Entre los siglos XVII y XVIII, una transformación silenciosa alteró la naturaleza del poder político en Occidente. El soberano, que antes se definía por la prerrogativa de matar — de quitar la vida a los súbditos desobedientes —, pasó a ejercer una forma de autoridad radicalmente nueva: administrar, optimizar y regular la vida de las poblaciones. Michel Foucault denominó este desplazamiento biopoder y, al hacerlo, inauguró uno de los campos conceptuales más productivos de la filosofía política contemporánea.

Lo que está en juego en el biopoder no es solo quién gobierna, sino cómo se gobierna — y, sobre todo, qué se gobierna. Ya no territorios y súbditos, sino cuerpos, tasas de natalidad, salud pública, flujos poblacionales, sexualidad. Este artículo recorre la genealogía del concepto desde su formulación por Foucault, atraviesa los desarrollos propuestos por Giorgio Agamben y Achille Mbembe, y examina su pertinencia ante las crisis sanitarias y la vigilancia digital del siglo XXI.


1. Del poder soberano al biopoder: la inversión foucaultiana

La teoría política clásica, de Hobbes a Maquiavelo, pensó el poder fundamentalmente como soberanía: el derecho del príncipe a disponer de la vida y la muerte de sus súbditos. Foucault observa que en las monarquías europeas del Antiguo Régimen, el poder soberano operaba por sustracción: tomaba bienes, trabajo, tiempo y, en última instancia, la vida misma. Era, según su fórmula, el poder de “hacer morir y dejar vivir”.

A partir de finales del siglo XVIII, esta lógica se invierte. El poder deja de ejercerse primordialmente como amenaza de muerte y pasa a organizarse en torno a la gestión de la vida. Surgen las estadísticas poblacionales, la salud pública, la higiene urbana, la regulación de la sexualidad, los programas de natalidad. El nuevo poder, argumenta Foucault, no niega la muerte, sino que la desplaza: su objetivo principal es “hacer vivir y dejar morir”.

Esta inversión no elimina la violencia estatal — el genocidio, las masacres coloniales y las guerras totales del siglo XX demuestran lo contrario. Pero Foucault sostiene que incluso esas violencias se legitiman, en el discurso moderno, en nombre de la protección de la vida de la población: se mata para preservar la salud del cuerpo social, para eliminar la amenaza biológica interna. El racismo de Estado, desde esta perspectiva, funciona como el mecanismo que reintroduce la lógica de la muerte soberana dentro del paradigma biopolítico.


2. Hacer vivir y dejar morir — Historia de la Sexualidad, vol. 1

Es en el último capítulo de La voluntad de saber (Histoire de la sexualité, vol. 1, 1976) donde Foucault presenta su formulación más densa del biopoder. La sexualidad, argumenta, no fue objeto de una represión progresiva por parte de la modernidad; al contrario, se convirtió en blanco de una explosión discursiva sin precedentes: confesión, medicina, psiquiatría, pedagogía, demografía — todas estas instancias produjeron saberes minuciosos sobre el sexo.

Esta proliferación de discursos no es accidental. La sexualidad ocupa una posición estratégica porque se sitúa en la articulación de los dos ejes del biopoder: el cuerpo individual (que debe ser disciplinado, vuelto útil y dócil) y la población (cuyas tasas de fecundidad, mortalidad y morbilidad deben ser reguladas). El sexo pertenece simultáneamente a la anátomo-política del cuerpo y a la biopolítica de la población.

Foucault identifica cuatro dispositivos de saber-poder en torno a la sexualidad: la histerización del cuerpo de la mujer, la pedagogización del sexo infantil, la socialización de las conductas procreadoras y la psiquiatrización del placer perverso. Cada uno de ellos articula una tecnología de poder que no opera mediante la prohibición, sino a través de la incitación, la clasificación y la normalización.


