Hay una experiencia que tal vez ya hayas vivido ante un texto de Derrida: la sensación de que las palabras se escurren, de que el argumento se pliega sobre sí mismo, de que el autor parece más interesado en desestabilizar el terreno que en construir una tesis. Esa impresión no es un accidente ni un fallo de exposición: es, en gran medida, el punto. Derrida no quería proponer una nueva doctrina sobre la verdad o el lenguaje para sumarla a la larga lista que la filosofía ya ha producido. Quería mostrar que la pretensión misma de fijar un sentido último, pleno, presente a sí mismo, es el frágil presupuesto sobre el que se edificó toda la tradición occidental, y que ese presupuesto no se sostiene.
Pocos pensadores del siglo XX fueron tan idolatrados y tan detestados. Para unos, Derrida es el filósofo que reveló los límites de la metafísica y abrió la lectura a una libertad nueva; para otros, es el emblema de un oscurantismo que confundió el rigor con el juego de palabras. Este artículo procura presentar lo que la deconstrucción afirma de verdad, con precisión sobre los conceptos y honestidad sobre las controversias.
1. Contexto: un argelino en París y el año 1967
1.1. Origen y formación
Jacques Derrida nació el 15 de julio de 1930 en El-Biar, en las afueras de Argel, en una familia judía sefardí. Esa condición marginal —francés pero argelino; judío en una Argelia colonial; más tarde expulsado de la escuela bajo las leyes antisemitas del régimen de Vichy en 1942— marcó toda su relación con la idea de centro, de pertenencia y de identidad. Se formó en la École Normale Supérieure de París, donde su encuentro decisivo fue con la fenomenología. Murió en París el 9 de octubre de 2004.
1.2. Herencias
La deconstrucción no nace de la nada. Es una lectura radical de cuatro grandes herencias. De Edmund Husserl, con quien Derrida comenzó (su primera publicación fue la introducción a su traducción de El origen de la geometría, 1962), retiene el rigor del análisis del sentido, pero vuelve ese rigor contra la propia fenomenología. De Martin Heidegger, Derrida hereda la tarea de la Destruktion de la historia de la metafísica: el desmontaje de las categorías heredadas para mostrar sus presupuestos ocultos. La deconstrucción (déconstruction) es, en parte, una traducción y radicalización de ese término heideggeriano. De Friedrich Nietzsche viene la sospecha contra la verdad como valor estable y el juego de las interpretaciones. Y de Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística estructural, Derrida toma el principio de que el signo es diferencial, para luego mostrar que el propio Saussure traiciona ese principio al privilegiar el habla sobre la escritura. Sigmund Freud entra con la noción de huella y de una psique que no es presencia a sí misma.
1.3. El annus mirabilis
En 1967, con apenas 37 años, Derrida publicó tres libros que fundaron la deconstrucción: De la gramatología (De la grammatologie), La escritura y la diferencia (L’écriture et la différence) y La voz y el fenómeno (La voix et le phénomène), este último una lectura cerrada de Husserl. Esos tres libros, lanzados casi simultáneamente, desplazaron el eje del pensamiento francés del estructuralismo hacia lo que se convino en llamar postestructuralismo.
2. La metafísica de la presencia y el logocentrismo
La tesis de fondo de Derrida es que toda la filosofía occidental, de Platón a Husserl, se organiza en torno a un privilegio: el privilegio de la presencia. Presencia del sentido a la conciencia, presencia del objeto a la intuición, presencia del significado detrás de la palabra, presencia del “ahora” como verdad del tiempo. A ese presupuesto Derrida le da el nombre de metafísica de la presencia.
Ese privilegio se despliega en lo que él llama logocentrismo: la creencia de que existe un logos —una razón, un sentido, una verdad— que precede al lenguaje y que el lenguaje solo expresa. Y el logocentrismo, a su vez, se manifiesta históricamente como fonocentrismo: el privilegio de la voz, del habla, sobre la escritura.
¿Por qué se privilegia el habla? Porque, en el habla, parece que el sentido está inmediatamente presente: cuando hablo, me oigo hablar en el mismo instante, y tengo la ilusión de que mi intención y mi expresión coinciden perfectamente. La escritura, en cambio, es tratada por toda la tradición —de Platón (en el Fedro) a Rousseau, de Saussure a Lévi-Strauss— como algo derivado, secundario, exterior, peligroso: una copia del habla viva, una mediación que amenaza con corromper la presencia del sentido. Es precisamente esa jerarquía la que Derrida va a impugnar.
