¿Qué es una vida buena? No una vida agradable, ni una vida exitosa a los ojos de los demás, sino una vida verdaderamente realizada, a la altura de lo que somos. La respuesta de Aristóteles a esa pregunta, expuesta en la Ética a Nicómaco, es una de las más influyentes de la historia, y, tras siglos de relativo eclipse frente a las morales del deber y del cálculo de consecuencias, ha vuelto al centro del debate filosófico contemporáneo bajo el nombre de “ética de las virtudes”. Este artículo recorre el núcleo de esa ética: la eudaimonía como fin último, la virtud como hábito y justo medio, la prudencia y la amistad. Para la metafísica de Aristóteles, véase el artículo sobre la sustancia; para su teoría de la justicia, el artículo sobre la justicia.


1. Contexto: la ética como ciencia práctica

La Ética a Nicómaco —así llamada por una tradición que la asocia a Nicómaco, hijo (y probable editor) de Aristóteles— reúne lecciones del filósofo en el Liceo, la escuela que fundó en Atenas en 335 a. C. Aristóteles había pasado veinte años en la Academia de Platón, de quien hereda mucho, pero de quien se aparta en un punto decisivo: rechaza la idea de un “Bien en sí” separado, situado en un mundo de Formas, y busca el bien humano en este mundo, en la vida concreta de los hombres.

Por eso, la ética es para Aristóteles una ciencia práctica, no teórica. Su objetivo no es solo saber qué es el bien, sino llegar a ser bueno. Y no admite la misma precisión que las matemáticas: al tratar de acciones humanas, siempre variables y particulares, debe contentarse con verdades que valen “las más de las veces” y a grandes rasgos. Exigir demostración rigurosa en ética, advierte Aristóteles, es tan equivocado como aceptar argumentos meramente probables de un matemático.

2. La eudaimonía: el fin último

Toda acción, observa Aristóteles al comienzo de la obra, tiende a algún bien. Pero perseguimos ciertos bienes a causa de otros —el dinero por la salud, la salud por la actividad, y así sucesivamente—. ¿Habrá un bien que deseemos por sí mismo, y nunca en vista de otra cosa? Si lo hay, será el bien supremo, el fin último que da sentido a todos los demás. Ese fin, dice Aristóteles, todos lo nombran del mismo modo: eudaimonía.

La palabra suele traducirse por “felicidad”, pero eso puede engañar. La eudaimonía no es un estado de ánimo agradable, un sentimiento subjetivo de contento. Es más bien el florecimiento o la realización de una vida humana plena: el “vivir bien y obrar bien”. Por eso Aristóteles la caracteriza por dos rasgos: es final (deseada siempre por sí misma) y autosuficiente (se basta a sí misma, haciendo la vida digna de ser vivida y sin que nada le falte).

Aristóteles examina entonces los candidatos comunes al puesto de bien supremo y los descarta uno a uno: la vida de placer es propia de los animales; el honor depende demasiado de quien lo concede, no de nosotros; la riqueza es mero medio, jamás un fin. Ninguno de ellos satisface los criterios de finalidad y autosuficiencia.

3. El argumento de la función (érgon)

¿Cómo determinar, entonces, en qué consiste la eudaimonía? Aristóteles recurre al célebre argumento de la función (érgon). Así como reconocemos a un buen flautista o a un buen escultor por desempeñar bien la actividad que le es propia, debemos preguntar cuál es la función característica del ser humano: aquello que él, y solo él, hace.

No puede ser la mera vida (que comparte con las plantas), ni la vida sensitiva (que comparte con los animales). Lo propio del hombre es la actividad de la parte racional del alma. Por tanto, el bien humano consiste en la actividad del alma conforme a la virtud (areté) —y, si hay varias virtudes, conforme a la mejor y más completa de ellas— ejercida a lo largo de toda una vida. Aristóteles añade una salvedad memorable: así como “una golondrina no hace verano”, tampoco un solo día o un breve período hacen feliz a nadie. La eudaimonía es obra de toda una vida.

Nótese un punto a menudo olvidado: Aristóteles no es un asceta. Aunque la virtud sea el núcleo de la vida buena, admite que esta requiere también ciertos bienes exteriores —salud, amigos, recursos suficientes e incluso algo de suerte—, pues es difícil obrar bien estando privado de todo.