3. Sociedad disciplinaria: panóptico, normalización, cuerpos dóciles

Antes de formular el concepto de biopoder, Foucault analizó en Vigilar y castigar (1975) la sociedad disciplinaria — la forma de poder que se consolida en los siglos XVII y XVIII a través de instituciones de encierro: prisiones, hospitales, escuelas, cuarteles, fábricas. La disciplina opera sobre los cuerpos individuales, organizándolos en el espacio, pautando su tiempo, componiendo sus fuerzas para maximizar la utilidad.

El modelo arquitectónico de esta lógica es el Panóptico de Jeremy Bentham: una estructura circular de celdas con una torre central de vigilancia. El detenido nunca sabe si está siendo observado, pero sabe que puede estarlo — y eso basta para que interiorice la vigilancia. El principio panóptico, para Foucault, trasciende la prisión: se disemina por toda la sociedad, convirtiéndose en el diagrama general del poder disciplinario.

La disciplina produce lo que Foucault denomina cuerpos dóciles: cuerpos entrenados para obedecer, para funcionar con eficiencia, para ajustarse a patrones de normalidad. El examen — médico, escolar, militar — es el instrumento que combina vigilancia jerárquica y sanción normalizadora: observa, mide, registra, clasifica. Se crea un archivo minucioso de cada individuo, transformándolo en “caso”.

La relación entre disciplina y biopoder es de complementariedad, no de sustitución. La disciplina actúa sobre el cuerpo-máquina; el biopoder actúa sobre el cuerpo-especie. La primera individualiza y entrena; el segundo masifica y regula. Juntos constituyen lo que Foucault llama la “gran tecnología de poder de doble faz” que caracteriza la modernidad.


4. De la disciplina al control: Deleuze y las “sociedades de control”

En 1990, Gilles Deleuze publicó un breve ensayo titulado Post-scriptum sobre las sociedades de control, en el que diagnostica una mutación en la forma dominante de poder. Si Foucault describió el paso de la sociedad de soberanía a la sociedad disciplinaria, Deleuze argumenta que esta última entra en crisis generalizada a partir de la segunda mitad del siglo XX: las instituciones de encierro — escuela, fábrica, prisión, hospital — se derrumban y son sustituidas por mecanismos de control continuo a cielo abierto.

En la sociedad disciplinaria, el individuo pasa de un medio cerrado a otro (familia → escuela → cuartel → fábrica), recomenzando cada vez. En la sociedad de control, los mecanismos de regulación acompañan al individuo de modo ininterrumpido y modulable: la monitorización electrónica, la formación permanente, la empresa como modelo de subjetivación, el endeudamiento como forma de sujeción.

Deleuze asocia la sociedad disciplinaria al capitalismo de concentración (producción fabril) y la sociedad de control al capitalismo de sobreproducción (financiero, informacional). El cuerpo individual, que la disciplina moldeaba en espacios cerrados, cede lugar al dividual: datos fragmentados, perfiles, contraseñas, códigos que circulan en redes. El poder ya no necesita confinar; le basta modular flujos.

Este diagnóstico deleuziano anticipó, con notable claridad, muchos de los debates contemporáneos sobre vigilancia digital, plataformas algorítmicas y gobernanza por datos — temas a los que volveremos en la sección 9.


5. Nacimiento de la biopolítica: gubernamentalidad y neoliberalismo

En el curso Nacimiento de la biopolítica, impartido en el Collège de France entre enero y abril de 1979, Foucault opera un desplazamiento significativo: en lugar de analizar los mecanismos disciplinarios que actúan sobre los cuerpos, examina la racionalidad gubernamental que orienta la administración de las poblaciones. El concepto central es el de gubernamentalidad — el conjunto de instituciones, procedimientos, análisis y reflexiones que permiten ejercer este tipo de poder sobre la población.

