En 1688, el científico y filósofo irlandés William Molyneux escribió a John Locke para plantearle un enigma de apariencia sencilla. Imaginemos a un hombre ciego de nacimiento que ha aprendido a distinguir, solo con el tacto, un cubo de una esfera del mismo metal y tamaño. Si de pronto recuperara la vista, ¿podría decir cuál es cuál sin tocarlos? Locke incorporó la pregunta a su Ensayo, y George Berkeley la retomó en su teoría de la visión. En ella se condensa el centro de la disputa empirista: ¿qué nos da exactamente la experiencia, y qué suponemos que nos da? Este artículo recorre las respuestas de Locke y de Berkeley, dos de los tres nombres que los manuales agrupan bajo la etiqueta de «empirismo británico» (el tercero, David Hume, cuenta con un artículo propio).

Conviene una advertencia de método. La tríada Locke–Berkeley–Hume es una construcción historiográfica posterior, consagrada por los manuales; los propios autores no se veían como miembros de una escuela y Berkeley, en particular, emplea principios empiristas para llegar a una conclusión metafísica, la inexistencia de la materia, que Locke jamás habría aceptado. La unidad de la tradición reside menos en un conjunto de tesis compartidas que en un problema común: explicar el conocimiento humano a partir de las «ideas» que la experiencia proporciona a la mente.


1. El contexto: qué significa aquí «empirismo»

El empirismo moderno no surge de la nada. Francis Bacon (1561–1626) ya había propuesto, en el Novum Organum (1620), una ciencia fundada en la observación disciplinada y en la inducción gradual (véase el artículo sobre Francis Bacon y el método empírico). Thomas Hobbes, por su parte, sostenía que todo conocimiento deriva de la sensación. Pero es con Locke cuando la pregunta epistemológica adquiere una formulación sistemática: antes de discutir qué podemos conocer, hay que examinar la capacidad del propio entendimiento.

El trasfondo es doble. Por un lado, el racionalismo continental, la doctrina cartesiana según la cual el intelecto posee ideas claras y distintas que no dependen de los sentidos (véanse Cogito, ergo sum y la Monadología de Leibniz). Por otro, la nueva ciencia corpuscular de Robert Boyle e Isaac Newton, que describía el mundo físico en términos de partículas en movimiento, imagen que Locke asimila y cuyas consecuencias filosóficas Berkeley juzgará peligrosas.


2. Locke: vida y obra

John Locke nació en Wrington, Somerset, en 1632 y murió en Oates, Essex, en 1704. Formado en Oxford, estudió medicina, frecuentó el círculo de Boyle y fue secretario y consejero de Anthony Ashley Cooper, futuro conde de Shaftesbury, lo que lo implicó en la política inglesa y lo llevó al exilio en los Países Bajos (1683–1689). De regreso a Inglaterra tras la Revolución Gloriosa, publicó en pocos meses las obras que lo consagrarían: la Carta sobre la tolerancia (1689), los Dos tratados sobre el gobierno civil (1689, con fecha de 1690 en la portada) y el Ensayo sobre el entendimiento humano, aparecido en diciembre de 1689 pero fechado en 1690. Su teoría política se trata en el artículo sobre el contrato social en Hobbes, Locke y Rousseau, y su concepción de la identidad personal en Identidad personal: Locke, Hume y Parfit. Aquí interesa el Ensayo, en cuatro libros: ideas innatas (I), ideas (II), palabras (III) y conocimiento (IV). Más información sobre el autor en el perfil de John Locke.

Locke expone el propósito de la obra: indagar el origen, la certeza y la extensión del conocimiento humano, así como los fundamentos y grados de la creencia y la opinión. El método que anuncia es descriptivo, un «método histórico sencillo» para examinar cómo la mente adquiere sus ideas, y la actitud es de modestia: reconocer los límites del entendimiento evitaría disputas inútiles.


3. La crítica de las ideas innatas (Libro I)

El Libro I del Ensayo ataca la tesis de que la mente trae desde el nacimiento principios teóricos o prácticos «impresos» en ella. Destacan tres argumentos.

El primero es el argumento del consentimiento universal. Los defensores del innatismo sostenían que ciertos principios, como «lo que es, es» o «es imposible que una misma cosa sea y no sea», son aceptados por toda la humanidad y por tanto son innatos. Locke responde que ese asentimiento no existe, pues los niños y las personas con discapacidad intelectual no conocen tales principios, y que, aun si existiera, podría explicarse de otras maneras que no sean la innatez.

