Disposición, doctrina o ideología
El conservadurismo es una tradición de pensamiento político que se define, en buena medida, por una actitud ante el cambio social: prudencia frente a reformas de gran alcance, aprecio por las instituciones y costumbres heredadas, escepticismo sobre la capacidad de la razón abstracta para rediseñar la sociedad. Existe una controversia de fondo sobre su estatuto. Para algunos autores es una disposición o temperamento que no se reduce a un programa (tesis de Oakeshott). Para otros es una ideología con contenido propio (autoridad, jerarquía, orden trascendente, propiedad), como en Russell Kirk y Roger Scruton. Samuel Huntington, en «Conservatism as an Ideology» (1957), propuso además una lectura situacional: el conservadurismo sería la defensa de cualquier orden establecido cuando este se ve amenazado, y no un conjunto fijo de creencias. Las tres lecturas resultarán útiles a lo largo del texto.
Este artículo se centra en el canon anglófono y francés, que va de Burke a los autores contemporáneos. Existen otras tradiciones conservadoras (el tradicionalismo católico ibérico, el conservadurismo alemán, las variantes latinoamericanas) que quedan fuera de su alcance, salvo cuando es necesario para marcar distinciones. Para el contraste con la tradición liberal, véase Liberalismo clásico: Locke, Mill, Berlin, Hayek.
Burke y las Reflexiones sobre la Revolución en Francia
Edmund Burke (1729–1797), irlandés de nacimiento y parlamentario británico del partido whig, es considerado el fundador del conservadurismo moderno, aunque el rótulo es posterior a él. La observación importa: Burke defendió la Revolución Gloriosa de 1688, apoyó la causa de los colonos americanos (por ejemplo, en su discurso sobre la conciliación con América, 1775), criticó la administración británica en la India (el proceso contra Warren Hastings) y defendió el libre comercio de granos en Thoughts and Details on Scarcity (escrito en 1795). No era, pues, un adversario del cambio en general.
Las Reflexiones sobre la Revolución en Francia (1790) nacieron como respuesta a un sermón del pastor disidente Richard Price, de noviembre de 1789, que saludaba los acontecimientos franceses. El libro desarrolla varios argumentos que se convirtieron en la matriz del pensamiento conservador:
- Crítica de los derechos abstractos. Burke no niega los derechos; habla de «derechos reales de los hombres» (como la justicia, los frutos del propio trabajo y la instrucción), pero rechaza que derechos metafísicos, deducidos de una naturaleza humana abstracta, puedan aplicarse directamente a la política sin la mediación de las circunstancias. La política es una ciencia práctica, no una geometría.
- Prescripción. La legitimidad de instituciones y propiedades puede fundarse en el largo uso y la continuidad, por analogía con la prescripción jurídica. La constitución inglesa sería una herencia, y las libertades inglesas un patrimonio vinculado (entailed inheritance) que ha de transmitirse, no un conjunto de derechos inventados en un momento fundacional.
- Prejuicio. Burke usa el término en sentido no peyorativo: el prejuicio es un juicio sedimentado, fruto de generaciones, que dispensa a cada individuo de rehacer en cada decisión el cálculo de la razón. Según él, la razón individual es un pequeño «capital» privado, y las naciones hacen bien en aprovechar el banco común de los siglos. La rehabilitación del prejuicio reaparece en la hermenéutica de Gadamer, quien, sin ser conservador político, retoma la idea de que la comprensión parte siempre de pre-juicios heredados.
- La sociedad como asociación entre generaciones. Frente a la lectura de la sociedad como contrato ocasional, Burke afirma que es «a partnership not only between those who are living, but between those who are living, those who are dead, and those who are to be born» (citado en el original inglés). La consecuencia es un deber de transmisión, y la objeción a la reforma radical es que el presente no tiene derecho a dilapidar el legado. Conviene compararlo con la lectura contractualista examinada en El contrato social.
- Reforma y revolución. Burke sostiene, en esencia, que un Estado sin medios de cambio carece también de medios de conservación: prefiere la reforma gradual y correctiva, que preserva la continuidad, a la ruptura que parte de un plan abstracto.
