¿Podemos conocer algo? El escepticismo es la corriente que toma en serio esa pregunta — y, en sus versiones más radicales, responde que no, o al menos que no tenemos cómo saberlo. Más que una actitud de duda casual, es una posición (y, en la Antigüedad, un modo de vida) que se convirtió en el gran motor de la epistemología: buena parte de las teorías del conocimiento nació del intento de responder al desafío escéptico. Este artículo recorre sus formas antiguas y modernas y las principales respuestas que recibió.


1. El escepticismo antiguo: pirronismo

La tradición escéptica más influyente se remonta a Pirrón de Elis (c. 360–270 a.C.), que no dejó escritos y nos llega sobre todo por Sexto Empírico (siglos II–III d.C.), cuyas Hipotiposis pirrónicas sistematizan la escuela. El pirronismo no afirma dogmáticamente que “nada puede conocerse” — eso ya sería un dogma. Opera por modos (o tropos): para cada tesis se exhibe una tesis opuesta de igual fuerza, y de esa equipolencia resulta la epojé, la suspensión del juicio.

Los tropos de Agripa condensan la estrategia en lo que se conoció como el trilema de Agripa (o de Münchhausen): todo intento de justificar una creencia termina o en regreso al infinito (cada razón exige otra razón), o en circularidad (la prueba presupone lo que debía probar), o en una hipótesis arbitraria (se interrumpe la cadena en un punto no justificado). El objetivo práctico, sin embargo, no es la desesperación: al suspender el juicio sobre lo que no es evidente, el escéptico alcanzaría la ataraxia, la tranquilidad del alma. Véase también el artículo sobre la epojé.

Paralelamente, la Nueva Academia de Arcesilao y Carnéades desarrolló un escepticismo “académico” dirigido contra los estoicos: negaba que existiera la “impresión cataléptica” (una percepción autocertificante, garantía de verdad) y proponía guiarse por lo probable (pithanón), ya que la certeza es inalcanzable.


2. La retomada moderna: Montaigne y Descartes

Redescubierto en el Renacimiento, el escepticismo reaparece en Montaigne (“Que sais-je?” — “¿Qué sé yo?”), que lo usa como antídoto contra la arrogancia dogmática (véase el artículo sobre el escepticismo de Montaigne). Pero es Descartes quien le da su forma moderna decisiva — no para rendirse a él, sino para vencerlo. En sus Meditaciones (1641), somete todo a la duda metódica: los sentidos engañan; quizá esté soñando; y, en el límite, un genio maligno podría falsificar hasta mis certezas matemáticas. De ese escepticismo hiperbólico Descartes extrae, sin embargo, un punto inquebrantable: aun engañado, pienso — luego, existo. El cogito se vuelve el fundamento sobre el cual pretende reconstruir el saber (véase el cogito). Descartes no es, pues, un escéptico: es el filósofo que usa la duda como método.


3. Hume y el escepticismo mitigado

El desafío escéptico gana su versión más aguda con David Hume. Dos puntos son decisivos. Primero, el problema de la inducción: no hay justificación racional para esperar que el futuro se parezca al pasado — solo el hábito nos hace prever que el sol saldrá mañana. Segundo, la causalidad: nunca percibimos una “conexión necesaria” entre causa y efecto, solo la conjunción constante de eventos; la necesidad que les atribuimos es proyección de la costumbre, no dato de la razón (véase el artículo sobre Hume).

Hume extiende la duda al mundo exterior y al propio yo. Pero observa que la duda radical es insostenible en la práctica: la naturaleza, mediante la costumbre y el sentimiento, nos arranca de ella en cuanto dejamos el gabinete. De ahí su escepticismo mitigado: aceptamos, para vivir, lo que no podemos probar — una humildad epistémica, no la parálisis.


