Roland Barthes realizó el proyecto semiológico de Saussure en el terreno de la cultura cotidiana. En Mitologías (1957), leyó el catch, el bistec con patatas, los coches y las portadas de revista como signos que producen sentido ideológico. Su concepto clave es el del mito como sistema semiológico segundo: el mito toma un signo ya hecho y lo sobrecarga con una connotación que se hace pasar por natural. La función del mito burgués es “transformar la historia en naturaleza” — hacer parecer eterno y obvio lo que es histórico y construido.

Más tarde, con S/Z (1970) y el ensayo “La Muerte del Autor” (1967/68), Barthes empieza a forzar los límites del estructuralismo: el texto deja de ser una estructura cerrada que descifrar y se vuelve un tejido abierto y plural, cuyo sentido el lector produce. Es el puente hacia el postestructuralismo.


5. Lacan y el inconsciente estructurado como lenguaje

En el psicoanálisis, Jacques Lacan propuso un “retorno a Freud” mediado por Saussure y Jakobson. Su tesis célebre — “el inconsciente está estructurado como un lenguaje” — relee los mecanismos freudianos del sueño: la condensación se vuelve metáfora; el desplazamiento, metonimia. El sujeto no es dueño de sí, sino que es “hablado” por el orden simbólico: lo que Lacan llama el gran Otro, el tesoro de los significantes y de la ley. Invirtiendo a Saussure, afirma la primacía del significante, que se desliza sobre el significado sin fijarlo nunca del todo. El yo, nacido de la identificación alienante del estadio del espejo, está dividido desde el origen. El estructuralismo, aquí, disuelve la ilusión de un sujeto transparente a sí mismo.


6. Althusser y el marxismo estructural

Louis Althusser llevó el método al marxismo. Contra las lecturas humanistas, propuso leer El Capital como la ciencia de una estructura — el modo de producción como un todo articulado de instancias (económica, política, ideológica). De ahí dos tesis estructuralistas radicales: la historia es un “proceso sin sujeto” (no es el Hombre quien la hace, sino las relaciones sociales), y la ideología funciona por interpelación, “reclutando” a los individuos como sujetos sin que lo perciban. El sujeto, una vez más, aparece como efecto de la estructura, no como su origen.


7. Foucault y la “muerte del hombre”

La obra del joven Michel Foucault se asocia con frecuencia al estructuralismo — etiqueta que él rechazaba. En Las Palabras y las Cosas (1966), describió las epistemes, los sistemas de reglas inconscientes que ordenan el saber de cada época, y cerró el libro con una imagen que se hizo célebre: el “hombre” como invención reciente del saber, a punto de “borrarse, como en la orilla del mar un rostro dibujado en la arena”. Aun rechazando la etiqueta, Foucault compartía el gesto antihumanista que une a la generación: de Lévi-Strauss a Barthes, de Lacan a Althusser, se anuncia la descentralización del sujeto.


8. El hilo común: el antihumanismo

¿Qué une a autores tan diversos? Una convicción compartida de que el sujeto soberano de la tradición moderna — el cogito cartesiano, la conciencia fenomenológica, el hombre de los humanismos — no es el fundamento, sino un producto. Bajo la conciencia está la lengua; bajo la voluntad, la estructura del parentesco; bajo el yo, el significante; bajo la libertad, la interpelación ideológica. “La meta de las ciencias humanas”, escribió Lévi-Strauss en una formulación provocadora, “no es constituir al hombre, sino disolverlo.” El estructuralismo es, en este sentido, el gran adversario del existencialismo de Sartre, que hacía de la libertad del sujeto su punto de partida.


9. La crítica postestructuralista

El estructuralismo contenía la semilla de su propia superación. En la célebre conferencia de 1966 en la Universidad Johns Hopkins, Jacques Derrida presentó “La Estructura, el Signo y el Juego”, argumentando que toda estructura supone un “centro” que escapa al juego de las diferencias — y que esa exigencia de un punto fijo es el último residuo de la “metafísica de la presencia”. Radicalizando el principio diferencial de Saussure, Derrida acuña la différance: si el sentido nace de diferencias, entonces nunca se fija, está siempre diferido, y ninguna estructura cerrada es posible. Nace el postestructuralismo.

Al mismo tiempo, la historia pasaba factura. En mayo de 1968, con las calles de París tomadas, una pintada célebre habría burlado: “las estructuras no salen a la calle”. La objeción era política y filosófica: un pensamiento que disolvía al sujeto y congelaba la sincronía tendría dificultad para pensar la acción, la historia y el cambio. Los herederos — Derrida, el Foucault tardío de la genealogía, Gilles Deleuze, Julia Kristeva — mantendrían la desconfianza ante el sujeto soberano, pero devolverían al pensamiento el movimiento, el poder, el deseo y el acontecimiento.


10. Legado

Aunque dejó de ser una vanguardia, el estructuralismo transformó para siempre las humanidades. Legó la semiótica y el análisis del discurso; la idea de que la cultura es un sistema de signos legible; la sospecha ante las evidencias “naturales”; y una atención rigurosa a la forma y a las relaciones. Los estudios culturales, la teoría literaria, la antropología, la teoría del cine y la crítica de la ideología aún trabajan con herramientas forjadas en ese taller. Incluso el postestructuralismo, que lo criticó, solo es inteligible como su prolongación. Comprender el estructuralismo es, por tanto, comprender la gramática común de buena parte del pensamiento contemporáneo.


Lecturas esenciales

  • Ferdinand de Saussure, Curso de Lingüística General (1916).
  • Claude Lévi-Strauss, Antropología Estructural (1958) y El Pensamiento Salvaje (1962).
  • Roland Barthes, Mitologías (1957).
  • Jacques Lacan, Escritos (1966).
  • Louis Althusser, La Revolución Teórica de Marx (Pour Marx, 1965).
  • François Dosse, Historia del Estructuralismo (2 vols., 1991–92) — la gran historia crítica del movimiento.

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