Sorprendentemente, el curso se dedica casi por entero al análisis del liberalismo y del neoliberalismo como artes de gobernar. Foucault examina el ordoliberalismo alemán (Escuela de Friburgo) y el neoliberalismo norteamericano (Escuela de Chicago, Gary Becker), mostrando que el neoliberalismo no es simplemente el laissez-faire del liberalismo clásico, sino una forma activa de gobierno que busca extender la lógica del mercado a todas las esferas de la vida social.

En el neoliberalismo, el sujeto es concebido como empresario de sí mismo — alguien que invierte en su propio capital humano (educación, salud, apariencia, relaciones). La biopolítica neoliberal no elimina el Estado; lo transforma en instancia que crea y mantiene las condiciones de competencia, interviniendo permanentemente para garantizar que el juego de mercado funcione.

Este análisis abrió un vasto campo de investigación sobre cómo las prácticas neoliberales — evaluación de desempeño, meritocracia, responsabilización individual por la salud y la previsión social — constituyen formas contemporáneas de gobierno de los cuerpos y las conductas, donde la coerción no viene desde arriba sino que se ejerce a través de la propia subjetividad modelada por el mercado.


6. Agamben: homo sacer, vida desnuda, estado de excepción

El filósofo italiano Giorgio Agamben (1942–) llevó la reflexión sobre biopolítica en una dirección más radical. En Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida (1995), Agamben sostiene que la biopolítica no es una invención moderna, como sugiere Foucault, sino que constituye el fundamento oculto de la política occidental desde la Antigüedad.

Agamben parte de la distinción griega entre zoé (la vida biológica, el simple hecho de vivir, compartida por todos los seres vivientes) y bíos (la vida cualificada, la forma de vida propia de un individuo o grupo en la polis). La tesis central es que la política occidental se funda sobre la inclusión excluyente de la zoé: la vida biológica es incluida en el orden jurídico precisamente porque puede ser excluida de él.

La figura que encarna esta lógica es el homo sacer del derecho romano arcaico: aquel que puede ser asesinado por cualquiera sin que ello constituya homicidio, pero que no puede ser sacrificado en un ritual religioso. El homo sacer se halla fuera tanto del derecho humano como del derecho divino — su vida es vida desnuda (nuda vita), expuesta a la muerte sin protección jurídica.

Para Agamben, el campo de concentración — no la ciudad — es el paradigma político de la modernidad: el espacio donde el estado de excepción se convierte en regla y los seres humanos son reducidos a la condición de vida desnuda. El campo no es una anomalía; es la matriz oculta del espacio político moderno, que se actualiza cada vez que se declara el estado de excepción y seres humanos son colocados fuera de la protección de la ley mientras permanecen bajo su poder.

El concepto de estado de excepción, desarrollado en la obra homónima de 2003, designa esa zona de indeterminación entre democracia y absolutismo en la que medidas provisionales se vuelven permanentes y el poder ejecutivo absorbe competencias legislativas. Agamben sostiene que el estado de excepción tiende a convertirse en el paradigma dominante de gobierno en la política contemporánea.


7. Mbembe: necropolítica — quién puede vivir y quién debe morir

El filósofo e historiador camerunés Achille Mbembe (1957–) propuso, en el ensayo Necropolítica (2003), una extensión crítica del concepto foucaultiano de biopoder. Si Foucault analizó cómo el poder moderno se organiza para hacer vivir, Mbembe pregunta: ¿qué ocurre cuando el poder se organiza para hacer morir? ¿Cuando la función primaria del Estado no es administrar la vida, sino administrar la muerte?

Mbembe argumenta que la experiencia colonial y poscolonial revela los límites de la analítica foucaultiana. En las plantaciones esclavistas, en las colonias de ocupación, en las zonas de guerra contemporáneas, lo que opera no es el biopoder como gestión de la vida, sino lo que él denomina necropolítica: la decisión soberana sobre quién puede vivir y quién debe morir, ejercida sobre poblaciones enteras consideradas desechables.