4. La virtud como hábito: ética y éthos

La virtud moral, enseña Aristóteles, no nos viene dada por naturaleza ni es contraria a la naturaleza: nacemos con la capacidad de adquirirla, y la desarrollamos mediante el hábito (éthos, de donde proviene la propia palabra “ética”). Aprendemos las artes practicándolas: nos hacemos constructores construyendo, citaristas tocando. Del mismo modo, nos hacemos justos practicando actos justos, valientes practicando actos valientes, templados practicando la templanza. La virtud es, así, una disposición estable (héxis) del carácter, forjada por la repetición de buenas acciones hasta que el obrar bien se vuelve una segunda naturaleza.

De ello se sigue una tesis pedagógica importante: la formación moral comienza temprano y depende de la educación de los hábitos y de los afectos. No basta saber qué es bueno; hay que sentir placer en hacerlo. El hombre virtuoso no obra bien a regañadientes, luchando contra sus inclinaciones: disfruta obrando bien. La virtud concierne tanto a las acciones como a las pasiones: se trata de sentir las emociones correctas, en la medida correcta, en el momento correcto, respecto de las personas correctas.

5. La virtud como justo medio (mesótes)

Llega aquí la doctrina más famosa de la ética aristotélica: la de la virtud como justo medio (mesótes). La virtud moral es un término medio entre dos vicios: uno por exceso, otro por defecto. Tomemos el valor: es el término medio entre la cobardía (defecto de audacia ante el peligro) y la temeridad (exceso). La templanza está entre la insensibilidad y el desenfreno; la generosidad, entre la avaricia y la prodigalidad; la magnanimidad, entre la pusilanimidad y la vanidad.

Es crucial entender qué significa ese “medio” y qué no significa. No se trata de una media aritmética, igual para todos. El justo medio es relativo a nosotros: depende de la persona, de la situación, de las circunstancias. La cantidad de alimento adecuada para un atleta no es la misma que para un principiante. El medio lo determina la recta razón, es decir, como lo determinaría el hombre prudente. Y el propio medio es, bajo otro aspecto, un extremo de excelencia: la virtud es un término medio entre vicios, pero, en cuanto al bien y a lo correcto, es el punto más alto.

Aristóteles es cuidadoso al señalar los límites de la doctrina: no toda acción o pasión admite un justo medio. Hay actos y sentimientos que ya llevan la maldad en su propio nombre —el asesinato, el robo, la envidia, la malicia— y que son siempre malos, sin ninguna “medida correcta” de practicarlos.

6. La prudencia (phrónesis)

¿Quién determina, en cada caso concreto, dónde está el justo medio? Aquí entra la prudencia o sabiduría práctica (phrónesis), la más importante de las virtudes intelectuales para la vida ética. La phrónesis es la capacidad de deliberar bien sobre lo que es bueno y conveniente para una vida buena en general, y de discernir, en la particularidad de la situación, la acción acertada. No se confunde con la sabiduría teórica (sophía), que versa sobre verdades necesarias y eternas; la prudencia se ocupa de lo contingente, de lo que puede ser de otro modo, de lo singular.

Aristóteles establece un vínculo recíproco entre virtud moral y prudencia: no hay virtud moral plena sin prudencia (pues es ella la que acierta en el blanco), ni prudencia sin virtud moral (pues un carácter corrompido distorsiona la propia percepción de lo que es bueno). El hombre prudente (phrónimos) se convierte, así, en la medida viva de la acción correcta: aquel cuyo juicio experimentado sirve de norma cuando las reglas generales no bastan.

7. Responsabilidad, elección y debilidad de la voluntad

Para que se pueda alabar o censurar una acción, esta debe ser voluntaria. Aristóteles analiza las condiciones de la responsabilidad (Ética a Nicómaco, libro III): son involuntarias las acciones hechas por coacción externa o por ignorancia de circunstancias relevantes. En el centro de la acción moral está la elección (proaíresis), un “deseo deliberado”, fruto de la razón que delibera sobre los medios y del deseo que apunta al fin.

Aristóteles afronta también un problema clásico: la akrasía, la debilidad o incontinencia de la voluntad: obrar contra el propio juicio sobre lo que es mejor. Sócrates había negado que eso fuera posible: nadie yerra a sabiendas; todo vicio sería ignorancia. Aristóteles, más atento a la experiencia, reconoce que de hecho cedemos a las pasiones contra lo que sabemos que es bueno, y ofrece una explicación sutil: en el momento de la acción, el conocimiento del incontinente queda como “ofuscado” por la pasión, semejante al saber de quien está ebrio o dormido.