En una obra anterior, Thoughts on the Cause of the Present Discontents (1770), Burke defendió la legitimidad de los partidos como asociaciones en torno a principios y escribió: «When bad men combine, the good must associate». Esa frase es suya. La célebre sentencia según la cual «para el triunfo del mal basta con que los buenos no hagan nada» no es atribuible a Burke en ninguna fuente primaria conocida. Los estudiosos de citas la consideran una paráfrasis tardía de origen incierto, y su atribución a él se tiene por espuria.
Maistre y el tradicionalismo contrarrevolucionario
Joseph de Maistre (1753–1821), saboyano, magistrado y diplomático del reino de Cerdeña en San Petersburgo (1803–1817), suele agruparse con Burke, pero la aproximación debe hacerse con cautela. En Consideraciones sobre Francia (1796) lee la Revolución como juicio providencial sobre una sociedad que se había apartado del orden religioso; en Del Papa (1819) defiende la autoridad soberana e infalible del pontífice como fundamento del orden en Europa; en Las veladas de San Petersburgo (1821, póstumo) desarrolla una reflexión sobre la soberanía, el sacrificio y el castigo en la que el verdugo ocupa un lugar simbólico central.
Las diferencias con Burke son significativas:
- Teología política y autoridad. En Maistre, el orden social tiene base religiosa y providencial; la soberanía es, por naturaleza, absoluta y se funda en la autoridad, no en el consentimiento.
- Rechazo de las constituciones escritas. Maistre sostiene que las constituciones no se fabrican por deliberación: nacen de las circunstancias y del tiempo. Critica también la noción de «hombre» universal (dice que ha conocido franceses, italianos y rusos, pero nunca «el hombre»), argumento que comparte con Burke, pero que en Maistre sirve a una crítica radical de la Ilustración.
- Objetivo restaurador. Burke acoge la reforma y defiende el whiggismo de 1688; Maistre es un pensador contrarrevolucionario que aspira a la restauración de la monarquía legítima y a la unión de trono y altar.
La distinción es recurrente en la literatura. Karl Mannheim, en El pensamiento conservador (1927), distingue el tradicionalismo, apego a modos de vida heredados que es casi universal, del conservadurismo, que surge como respuesta reflexiva y consciente a la modernidad y al racionalismo revolucionario. En este artículo, el tradicionalismo contrarrevolucionario de Maistre y de otros autores (como Louis de Bonald, 1754–1840, y, en España, Donoso Cortés, 1809–1853) se trata como corriente emparentada, pero distinta, del conservadurismo de matriz burkeana.
Coleridge y Tocqueville: conservación, libertad y costumbres
Samuel Taylor Coleridge (1772–1834), poeta y pensador, expuso en On the Constitution of the Church and State (1829) una teoría según la cual el orden político depende del equilibrio entre dos principios: la permanencia (representada sobre todo por los intereses terratenientes) y la progresión (representada por los intereses comerciales e industriales). Defendió una «clerecía» o clerisy, clase de letrados dedicada a la cultura nacional y sostenida con una dotación pública. La importancia de Coleridge es doble: proporcionó al conservadurismo una concepción orgánica y moral de la comunidad política, e influyó también en Mill, quien lo confrontó con Bentham en dos ensayos (1838 y 1840) y reconoció su aporte a la comprensión de las condiciones morales de la cohesión social.
Alexis de Tocqueville (1805–1859) es el caso límite. En La democracia en América (1835–1840) y en El Antiguo Régimen y la Revolución (1856) acepta la igualdad de condiciones como tendencia irreversible de las sociedades modernas, pero teme sus patologías, entre ellas el individualismo, el conformismo y el despotismo suave. Valora las instituciones intermedias, la religión, las costumbres (mœurs) y el autogobierno local como contrapesos. Muchos lo clasifican como liberal, y Hayek lo cita entre los pensadores de la tradición liberal que reivindica; otros destacan su afinidad con el conservadurismo en la desconfianza hacia el racionalismo revolucionario y en la tesis de que la Revolución prolongó la centralización administrativa del Antiguo Régimen. Su posición es así un ejemplo de lo porosas que son las fronteras entre liberalismo y conservadurismo, como se ve en el artículo sobre el liberalismo clásico.