Tres figuras históricas sostienen el análisis: la plantación esclavista (donde el esclavo existe como propiedad, sombra del amo, muerte-en-vida); la ocupación colonial tardía (donde la soberanía se ejerce mediante la fragmentación territorial, el asedio y la destrucción de infraestructura — Mbembe analiza en detalle el caso de la Palestina ocupada); y las máquinas de guerra contemporáneas (milicias, ejércitos privados, drones), que multiplican los espacios de muerte fuera del encuadramiento estatal clásico.

La necropolítica no contradice el biopoder; lo complementa mostrando que “hacer vivir” y “hacer morir” coexisten, distribuidos desigualmente según líneas de raza, clase y geografía. Donde el biopoder administra la vida de la población considerada valiosa, la necropolítica administra la muerte de quienes son clasificados como amenaza o como excedentes.


8. Biopoder en la pandemia: estado de excepción sanitaria

La pandemia de Covid-19 (2020–2023) funcionó como un laboratorio global de los conceptos aquí discutidos. En cuestión de semanas, gobiernos de todas las orientaciones ideológicas implementaron medidas que habrían sido impensables en circunstancias normales: confinamiento obligatorio, rastreo de contactos, pasaportes sanitarios, vacunación como condición de acceso a espacios públicos.

Desde la perspectiva foucaultiana, la pandemia reveló con nitidez la articulación entre disciplina (cuarentena individual, distanciamiento físico, uso de mascarillas) y biopolítica (curvas epidemiológicas, tasas de reproducción viral, campañas de vacunación masiva). Los cuerpos fueron simultáneamente disciplinados en el espacio doméstico y regulados como parte de una población cuyos indicadores biológicos eran monitoreados en tiempo real.

Agamben, en una serie de intervenciones polémicas publicadas a partir de febrero de 2020, interpretó la crisis sanitaria como confirmación de su tesis sobre la normalización del estado de excepción. Las restricciones a las libertades individuales, argumentó, no representaban medidas temporales, sino el nuevo paradigma de gobierno, en el cual la “seguridad sanitaria” sustituye a la “seguridad nacional” como justificación para la suspensión de derechos. Estas posiciones fueron duramente criticadas por otros filósofos, quienes señalaron que la negativa a reconocer la gravedad de la emergencia sanitaria desnaturalizaba el propio concepto de estado de excepción.

La pandemia también hizo visibles las dinámicas necropolíticas: la distribución desigual de vacunas entre países ricos y pobres, la mortalidad desproporcionada entre poblaciones racializadas y empobrecidas, la elección — impuesta por la escasez de camas y respiradores — sobre quién recibiría tratamiento y quién sería dejado morir. El triaje médico, en estas condiciones, se convirtió en ejercicio concreto de soberanía sobre la vida desnuda.


9. Biopoder digital: vigilancia algorítmica y datos biométricos

Si Foucault analizó el biopoder en su fase industrial y Deleuze intuyó su mutación en las sociedades de control, el siglo XXI presenta una nueva configuración: el biopoder digital. La convergencia entre big data, inteligencia artificial, biometría y plataformas digitales crea formas de gobierno de los cuerpos y las conductas que exceden los modelos analíticos del siglo XX.

La vigilancia algorítmica no opera mediante la observación directa de un vigía en la torre panóptica, sino a través de la recolección automatizada de datos comportamentales: localización, patrones de consumo, interacciones en redes sociales, datos de salud capturados por dispositivos portátiles. Estos datos son procesados por algoritmos que producen perfiles predictivos — lo que la socióloga Shoshana Zuboff ha denominado capitalismo de vigilancia: la captura y mercantilización de la experiencia humana como materia prima para la predicción y modificación del comportamiento.

Los datos biométricos — reconocimiento facial, huella dactilar, análisis de ADN, monitoreo de signos vitales — añaden una capa propiamente corporal a la vigilancia digital. Gobiernos despliegan reconocimiento facial en espacios públicos; empresas exigen biometría para control de acceso; aplicaciones de salud monitorizan frecuencias cardíacas, ciclos de sueño y patrones reproductivos. El cuerpo biológico se convierte, literalmente, en una superficie de inscripción de datos que circulan en redes de poder.