El segundo es el argumento de la diversidad moral: los principios prácticos varían entre pueblos y épocas, de modo que no hay regla moral universalmente aceptada. Para ello Locke recurre a los relatos de viajeros y primeros etnógrafos de su tiempo.

El tercero es un dilema sobre la conciencia: si una idea está en la mente, la mente tiene que percibirla; decir que una idea está en la mente sin que esta la haya percibido jamás parece contradictorio.

Los blancos exactos del Libro I son objeto de debate entre los comentaristas, pues Locke rara vez nombra a sus adversarios. Lo que importa es la conclusión positiva: si no hay ideas innatas, todo el contenido de la mente debe proceder de la experiencia.

Tabula rasa: una precisión

Suele resumirse esta posición con la expresión tabula rasa («tabla rasa»). Sin embargo, la expresión no aparece literalmente en el Ensayo. Locke nos pide suponer que la mente es, «como decimos, papel en blanco» (white paper), «vacío de todo carácter», sin ideas de ninguna clase (Ensayo II.1.2). La imagen de la superficie de escritura vacía viene de Aristóteles (Acerca del alma III.4), que compara el intelecto con una tablilla en la que nada está escrito en acto, y la expresión latina circuló en la tradición escolástica. Atribuir a Locke «la tabla rasa» es correcto en cuanto a la doctrina, pero inexacto en cuanto al texto.


4. La doctrina de las ideas (Libro II)

Locke llama «idea» a todo objeto inmediato del pensamiento: «todo aquello que es objeto del entendimiento cuando un hombre piensa». Las ideas proceden de dos fuentes: la sensación, que nos da ideas de las cualidades de los cuerpos (amarillo, frío, duro), y la reflexión, la percepción de las operaciones de nuestra propia mente (percibir, dudar, creer, querer). No hay una tercera vía.

4.1 Ideas simples y complejas

Las ideas simples se reciben de manera pasiva: la mente no puede crearlas ni destruirlas. Son como los átomos del pensamiento, y cada una contiene una sola apariencia uniforme. Las ideas complejas las construye la mente a partir de las simples mediante tres operaciones: la combinación (reunir varias ideas simples en una, como la de «manzana»), la comparación (poner ideas una junto a otra y obtener así las ideas de relación) y la abstracción (separar una idea de las circunstancias que la acompañan, lo que produce ideas generales). Las ideas complejas se dividen en modos, sustancias y relaciones. Los modos (como el número, la duración, la belleza) dependen de otras cosas; las ideas de sustancia representan cosas que subsisten por sí mismas; las relaciones resultan de la comparación.

4.2 Cualidades primarias, secundarias y terciarias

En el capítulo 8 del Libro II, Locke distingue la idea (lo que está en la mente) de la cualidad (el poder que, en el cuerpo, produce la idea). Entre las cualidades separa:

  • Cualidades primarias: inseparables de los cuerpos, cualesquiera que sean los cambios que sufran: solidez, extensión, figura, movimiento o reposo y número. Nuestras ideas de ellas, afirma Locke, se asemejan a las cualidades en los cuerpos.
  • Cualidades secundarias: poderes de los cuerpos para producir en nosotros sensaciones como colores, sonidos, sabores y olores, en virtud de las cualidades primarias de sus partes diminutas e insensibles. Nuestras ideas de ellas no se asemejan a nada en los cuerpos.
  • Cualidades terciarias (terminología posterior): poderes de producir cambios en otros cuerpos, como el poder del fuego de derretir la cera.

La distinción se apoya en la física corpuscular: si el mundo está hecho de partículas con forma, tamaño y movimiento, el color y el sabor son el modo en que esas disposiciones nos afectan. Aquí están las raíces de un debate aún vivo en la filosofía de la percepción y de la mente (véase el problema mente-cuerpo).

4.3 Sustancia: «no sé qué»

La idea de sustancia es, para Locke, una de las más problemáticas. Observamos que ciertas ideas simples (color, forma, peso, solubilidad) aparecen siempre juntas y suponemos que existe algo que las sostiene. De esa «sustancia en general», sin embargo, no tenemos una idea clara: en el Ensayo, Locke dice que con la palabra «sustancia» solo significamos «una suposición incierta de no sabemos qué» (I.4.18) y, en el capítulo 23 del Libro II, compara el sustrato con el elefante que, en la fábula india, sostiene el mundo y a su vez descansa sobre una tortuga. Esto no lleva a Locke a negar la sustancia; lo lleva a afirmar que solo conocemos sus cualidades. Si ese «no sé qué» es un residuo escolástico mal digerido, y qué papel cumple en la teoría lockeana, es uno de los temas más discutidos entre los comentaristas. Para el concepto en perspectiva histórica, véase Sustancia: Aristóteles, Descartes y Spinoza.

