Hay un momento en la historia del pensamiento en que los seres humanos dejaron de preguntar quién hizo el mundo y comenzaron a preguntar de qué está hecho. Ese tránsito — del mito a la indagación racional — encuentra su expresión más concentrada en una sola palabra griega: ἀρχή (arché). Principio, origen, fundamento, mando: la arché es, al mismo tiempo, lo primero que existe y la razón por la cual todo lo demás existe. Comprender este concepto es comprender el gesto fundacional de la filosofía occidental.

El presente artículo examina la arché en sus dimensiones lingüística, histórica y filosófica: desde su raíz etimológica hasta el uso que los filósofos presocráticos hicieron de ella, pasando por la sistematización aristotélica y los ecos que el concepto proyecta hasta el pensamiento contemporáneo.


1. Etimología y campo semántico de ἀρχή

El sustantivo griego ἀρχή (arché) deriva del verbo ἄρχω (árchō), que posee dos núcleos de significado estrechamente vinculados:

  1. Comenzar, iniciar, dar origen — ἄρχω en sentido temporal: aquello que viene primero, el punto de partida.
  2. Mandar, gobernar, dirigir — ἄρχω en sentido de autoridad: aquello que ejerce poder, que rige, que preside.

Esta doble semántica no es casual. En la mentalidad griega, lo que es primero es también lo que gobierna. Lo que se encuentra en el origen detenta autoridad sobre lo que de él procede. El principio no es meramente el comienzo cronológico — es el fundamento ontológico, la razón de ser.

El campo semántico de ἀρχή se irradia por toda la lengua griega y, a partir de ella, por las lenguas europeas:

  • ἄρχων (archon): el gobernante, el magistrado — aquel que manda. En Atenas, los arcontes eran los magistrados supremos de la ciudad.
  • μοναρχία (monarchía): gobierno de uno solo — monos (único) + arché (mando).
  • ἀναρχία (anarchía): ausencia de mando, ausencia de principio rector — an- (sin) + arché.
  • ἀρχιτέκτων (architéktōn): el maestro constructor — aquel que dirige (arché) el arte (téchnē) de la construcción.
  • ἀρχαῖος (archaîos): antiguo, primordial — aquello que pertenece al comienzo.

Cuando los primeros filósofos griegos preguntaron por la arché del cosmos, estaban formulando simultáneamente dos preguntas: ¿cuál es el origen de todo? y ¿qué gobierna todo? La arché no es solamente la materia de la que las cosas están hechas; es el principio activo que las mantiene en la existencia, que regula sus transformaciones y les confiere orden. Esta ambigüedad productiva — entre génesis y gobierno, entre origen y fundamento — atraviesa toda la historia de la filosofía.

Conviene señalar que el sustantivo ἀρχή aparece con frecuencia en el griego cotidiano: significa el “comienzo” de un discurso, el “inicio” de una guerra, el “principio” de una demostración, el “gobierno” de una ciudad. El uso propiamente filosófico — la arché como principio constitutivo de la realidad — es una apropiación e intensificación de ese campo semántico ordinario, realizada por los pensadores de Mileto en el siglo VI a.C.


2. El nacimiento de la pregunta por la arché

2.1 Del mito al logos

Antes de la filosofía, los griegos explicaban el origen y el orden del mundo mediante relatos míticos. En la Teogonía de Hesíodo (c. 700 a.C.), el cosmos surge del Caos, Gea (Tierra) y Eros; los fenómenos naturales son acciones de dioses personificados — Zeus lanza rayos, Poseidón agita el mar, Deméter hace brotar las cosechas. El mito no es arbitrario — posee una lógica interna, una coherencia narrativa —, pero opera por personificación y no exige demostración.

El tránsito al logos consiste precisamente en sustituir esa explicación personalista por otra impersonal y racional. En lugar de preguntar “¿qué dios hizo esto?”, los primeros filósofos preguntan “¿de qué principio natural procede esto?” y “¿por qué mecanismo se transforma?”. La respuesta no apela a voluntades divinas, sino a procesos naturales regulares y observables — condensación, rarefacción, separación de opuestos.