Oakeshott: racionalismo y disposición conservadora
Michael Oakeshott (1901–1990) ofrece la formulación filosóficamente más refinada de la tesis de que el conservadurismo es una disposición. En Rationalism in Politics and Other Essays (1962), critica el racionalismo en política: la creencia de que la actividad política consiste en aplicar una técnica (un conjunto de principios explícitos y universales) a los problemas, ignorando que buena parte del saber práctico es tácito y se adquiere en la práctica, dentro de una tradición. El racionalista, dice Oakeshott, quiere partir de cero y confía en las ideologías, que él ve como resúmenes abstractos de prácticas ya existentes y no como su origen.
En el ensayo «On Being Conservative» desarrolla la idea de que ser conservador es, ante todo, una preferencia de carácter: «to prefer the familiar to the unknown, to prefer the tried to the untried» (citado en el original), preferencia que extiende a pares como lo limitado y lo ilimitado, lo suficiente y lo superabundante. No se trata de un dogma sobre la historia, sino de un modo de apreciar lo que se tiene y de aceptar el cambio como algo que debe conducirse con cuidado, sin abolirlo. En otro ensayo («Political Education», 1951), Oakeshott compara la actividad política con navegar en un mar sin puerto ni fondeadero: lo que corresponde es mantener el barco a flote, aprovechando los recursos de la propia tradición de comportamiento.
El gobierno, en Oakeshott, tiene una función limitada: arbitrar y preservar la paz entre intereses en conflicto, en lugar de conducir a la sociedad hacia un fin común. Su obra posterior, On Human Conduct (1975), distingue la «asociación civil» de la «asociación empresarial», lo que lo acerca al liberalismo en un punto importante y alimenta el debate sobre su clasificación. Una objeción habitual es que la «disposición» es demasiado vaga para orientar elecciones (¿qué preservar cuando la tradición está dividida?) y puede convertirse en justificación del statu quo, sea cual sea.
Kirk y Scruton: del canon a la teoría
Russell Kirk (1918–1994) dio al conservadurismo norteamericano una genealogía intelectual en The Conservative Mind (1953), que traza una línea desde Burke hasta figuras del siglo XX. Kirk formuló «cánones» del pensamiento conservador, entre ellos, en síntesis: la creencia en un orden trascendente que gobierna la sociedad; el aprecio por la variedad y el misterio de la vida tradicional; la convicción de que una sociedad civilizada requiere órdenes y clases; el vínculo entre propiedad y libertad; la fe en la prescripción y la desconfianza hacia los «sofistas y calculadores»; y el reconocimiento de que el cambio no siempre es reforma saludable. Kirk rechazaba la etiqueta «ideología», reservándola para los movimientos doctrinarios que pretendía criticar.
Roger Scruton (1944–2020) es el principal filósofo conservador de lengua inglesa de la generación siguiente. En The Meaning of Conservatism (1980) sostiene que el conservadurismo es una defensa de la autoridad, la lealtad y las instituciones que sustentan un sentido de pertenencia, y critica el individualismo liberal. En Sexual Desire (1986), Green Philosophy (2012) y How to Be a Conservative (2014) aplica la perspectiva a temas estéticos, ecológicos y culturales. Suyo es el énfasis en la oikofilia, amor al hogar y al lugar, como base de una ética ambiental conservadora que preferiría la acción local y comunitaria a la regulación estatal y a las grandes organizaciones internacionales. La relación entre conservadurismo y liberalismo económico fue un tema recurrente en su obra, en la que la defensa del mercado convive con la negativa a reducir el conservadurismo a una doctrina económica. Sus posiciones fueron objeto de intenso debate público; el análisis filosófico debe atenerse a los argumentos y no a la controversia biográfica.
Voegelin y Strauss: críticos de la modernidad
Eric Voegelin (1901–1985) y Leo Strauss (1899–1973), emigrados de Europa central a Estados Unidos, se asocian con frecuencia al pensamiento conservador norteamericano, pero su crítica de la modernidad sigue vías distintas de la tradición burkeana y oakeshottiana.