Locke distingue además la esencia real de una cosa (la constitución interna de la que dependen sus propiedades, por lo general desconocida) de la esencia nominal (la idea compleja abstracta a la que damos un nombre y con la que clasificamos). Nuestras especies son, en gran medida, obra de nuestro entendimiento y del lenguaje.


5. Lenguaje y conocimiento (Libros III y IV)

El Libro III es un hito de la filosofía moderna del lenguaje. Para Locke, las palabras son signos sensibles de ideas: significan, en primera instancia, las ideas en la mente de quien habla, y no directamente las cosas. La tesis tiene consecuencias. La comunicación es falible, porque cada uno asocia a una misma palabra ideas algo distintas, y muchas disputas filosóficas nacen del mal uso de las palabras. El capítulo sobre el «abuso de las palabras» es una crítica a la terminología vacía de la escolástica. Los términos generales no corresponden a esencias universales existentes, sino a ideas abstractas que la mente forma.

En el Libro IV, el conocimiento se define como la percepción de la conexión y el acuerdo, o del desacuerdo y la repugnancia, entre cualesquiera de nuestras ideas (IV.1.2, en paráfrasis). Hay tres grados: el intuitivo (percepción inmediata del acuerdo entre dos ideas), el demostrativo (acuerdo percibido mediante una cadena de intuiciones) y el sensitivo (la existencia de objetos externos, de certeza inferior a la de los otros). Lo que no se alcanza por esas vías entra en el dominio de la probabilidad, donde la razón sopesa la evidencia, y de la fe, cuya autoridad, para Locke, no puede contradecir a la razón. La tesis tiene peso político: respalda la tolerancia religiosa y la crítica al «entusiasmo».


6. Berkeley: de la crítica a Locke al inmaterialismo

George Berkeley nació en 1685 en Kilkenny, Irlanda, y murió en Oxford en 1753. Clérigo anglicano, fue obispo de Cloyne desde 1734. Escribió sus obras principales siendo aún joven: el Ensayo hacia una nueva teoría de la visión (1709), el Tratado sobre los principios del conocimiento humano (1710) y los Tres diálogos entre Hilas y Filonús (1713). Más tarde publicó De Motu (1721), Alcifrón (1732), una crítica a los fundamentos del cálculo infinitesimal de Newton en El analista (1734) y Siris (1744). Para más detalles biográficos, véase el perfil de George Berkeley.

Berkeley tiene un propósito apologético explícito: combatir el escepticismo, el ateísmo y el materialismo que, a su juicio, nacían de suponer una materia existente fuera de la mente. Su paradoja es que, para defender el sentido común, debe negar lo que muchos tenían por la creencia misma del sentido común: la existencia de una sustancia material independiente.

6.1 La crítica de las ideas abstractas

La Introducción a los Principios (1710) ataca la doctrina lockeana de las ideas generales abstractas. Locke sostenía que formamos la idea general de «triángulo» abstrayendo de los triángulos particulares lo que tienen en común. Berkeley objeta que no logra formar una idea de triángulo que no sea ni rectángulo, ni equilátero, ni escaleno. Para él, una idea particular se vuelve general al funcionar como signo de todas las demás particulares de la misma clase; no existe un contenido mental abstracto. Esta tesis antiabstraccionista es la piedra de toque del resto de la obra, y Hume la considerará (en el Tratado, I.1.7) uno de los grandes descubrimientos de la república de las letras.

6.2 Esse est percipi

El argumento central de los Principios (§3) sostiene que la existencia de las cosas sensibles consiste en ser percibidas: «su esse es percipi». La fórmula latina suele condensarse en esse est percipi («ser es ser percibido»). El razonamiento es el siguiente. Los objetos inmediatos de la percepción son ideas. Una idea solo puede existir en una mente que la perciba. Por tanto, suponer que existen objetos sensibles independientes de toda mente es suponer que existen ideas que nadie percibe, lo cual es contradictorio. Para los espíritus la fórmula se complementa: el ser de un espíritu consiste en percibir (percipere) y querer. El resultado es el inmaterialismo: solo existen espíritus e ideas.

6.3 Contra las cualidades primarias

Berkeley dirige el argumento directamente contra Locke (Principios §§9–15; Primer diálogo). Si las cualidades secundarias dependen de la mente, también lo hacen las primarias: no se puede concebir extensión o figura sin algún color o tangibilidad, y la percepción del tamaño, la forma y el movimiento varía con el observador, igual que la del calor o el frío. Otra premisa central es que «una idea no puede parecerse a nada que no sea otra idea» (§8): ¿cómo podría, entonces, una idea de extensión parecerse a una extensión no percibida? Lo que queda de la materia de Locke, el sustrato material desconocido, se vuelve superfluo y, para Berkeley, ininteligible. Algunos estudiosos discuten, no obstante, cuánto debe realmente Berkeley al «no sé qué» lockeano; la narración según la cual simplemente eliminó el residuo de Locke es objeto de debate.