4. El argumento escéptico moderno: el cerebro en una cubeta

La epistemología contemporánea reformula el desafío con un experimento mental: ¿y si yo fuera un cerebro en una cubeta, estimulado por una computadora para tener exactamente las experiencias que tengo ahora? (Es la versión filosófica del escenario de Matrix, heredera del genio maligno cartesiano.) El argumento tiene fuerza lógica: no puedo descartar esa hipótesis; y si no puedo descartarla, entonces — por el principio de clausura (si sé que p y que p implica q, sé que q) — no sé siquiera que tengo manos. El escepticismo global se levanta sobre esa imposibilidad de excluir el escenario engañador.


5. Las respuestas

La filosofía ofreció varias salidas:

  • El sentido común de Moore. G. E. Moore, en “Prueba del mundo exterior” (1939), levantó la mano y dijo: “aquí hay una mano”. Su punto es estratégico: la certeza de que tengo manos es más fuerte que la de cualquier premisa escéptica; por tanto, es más razonable rechazar la premisa que negar lo obvio.
  • El anti-escepticismo semántico de Putnam. Hilary Putnam argumentó, en Razón, verdad e historia (1981), que la hipótesis del cerebro en una cubeta es autorrefutadora: si yo hubiera sido siempre un cerebro en una cubeta, mi palabra “cubeta” no podría referirse a cubetas reales (nunca tuve contacto causal con ellas); luego, la frase “soy un cerebro en una cubeta” sería falsa si la profiriera un cerebro en una cubeta.
  • El contextualismo. Keith DeRose y David Lewis sostienen que “saber” es sensible al contexto: en las conversaciones comunes, los estándares de conocimiento son bajos y yo que tengo manos; cuando el escéptico eleva los estándares, la palabra cambia de exigencia. No hay contradicción — hay cambio de contexto.
  • El externalismo/fiabilismo. Si conocer es tener una creencia verdadera producida por un proceso fiable, entonces no necesito descartar todos los escenarios engañadores para saber: basta con que mi mecanismo cognitivo sea, de hecho, fiable.
  • Los “goznes” de Wittgenstein. En Sobre la certeza (1969), Wittgenstein sugiere que ciertas certezas (“el mundo existe desde hace mucho tiempo”, “tengo un cuerpo”) no son conocimientos que se justifican, sino los goznes sobre los cuales gira la propia duda: dudar de todo es imposible, porque la duda presupone un trasfondo que no se cuestiona.

6. Escepticismos locales

Además del escepticismo global (sobre todo el conocimiento), hay escepticismos locales, restringidos a un dominio: sobre el mundo exterior, sobre las otras mentes (¿cómo sé que los demás tienen experiencias?), sobre la inducción, sobre los valores morales o sobre la religión. Incluso quien rechaza el escepticismo global suele tomar en serio alguno de esos desafíos puntuales — y el problema de Gettier muestra que hasta la definición de conocimiento permanece abierta.


7. Balance

El escepticismo rara vez es “refutado” de modo definitivo; es, más bien, el adversario permanente que obliga a toda teoría del conocimiento a justificarse. Conviene distinguir sus formas: el pirronista antiguo buscaba la tranquilidad suspendiendo el juicio, mientras que el escéptico moderno formula un problema teórico sobre los límites del saber. Quizá la lección más duradera sea la de Hume: podemos no disponer de una refutación cabal de la duda radical, pero la vida — y la ciencia — siguen adelante, guiadas por un conocimiento falible, revisable y, aun así, suficiente para actuar. La pregunta “¿qué podemos saber?” permanece abierta — y es precisamente por eso que sigue en el centro de la filosofía.


Lecturas esenciales

  • Sexto Empírico, Hipotiposis pirrónicas (siglos II–III).
  • René Descartes, Meditaciones metafísicas (1641).
  • David Hume, Investigación sobre el entendimiento humano (1748).
  • G. E. Moore, “Prueba del mundo exterior” (1939).
  • Ludwig Wittgenstein, Sobre la certeza (1969).
  • Hilary Putnam, Razón, verdad e historia (1981) — el argumento del cerebro en una cubeta.

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