3. Qué es (y qué no es) la deconstrucción
La deconstrucción se malinterpreta con frecuencia, y conviene empezar por despejar dos equívocos.
No es destrucción. Derrida insistió repetidamente en que deconstruir un texto o un concepto no es demolerlo, refutarlo o descartarlo. Es un trabajo que respeta el texto en la medida en que lo lee con extremo cuidado, con más cuidado, quizá, del que el propio texto tuvo consigo mismo.
No es un método aplicable desde fuera. La deconstrucción no es una rejilla de lectura que el crítico lleva en el bolsillo y aplica a cualquier objeto. No opera de fuera hacia dentro, sino desde dentro: se trata de mostrar cómo el texto se deconstruye a sí mismo, cómo sus propias tensiones y exclusiones lo desestabilizan.
Lo que la deconstrucción hace, en concreto, es localizar las oposiciones binarias jerárquicas que estructuran un texto —habla/escritura, presencia/ausencia, dentro/fuera, naturaleza/cultura, sensible/inteligible, alma/cuerpo— y mostrar que el término “superior” (el primero) depende secretamente del término “inferior” (el segundo) que pretendía excluir. La operación tiene dos momentos: primero, una inversión de la jerarquía (mostrar, por ejemplo, que la escritura no se deriva del habla, sino que el propio habla ya tiene la estructura de la escritura); luego un desplazamiento, pues invertir pura y simplemente la oposición mantendría intacta la lógica binaria. Surge entonces un tercer término, irreductible a la oposición, como la archiescritura (archi-écriture): una estructura más originaria de la que tanto el habla como la escritura son casos particulares.
4. Différance: la palabra que solo se ve en la escritura
El concepto más célebre de Derrida es la différance, expuesto sobre todo en la conferencia homónima de 1968 (recogida en Márgenes de la filosofía, 1972). Se trata de un neologismo escrito con a —différance— en lugar del esperado différence. Y aquí está la primera ironía, deliberada y didáctica: en francés, différence y différance se pronuncian de modo idéntico. La diferencia entre las dos palabras no se oye: solo se ve en la escritura. La propia palabra que nombra el pensamiento de Derrida ejemplifica, performativamente, la tesis de que hay algo en el lenguaje que escapa a la presencia de la voz.
La différance condensa dos sentidos del verbo francés différer:
- diferir en el sentido de ser diferente —la dimensión espacial, la distinción entre los signos—. Ningún signo tiene sentido en sí mismo; significa solo por su diferencia respecto de los demás (aquí Derrida radicaliza a Saussure).
- diferir en el sentido de aplazar, posponer —la dimensión temporal—. El sentido nunca está plenamente presente; está siempre desplazado hacia delante o hacia atrás, siempre postergado en una cadena indefinida de remisiones.
La consecuencia es demoledora para la metafísica de la presencia: el significado nunca está del todo aquí, del todo ahora. Es efecto de una red de diferencias y de aplazamientos que jamás se cierra en una presencia plena. No hay un significado trascendental, un punto de llegada último que detendría el movimiento de la significación.
5. Huella, suplemento, iterabilidad y los indecidibles
La différance abre toda una constelación de términos operatorios.
La huella (trace). Si ningún signo es pleno en sí mismo, entonces cada signo lleva en sí la marca de los otros que no es, la marca de lo que está ausente. Derrida lo llama huella: la presencia de una ausencia en el corazón de cada elemento. No hay presencia pura, solo hay huellas de huellas.
El suplemento (supplément). En su lectura de Rousseau (en De la gramatología), Derrida despliega la lógica del suplemento. En francés, supplément tiene un doble sentido: aquello que se añade a algo ya completo (un lujo prescindible) y aquello que sustituye una falta, que completa algo incompleto. Rousseau trata la escritura como mero suplemento del habla, y la masturbación como suplemento peligroso del sexo “natural”; pero, al analizarlo, Derrida muestra que el suplemento solo puede añadirse porque ya había una falta en el supuesto original. El “suplemento exterior” se revela así constitutivo de aquello que decía solo completar. La naturaleza ya necesitaba la cultura; el habla ya era escritura.