6.4 Dios y el orden de la naturaleza

Si todo lo que existe son ideas y espíritus, ¿qué explica el orden, la regularidad y la independencia de nuestras sensaciones respecto de nuestra voluntad? Berkeley responde que las ideas de los sentidos, que no dependen de nuestra voluntad, deben estar causadas por otro espíritu: Dios (Principios §§29–33). Las «leyes de la naturaleza» son las regularidades según las cuales Dios nos proporciona esas ideas; las «cosas reales» son las ideas de los sentidos, más vívidas y coherentes que las de la imaginación. Dios funciona también como garante de la continuidad de los objetos: cuando ningún espíritu finito percibe un árbol, este existe en la percepción divina (tema desarrollado en los Tres diálogos). En cuanto a nuestro conocimiento de los espíritus, Berkeley afirma que de ellos no tenemos idea, sino una noción, derivada de la conciencia de nuestra propia actividad.

Berkeley rechaza la acusación de escepticismo y de negar la realidad: en el Primer diálogo, Filonús insiste en que el árbol y la mesa siguen existiendo en el sentido corriente; lo que niega es solo la hipótesis filosófica de la materia. La acusación de absurdo, con todo, persistió. La anécdota de Samuel Johnson, quien según Boswell «refutó» a Berkeley pateando una piedra, ilustra el malentendido: el inmaterialista no niega la resistencia de la piedra, sino su interpretación como propiedad de una sustancia no percibida.

6.5 La teoría de la visión

En el Ensayo hacia una nueva teoría de la visión (1709), Berkeley sostiene que la distancia, el tamaño y la situación no se ven de manera inmediata, sino que se infieren por asociación con sensaciones táctiles y otros signos; la vista y el tacto tienen objetos distintos, y la conexión entre ellos se aprende, no es natural. Al final sugiere que el lenguaje visual es una forma de discurso mediante la cual Dios nos habla (§147).


7. El problema de Molyneux

El enigma de Molyneux une a los dos autores. En una carta de 1688, Molyneux planteó a Locke la pregunta del ciego que recupera la vista; la cuestión apareció en la segunda edición del Ensayo (1694, II.9.8), donde Locke coincide con la respuesta negativa: el hombre no sabría distinguir de inmediato el cubo de la esfera, porque aún no ha aprendido a asociar la apariencia visual con la experiencia táctil. Berkeley, en la Nueva teoría de la visión, también responde que no, y la respuesta se sigue de su tesis de que las ideas de la vista y del tacto son heterogéneas. Leibniz, en los Nuevos ensayos, da una respuesta distinta, afirmando que el hombre podría distinguirlos por propiedades geométricas inteligibles.

La cuestión es a la vez empírica y filosófica. Se han invocado en el debate casos de cataratas congénitas operadas, como el de William Cheselden (1728), aunque su interpretación es controvertida. Un estudio de Richard Held y colaboradores (2011) sobre personas de la India que recuperaron la vista tras una operación concluyó que, justo después de la recuperación, no lograban emparejar objetos vistos con objetos tocados, pero aprendían a hacerlo con rapidez. Este resultado suele presentarse como favorable a la respuesta negativa, aunque hay quien cuestiona las conclusiones filosóficas que se extraen de él.


8. De Berkeley a Hume

El paso a Hume es, en cierta medida, la radicalización del mismo programa. Hume parte del principio de que todas las ideas derivan de impresiones (versión más precisa del «toda idea viene de la experiencia» de Locke) y hereda de Berkeley el rechazo de las ideas abstractas. Pero extrae conclusiones que ni Locke ni Berkeley aceptarían: la idea de sustancia, material o espiritual, carece de impresión correspondiente; el «yo» no es una sustancia simple, sino un haz de percepciones; y la idea de conexión necesaria entre causa y efecto resulta del hábito. Aplicar el principio empirista a toda la metafísica produce así un escepticismo que Berkeley había procurado evitar. En una nota de la Investigación sobre el entendimiento humano (sección XII), Hume trata los argumentos de Berkeley como esencialmente escépticos, pues no producen convicción. La continuación de este camino está en el artículo sobre Hume, en el de identidad personal y en el de escepticismo, de Pirrón a Hume. El perfil de David Hume completa el cuadro.