8. La amistad y la vida contemplativa

Dos temas coronan la obra. Primero, la amistad (philía), a la que Aristóteles dedica dos libros enteros —señal de cuánto la considera esencial para la vida buena—. Distingue tres tipos: la amistad por utilidad y la por placer, ambas inestables porque cesan cuando cesa el provecho o el agrado; y la amistad perfecta, fundada en la virtud, entre personas buenas que se quieren bien por aquello que cada una es. Solo esta es duradera, y en ella el amigo es como “otro yo”.

Por último, en el libro X, Aristóteles identifica la forma más elevada de eudaimonía con la vida contemplativa (theoría): la actividad de lo más divino que hay en nosotros, el intelecto (noûs), ejercida sobre las verdades más altas. La contemplación es la más autosuficiente, continua y placentera de las actividades, y por eso la más feliz. Aquí se abre una de las mayores controversias interpretativas de la obra: ¿habría tensión entre esa exaltación de la vida teórica y la defensa, a lo largo del libro, de la vida práctica y política de las virtudes morales? Los intérpretes se dividen entre una lectura “intelectualista” (la contemplación como felicidad suprema y exclusiva) y una lectura “inclusiva” (la vida feliz como un todo que abarca la virtud moral y la contemplación).

Análisis crítico

La ética aristotélica ha sido objeto de objeciones persistentes. La doctrina del justo medio, aunque intuitiva, es acusada de vaguedad: dice que debemos obrar con la medida correcta, pero el contenido de esa medida se remite al juicio del prudente, lo que, para los críticos, es casi circular (se nos remite al hombre virtuoso para saber qué es la virtud). Aristóteles respondería que eso no es un defecto, sino el reconocimiento honesto de que la ética no admite un algoritmo: el discernimiento moral es una habilidad, no la aplicación de una fórmula.

Está además el problema de las virtudes dependientes de la cultura: la “magnanimidad” de la Ética a Nicómaco refleja los valores aristocráticos de la Atenas clásica, y algunas actitudes que Aristóteles elogia suenan, hoy, anticuadas o elitistas (por no hablar de sus posiciones sobre la esclavitud y las mujeres, indefendibles según los estándares contemporáneos). Por último, la centralidad de la contemplación ha llevado a algunos a ver en la ética aristotélica un ideal demasiado intelectual de la vida humana.

Legado

La influencia de la ética de Aristóteles es incalculable. Moldeó la ética helenística —el estoicismo discute con ella sobre el lugar de la virtud y de los bienes exteriores— y fue incorporada a la teología cristiana por Tomás de Aquino, que la fundió con la doctrina de las virtudes teologales. Tras un largo período en que las morales modernas del deber (Kant) y de la utilidad (utilitarismo) dominaron el panorama, la ética de las virtudes resurgió con vigor en el siglo XX. El hito fue el ensayo de Elizabeth Anscombe, “Modern Moral Philosophy” (1958), que pedía el retorno a una ética del carácter; le siguieron Philippa Foot, Alasdair MacIntyre (Tras la virtud, 1981), Martha Nussbaum y Rosalind Hursthouse. Hoy, la pregunta aristotélica —no “¿qué regla debo seguir?”, sino “¿qué clase de persona debo ser?"— está de nuevo en el corazón de la filosofía moral.

Lecturas recomendadas

  • Aristóteles, Ética a Nicómaco — la obra central; los libros I (eudaimonía), II (virtud y justo medio), VI (prudencia), VII (akrasía), VIII–IX (amistad) y X (contemplación) son esenciales.
  • Aristóteles, Ética a Eudemo — versión paralela, útil para comparaciones.
  • Alasdair MacIntyre, Tras la virtud (1981) — la recuperación contemporánea más influyente de la ética de las virtudes.
  • Martha Nussbaum, La fragilidad del bien (1986) — sobre la suerte, la vulnerabilidad y la vida buena en Aristóteles y la tragedia griega.
  • Rosalind Hursthouse, La ética de las virtudes (1999) — exposición sistemática de la ética de las virtudes de inspiración aristotélica.
  • Sarah Broadie, Ethics with Aristotle (1991) — comentario filosófico de referencia.

Véase también: La justicia en Platón, Aristóteles y Rawls · Estoicismo: ética, virtud y el arte de vivir

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