La iterabilidad. Para que un signo funcione como signo, debe poder repetirse en contextos diferentes, en ausencia de su emisor y de su referente. Esa repetibilidad —la iterabilidad— no es un accidente que amenaza al lenguaje “desde fuera”: es la condición misma de cualquier signo. Toda marca puede ser citada, recortada, injertada en otro contexto. Eso es lo que hace posible el lenguaje y, al mismo tiempo, impide que cualquier contexto fije el sentido de modo definitivo.
Los indecidibles. En los textos que lee, Derrida identifica ciertos términos que resisten la clasificación dentro de las oposiciones binarias: los indecidibles. El pharmakon, en su lectura del Fedro de Platón (en “La farmacia de Platón”, 1968), es ejemplar: la palabra griega significa a la vez remedio y veneno. La escritura, que Platón llama pharmakon, es las dos cosas a la vez, y esa ambivalencia no puede resolverse: la filosofía intenta decidirla, en vano. El himen (en “La doble sesión”, a propósito de Mallarmé) es otro: nombra a la vez la virginidad y su consumación, la separación y la fusión.
5.1. “No hay afuera-del-texto”
Ninguna frase de Derrida ha sido más citada y más distorsionada que “il n’y a pas de hors-texte”. Aparece en De la gramatología (1967), precisamente en la segunda parte del libro, en el curso de la lectura de las Confesiones de Rousseau, y la traductora Gayatri Spivak la vertió al inglés como “there is nothing outside the text”.
El equívoco común es entenderla como “solo existe texto” o “el mundo no existe, solo hay libros”, una especie de idealismo lingüístico absurdo. No es eso. Derrida no niega la existencia del referente, de la historia, de los cuerpos. Lo que afirma es que no hay sentido fuera de un contexto, fuera de un tejido de remisiones, diferencias y huellas. Texto, aquí, no significa “página escrita”, sino la trama generalizada de relaciones en la que cualquier cosa llega a ser significativa. No hay un punto de acceso al sentido que esté libre de toda mediación, de todo juego diferencial, de toda interpretación. Por eso las traducciones más recientes prefieren “no hay afuera-del-texto” o incluso “no hay nada fuera del contexto”. El contexto es parte integrante del texto, y nunca está completamente saturado.
6. El giro ético y político
A partir de los años ochenta y noventa, sin renegar de nada de su obra anterior, Derrida desplazó cada vez más su atención hacia cuestiones éticas, jurídicas y políticas, lo que algunos llamaron, quizá demasiado deprisa, el “giro ético” de la deconstrucción.
En “Fuerza de ley: el fundamento místico de la autoridad” (Force de loi, 1994), Derrida distingue el derecho (droit, la ley positiva, siempre construida, siempre deconstruible) de la justicia. Su tesis más fuerte: la justicia es indeconstruible. El derecho puede y debe ser deconstruido, porque es finito, histórico, ligado a la fuerza; pero la justicia, como exigencia incondicional dirigida al otro singular, es justamente aquello en cuyo nombre se deconstruye. “La deconstrucción es la justicia”, llega a escribir. La justicia nunca se realiza plenamente en ninguna ley: permanece como una promesa, un “por venir” (à venir).
Esa estructura del por venir organiza otros temas del Derrida tardío: el don (una dádiva que, para ser pura, no puede entrar en el círculo del intercambio y el reconocimiento, volviéndose casi imposible), la hospitalidad (la tensión entre una hospitalidad condicional, reglada, y una hospitalidad incondicional hacia el extranjero) y la democracia por venir (démocratie à venir). En Espectros de Marx (Spectres de Marx, 1993), escrito tras la caída del Muro de Berlín y contra los anuncios triunfales del “fin de la historia”, Derrida reivindica una herencia de Marx, no el Marx de los partidos, sino una cierta exigencia de justicia que “asedia” el presente como un espectro.
Análisis crítico
Ninguna discusión honesta de Derrida puede omitir las objeciones serias que su obra suscitó, sobre todo en el mundo anglosajón y en la tradición analítica.