En La nueva ciencia de la política (1952, a partir de las Walgreen Lectures de Chicago), Voegelin interpreta las ideologías modernas (progresismo, positivismo, marxismo, nazismo) como formas de gnosticismo: intentos de realizar en el mundo histórico una salvación que la tradición cristiana situaba más allá de él, con la consiguiente «inmanentización del eschaton». Su obra principal, Order and History (1956–1987), busca reconstruir experiencias de orden y trascendencia en civilizaciones antiguas. Su criterio no es la tradición heredada, sino la apertura a la trascendencia.
En Derecho natural e historia (1953), Strauss critica el historicismo y la separación entre hecho y valor, y defiende la recuperación, en clave filosófica, de la cuestión del derecho natural clásico. Sus estudios sobre el «arte de escribir» bajo persecución (Persecution and the Art of Writing, 1952) y sobre los modernos (Maquiavelo, Hobbes, Locke) sustentan la tesis de la «crisis de la modernidad». Strauss discutió a Burke, viendo en su apelación a la prescripción un paso hacia el historicismo, lectura que es objeto de debate entre los intérpretes. Tanto en Strauss como en Voegelin, la apelación es a un orden que la razón puede reconocer (y no a una herencia contingente), lo que los distingue del conservadurismo anglosajón en sentido estricto. La asociación de Strauss con el neoconservadurismo es, además, una cuestión disputada en la bibliografía.
Conservadurismo, reaccionarismo y liberalismo
Las distinciones analíticas son esenciales:
- Conservadurismo y reaccionarismo. El conservador, en el sentido burkeano y oakeshottiano, quiere preservar lo que existe y reformar con cautela; el reaccionario quiere restaurar un estado anterior ya perdido, rechazando el orden presente. Mark Lilla, en The Shipwrecked Mind (2016), insiste en este contraste al describir al reaccionario como alguien movido por la nostalgia de una edad de oro imaginaria. Corey Robin, desde un punto de vista crítico, sostiene en The Reactionary Mind (2011) lo contrario: que el conservadurismo es, desde Burke, esencialmente una reacción a la emancipación de los grupos subordinados, de modo que la frontera sería menos nítida de lo que los conservadores quisieran afirmar.
- Conservadurismo y tradicionalismo contrarrevolucionario. Véase la sección sobre Maistre y la distinción de Mannheim.
- Conservadurismo y liberalismo. Hay zonas de solapamiento (Burke era whig; Tocqueville oscila; Hayek reivindica una tradición liberal que valora las reglas evolucionadas), pero también diferencias: el liberalismo tiende a tomar al individuo y sus derechos como punto de partida, mientras que el conservadurismo parte de las instituciones, los vínculos heredados y la comunidad. En particular, el conservadurismo del siglo XX se dividió en corrientes tradicionalistas (Kirk) y corrientes adheridas al libre mercado, y la combinación, a veces llamada «fusionismo», siempre fue tensa. Véase también la crítica comunitarista al liberalismo de Alasdair MacIntyre y Michael Sandel, que comparte afinidades con temas conservadores, aunque sus autores no sean conservadores en sentido estricto. MacIntyre, en Whose Justice? Which Rationality? (1988), desarrolla la idea de una racionalidad constituida en tradiciones.
Las críticas
Hayek: «Por qué no soy conservador»
En la posdata de The Constitution of Liberty (1960), «Why I Am Not a Conservative», Friedrich Hayek distingue el liberalismo del conservadurismo. Reconoce a este como una actitud legítima y probablemente necesaria de oposición a los cambios drásticos, pero objeta que el conservadurismo, por su propia naturaleza, «cannot offer an alternative to the direction in which we are moving» (citado en el original): solo puede frenar la marcha, sin indicarle rumbo. Añade que el conservador carece de principios que le permitan convivir con quienes tienen valores distintos y tiende a favorecer el uso del poder para imponer su moral. Hayek se identifica, en suma, con la tradición whig de la libertad, en la que sitúa a Burke. La crítica tiene un blanco preciso: el conservadurismo europeo continental y la postura de defensa de lo establecido, no el whiggismo de Burke.