9. Críticas y recepción

9.1 Leibniz

En los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano (escritos hacia 1704, pero publicados solo en 1765, tras la muerte de Locke y del propio Leibniz), Leibniz responde punto por punto al Ensayo. A la máxima escolástica «nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos», añade: «salvo el intelecto mismo». Para él, las verdades necesarias, como las de la matemática, no pueden derivar solo de la experiencia, que únicamente nos da casos particulares; son virtualmente innatas, como las vetas del mármol.

9.2 Thomas Reid y la filosofía del sentido común

Thomas Reid (1710–1796), en Investigación sobre la mente humana según los principios del sentido común (1764) y en los Ensayos sobre las facultades intelectuales del hombre (1785), atribuye el escepticismo de Hume a la «teoría de las ideas» o «sistema ideal», que Descartes, Locke y Berkeley habrían compartido: la tesis de que percibimos solo ideas, no los objetos mismos. Reid propone un realismo directo en el que la percepción nos pone en contacto inmediato con las cosas, y apela a principios de sentido común que no necesitan prueba.

9.3 Kant

Para Kant, el empirismo se equivoca al derivar de la experiencia lo que la hace posible. En la Crítica de la razón pura (1781; 2.ª ed. 1787), la distinción entre conocimiento a priori y a posteriori (véase A priori y a posteriori) responde a ello: la experiencia aporta la materia, pero el sujeto pone las formas. Kant discute también a Berkeley, llamando «dogmático» a su idealismo en cuanto declararía imposible la existencia de cosas fuera de nosotros; en la «Refutación del idealismo» (2.ª ed.) argumenta que la propia experiencia interna, la conciencia de mi existencia en el tiempo, presupone algo permanente en el espacio. En los Prolegómenos (1783), Kant protesta contra la etiqueta de «idealista berkeleyano» que le atribuyó una reseña publicada en Gotinga, e insiste en que su idealismo trascendental se distingue del de Berkeley. Para el desarrollo posterior del tema, véase Idealismo filosófico: Platón, Kant y Hegel.

9.4 Críticas internas y contemporáneas

Contra Locke se cuestionan la coherencia de la distinción entre cualidades primarias y secundarias y la consistencia de la teoría representacionista (si solo percibimos ideas, ¿cómo saber que representan algo externo?). Contra Berkeley se argumenta que el principio de que «una idea solo puede parecerse a una idea» incurre en petición de principio, y que el «argumento maestro» (§23), según el cual no podemos concebir una cosa sin concebirla, confunde el acto de concebir con el objeto concebido. En la filosofía contemporánea, el fenomenismo (la tesis de que los objetos materiales son construcciones lógicas a partir de datos sensoriales) suele presentarse como heredero del inmaterialismo berkeleyano sin Dios, aunque la comparación es materia de discusión. En la filosofía de la religión, la idea de un Dios que sostiene el orden del mundo por el mero acto de percibir resuena en debates posteriores (véase Filosofía de la religión).


10. Síntesis

Leídos en conjunto, los dos autores muestran cómo un mismo punto de partida, el de que el contenido de la mente procede de la experiencia, puede desarrollarse en direcciones opuestas. Locke construye una epistemología moderada, que admite una realidad material solo en parte cognoscible y cuyo lenguaje de ideas pretende ser descriptivo y no especulativo. Berkeley hereda ese lenguaje y lo vuelve contra la hipótesis de la materia, para devolver a Dios al centro de la explicación de la experiencia. Lo que los une es la centralidad de las ideas; lo que los separa es el estatuto del mundo que las ideas supuestamente representan. La respuesta de Hume, el escepticismo, y las de Reid y Kant, que intentaron reconstruir las bases del conocimiento, son continuaciones de este debate.


Lecturas recomendadas

  • Ensayo sobre el entendimiento humano (1689/1690) — John Locke
  • Dos tratados sobre el gobierno civil (1689/1690) — John Locke
  • Ensayo hacia una nueva teoría de la visión (1709) — George Berkeley
  • Tratado sobre los principios del conocimiento humano (1710) — George Berkeley
  • Tres diálogos entre Hilas y Filonús (1713) — George Berkeley
  • Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano (1765, póstumo) — G. W. Leibniz
  • Investigación sobre la mente humana según los principios del sentido común (1764) — Thomas Reid
  • Crítica de la razón pura (1781; 1787) — Immanuel Kant
  • Locke, Berkeley, Hume: Central Themes (1971) — Jonathan Bennett
  • Stanford Encyclopedia of Philosophy: entradas «John Locke», «George Berkeley» y «Molyneux’s Problem»

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