El debate con John Searle. En 1971, en una conferencia en Montreal, Derrida presentó “Firma, acontecimiento, contexto” (Signature, événement, contexte, publicado en francés en 1972 y en inglés en 1977 en la revista Glyph), una lectura crítica de la teoría de los actos de habla de J. L. Austin. Derrida sostenía que Austin, al tratar como “parasitarias” o “no serias” las ocurrencias de habla fuera del contexto ordinario (una promesa hecha en el escenario, por un actor), ignoraba que la iterabilidad —la posibilidad de que todo enunciado sea citado, repetido fuera de su contexto— no es una anomalía, sino la condición de cualquier acto lingüístico. El filósofo estadounidense John Searle, discípulo de Austin, respondió en 1977 con “Reiterating the Differences: A Reply to Derrida”, acusándolo de leer a Austin de modo confuso y de ignorar la distinción entre uso y mención. Derrida replicó con un largo y mordaz texto, “Limited Inc a b c…”, recogido después en el volumen Limited Inc (1988). El tono de la polémica —irónico y a veces corrosivo en Derrida, impaciente en Searle— se convirtió en emblema del abismo entre las dos tradiciones. Es justo señalar ambos lados: para los críticos, Derrida explotaba ambigüedades en lugar de argumentar; para sus defensores, Searle simplemente no enfrentó el punto sobre la iterabilidad.
El caso de Cambridge (1992). La controversia llegó a su punto álgido cuando la Universidad de Cambridge propuso conceder a Derrida un título honorario (honoris causa). Un grupo de filósofos —encabezado por Barry Smith e incluyendo nombres de peso como W. V. O. Quine, Ruth Barcan Marcus y David Armstrong— publicó una carta de protesta en el diario The Times (9 de mayo de 1992), argumentando que la obra de Derrida no cumplía con los estándares de claridad y rigor exigidos a la filosofía y describiéndola como hecha de juegos de palabras y trucos. Por equilibrio, es importante consignar el desenlace: la universidad sometió la cuestión a votación, el 16 de mayo de 1992, y el título fue concedido, por 336 votos contra 204. La acusación central —relativismo, irracionalismo, oscuridad deliberada— fue rebatida por los defensores de Derrida con el argumento de que la dificultad de sus textos es inseparable de aquello que intenta pensar, y que confundir la claridad con la superficialidad es justamente uno de los presupuestos que la deconstrucción cuestiona.
¿Dónde está la verdad? Probablemente no en un veredicto único. Es legítimo exigir a cualquier filósofo el esfuerzo de hacerse comprensible y sospechar cuando la dificultad se vuelve amaneramiento. Es igualmente legítimo reconocer que ciertos problemas —los límites del propio lenguaje filosófico— quizá no se dejen decir en el estilo límpido de la tradición que ellos cuestionan. El lector serio hace bien en no adherirse a ninguno de los dos bandos antes de leer al propio Derrida.
Legado
La influencia de Derrida desbordó con mucho la filosofía. En los estudios literarios norteamericanos, la deconstrucción se convirtió, en los años setenta y ochenta, en una corriente dominante: la llamada “Escuela de Yale”, con Paul de Man a la cabeza. En la teoría crítica y en los estudios culturales, sus conceptos de huella, margen y suplemento aportaron herramientas para pensar todo lo que la cultura excluye. En los estudios poscoloniales, Gayatri Chakravorty Spivak —la traductora de De la gramatología— articuló la deconstrucción con la crítica del colonialismo y con la cuestión del subalterno. Su marca se extiende además al derecho (los Critical Legal Studies), a la teología (la teología negativa y la teología de la muerte de Dios), a la teoría queer e incluso a la arquitectura deconstructivista (Peter Eisenman, Bernard Tschumi).
Al mismo tiempo, la deconstrucción sigue siendo impugnada, y tal vez esa sea la señal más segura de su importancia: pocos pensadores obligaron a tantas tradiciones a posicionarse frente a ellos. Derrida no fundó una escuela de respuestas, pero inauguró una manera de leer —atenta a los márgenes, a las notas al pie, a lo que el texto reprime— que cambió el modo en que se interpreta un texto, cualquier texto. Dejó a la filosofía más incómoda, y más vigilante de sus propios presupuestos, de lo que la encontró.
Lecturas recomendadas
- Jacques Derrida, De la gramatología (1967).
- Jacques Derrida, La escritura y la diferencia (1967).
- Jacques Derrida, La voz y el fenómeno (1967).
- Jacques Derrida, Márgenes de la filosofía (1972) —contiene el ensayo “La différance”.
- Jacques Derrida, Limited Inc (1988) —el debate con Searle.
- Jacques Derrida, Fuerza de ley: el fundamento místico de la autoridad (1994).
- Jacques Derrida, Espectros de Marx (1993).
- Jonathan Culler, Sobre la deconstrucción —introducción clara y fiable.