El concepto deleuziano de dividual cobra aquí concreción: el individuo es descompuesto en flujos de datos, recompuestos en perfiles que orientan decisiones automatizadas — concesión de crédito, tarificación de seguros, selección para empleos, dosificación de publicidad. El gobierno de los cuerpos ya no exige presencia física ni siquiera conciencia del gobernado: opera a distancia, en tiempo real, por modulación algorítmica.


10. Críticas y límites del concepto

Pese a su enorme productividad teórica, los conceptos de biopoder y biopolítica no están exentos de críticas.

Imprecisión conceptual. Foucault nunca sistematizó el biopoder en una teoría coherente; el concepto aparece en textos, cursos y entrevistas con énfasis distintos. Algunos comentaristas señalan tensiones entre la formulación de La voluntad de saber (biopoder como gestión de la vida) y los análisis de los cursos del Collège de France (gubernamentalidad, razón de Estado, neoliberalismo). Esta pluralidad es fecunda, pero dificulta la operacionalización del concepto en investigaciones empíricas.

Eurocentrismo. La genealogía foucaultiana sitúa la emergencia del biopoder en la Europa de los siglos XVII–XVIII. Mbembe, como hemos visto, señaló ya que esta cronología ignora la experiencia colonial, donde formas brutales de gestión (y destrucción) de poblaciones operaron mucho antes y de modo distinto. Historiadores de la esclavitud y el colonialismo cuestionan si el modelo disciplinario europeo puede trasladarse a contextos donde el poder se ejercía primordialmente mediante la violencia abierta y la deshumanización racial.

Resistencia y agencia. Foucault insistió en que “donde hay poder, hay resistencia”, pero sus análisis del biopoder tienden a enfatizar los mecanismos de sujeción en detrimento de las prácticas de resistencia y subjetivación alternativa. Los críticos argumentan que una teoría tan centrada en la capilaridad del poder corre el riesgo de producir una imagen totalizadora de la dominación, en la que ningún espacio de libertad parece posible.

Uso inflacionario. La popularidad del concepto ha conducido a su aplicación a fenómenos muy diversos — desde políticas de salud hasta dietas alimentarias, desde redes sociales hasta prácticas deportivas —, con el riesgo de que “biopolítica” se convierta en una etiqueta genérica para cualquier forma de regulación de la conducta, perdiendo su especificidad analítica.

Normatividad. Foucault se resistió deliberadamente a fundamentar una posición normativa: no propuso una teoría de la justicia ni criterios para distinguir usos legítimos e ilegítimos del biopoder. Agamben, aunque más explícito en su tono de denuncia, también ha sido criticado por ofrecer un diagnóstico catastrófico sin indicar salidas políticas concretas.


Conclusión

El recorrido que va de Foucault a Agamben y Mbembe revela que el poder moderno no se ejerce solamente a través de la ley, la represión o la ideología, sino mediante la administración minuciosa de la vida biológica — y, en su reverso, a través de la gestión calculada de la muerte. El concepto de biopoder ilumina dimensiones de lo político que las teorías clásicas de la soberanía y del contrato social no alcanzan: la normalización de los cuerpos, la regulación de las poblaciones, la medicalización de la existencia, la vigilancia algorítmica del comportamiento.

Las crisis del siglo XXI — pandemias, cambio climático, migraciones masivas, expansión de la vigilancia digital — confieren al concepto una actualidad que Foucault quizás no previó, pero que sus herramientas analíticas permiten interrogar con rigor. Si el biopoder es la forma predominante del poder contemporáneo, comprenderlo no es un ejercicio meramente académico: es condición para cualquier proyecto de resistencia y de libertad que tome en serio el hecho de que la política, hoy, gobierna la vida en sus menores detalles.


Artículos