Paine: el gobierno de los muertos sobre los vivos
Thomas Paine (1737–1809), en Rights of Man (1791–1792), respondió directamente a Burke. Rechazó la idea de que una generación pueda vincular a las siguientes: «The vanity and presumption of governing beyond the grave is the most ridiculous and insolent of all tyrannies» (citado en el original). Para Paine, los derechos pertenecen a los vivos; la autoridad de la tradición no sustituye a la razón ni al consentimiento presente. La réplica burkeana sería que la continuidad es precisamente la condición de la libertad y que a cada generación le corresponde recibir y transmitir un patrimonio, no refundarlo.
Hirschman: la retórica de la intransigencia
Albert O. Hirschman, en The Rhetoric of Reaction (1991; en español, Retóricas de la intransigencia), analiza los argumentos típicos que históricamente se han usado contra las reformas e identifica tres tesis: la de la perversidad (la acción propuesta producirá lo contrario de lo pretendido), la de la futilidad (la acción no surtirá efecto, pues las estructuras profundas no cambian) y la del riesgo (jeopardy: la reforma pone en peligro logros anteriores). Hirschman aplica el esquema a las tres oleadas de derechos descritas por T.H. Marshall (civiles, políticos, sociales). El libro no trata el conservadurismo como un error, pero muestra que sus argumentos tienen una forma retórica recurrente que se presta al uso mecánico; observa también que el campo progresista tiene retóricas simétricas (como la tesis de que la reforma es inevitable o de que la historia está de su lado). Burke figura entre los autores que Hirschman discute a propósito de la tesis de la perversidad.
Objeciones adicionales
Queda la objeción, a partir de Mannheim y Robin, de que la apelación a la tradición puede legitimar jerarquías injustas, y la réplica de que la tradición contiene también recursos de crítica y de reforma interna (tema de Gadamer y de MacIntyre). Cabe señalar, por último, el problema del criterio: cuando hay tradiciones en conflicto, o una tradición que contiene injusticias, ¿cómo decidir qué conservar sin recurrir a principios de los que el propio conservadurismo desconfía?
Balance
El conservadurismo filosófico aporta a la filosofía política cuatro ideas duraderas: el saber práctico y tácito no se reduce a reglas explícitas; las instituciones son resultado de un largo ajuste y su destrucción tiene costes difíciles de prever; la continuidad entre generaciones es un bien que genera deberes; y la política no es la aplicación de una teoría. Sus fragilidades son la indeterminación sobre qué preservar, la dificultad de distinguir la sabiduría acumulada del mero interés y la tensión persistente con el liberalismo económico y con los derechos individuales. Cada autor aquí tratado ofrece una respuesta distinta a estos problemas, lo que desaconseja tratar el «conservadurismo» como un bloque único.
Referencias
- Burke, E. Reflections on the Revolution in France. 1790.
- Burke, E. Thoughts on the Cause of the Present Discontents. 1770.
- Coleridge, S.T. On the Constitution of the Church and State. 1829.
- Hayek, F.A. «Why I Am Not a Conservative», posdata de The Constitution of Liberty. Chicago, 1960.
- Hirschman, A.O. The Rhetoric of Reaction: Perversity, Futility, Jeopardy. Cambridge, MA: Harvard University Press, 1991.
- Huntington, S. «Conservatism as an Ideology». American Political Science Review 51(2), 1957.
- Kirk, R. The Conservative Mind. Chicago, 1953.
- Lilla, M. The Shipwrecked Mind. New York, 2016.
- MacIntyre, A. Whose Justice? Which Rationality? 1988.
- Maistre, J. de. Considérations sur la France (1796); Du Pape (1819); Les Soirées de Saint-Pétersbourg (1821).
- Mannheim, K. «Das konservative Denken» (1927).
- Oakeshott, M. Rationalism in Politics and Other Essays. London: Methuen, 1962.
- Oakeshott, M. On Human Conduct. Oxford, 1975.
- Paine, T. Rights of Man. 1791–1792.
- Robin, C. The Reactionary Mind. Oxford University Press, 2011.
- Scruton, R. The Meaning of Conservatism. 1980.
- Scruton, R. Green Philosophy. 2012; How to Be a Conservative. 2014.
- Strauss, L. Natural Right and History. Chicago, 1953.
- Tocqueville, A. de. De la démocratie en Amérique (1835–1840); L’Ancien Régime et la Révolution (1856).
- Voegelin, E. The New Science of Politics. Chicago, 1952.