Esta transición no fue abrupta. Como señala el helenista Jean-Pierre Vernant en Los orígenes del pensamiento griego (1962), las cosmogonías míticas ya contenían en germen preguntas filosóficas: Hesíodo pregunta qué vino primero (el Caos); Homero sugiere que Océano es la “génesis de todas las cosas” (Ilíada, XIV, 201). Pero el salto cualitativo ocurre cuando la respuesta deja de ser una narración genealógica de dioses y pasa a ser una proposición racional sobre la naturaleza (phýsis) de las cosas.

2.2 El contexto de las colonias jonias

No es casual que la filosofía haya nacido en Mileto, una de las ciudades más prósperas y cosmopolitas del mundo griego antiguo. Situada en la costa de Jonia (actual Turquía occidental), Mileto era un centro comercial en contacto directo con las civilizaciones egipcia, babilónica y persa. Sus comerciantes conocían la geometría práctica de los egipcios y la astronomía de los babilonios. Esa pluralidad de explicaciones para los mismos fenómenos naturales invitaba a una pregunta crítica: si los egipcios explican las crecidas del Nilo de un modo y los babilonios explican los eclipses de otro, ¿cuál explicación es correcta? ¿Y existe acaso una explicación más fundamental que las abarque a todas?

Además, la estructura política de las póleis jonias — donde las decisiones se tomaban mediante debate público y los argumentos se evaluaban por su fuerza lógica, no por la autoridad sagrada de quien los profería — creaba un ambiente propicio para la argumentación racional. El ágora preparó el terreno para la filosofía.

2.3 Aristóteles y la denominación retrospectiva

Es Aristóteles quien, en el libro I de la Metafísica (983b–984a), formula retrospectivamente la tradición presocrática como una búsqueda del principio material de las cosas. Escribe que “la mayoría de los primeros filósofos consideraron que los principios de todas las cosas eran únicamente de naturaleza material” (Metafísica I, 3, 983b6-8). Aristóteles denomina a esos principios archaí y organiza a sus predecesores según el tipo de arché que cada uno propuso.

Esta sistematización aristotélica — aunque indispensable, pues frecuentemente constituye nuestra fuente principal sobre los presocráticos — debe leerse con cautela. Aristóteles lee a sus predecesores a la luz de sus propias categorías (las cuatro causas) y, en ocasiones, proyecta sobre ellos distinciones que estos no habrían formulado en esos términos. Los presocráticos probablemente no concebían la arché como mera “causa material” en sentido aristotélico; para ellos, el principio era simultáneamente materia, fuerza y razón de ser — distinciones que Aristóteles separará sistemáticamente.


3. La arché en los pensadores de Mileto

3.1 Tales de Mileto (~624–546 a.C.): el agua

Tales es reconocido por Aristóteles como el fundador de la filosofía natural (Metafísica I, 3, 983b20-22). Su tesis fundamental es que el agua (hýdōr) es la arché de todas las cosas. Tales no dejó escritos; conocemos su pensamiento exclusivamente a través de testimonios posteriores, sobre todo los de Aristóteles.

¿Por qué el agua? Aristóteles sugiere varias razones posibles: la observación de que el alimento de todos los seres es húmedo, que el calor vital nace de la humedad, que las semillas de todas las cosas poseen una naturaleza húmeda (Metafísica I, 3, 983b22-27). El agua es el elemento que adopta los tres estados (sólido, líquido, gaseoso — aunque Tales no habría usado esta terminología), que está presente en todos los seres vivos y que parece ser condición necesaria para la vida.

Es fundamental comprender que el “agua” de Tales no es simplemente el agua que bebemos o vemos en los ríos. Se trata de un principio cosmológico: la sustancia primordial de la que todas las cosas se originan y a la que todas retornan. Al proponer el agua como arché, Tales realiza tres gestos filosóficos decisivos:

  1. Reducción de la multiplicidad a la unidad: la diversidad infinita de los fenómenos se reconduce a un principio único.
  2. Naturalización de la explicación: el principio no es un dios, sino un elemento natural.
  3. Exigencia de universalidad: la explicación debe valer para todo — no solo para tal o cual fenómeno, sino para la totalidad de lo real.

3.2 Anaximandro (~610–546 a.C.): el ápeiron

Discípulo de Tales, Anaximandro da un paso decisivo al proponer como arché no un elemento determinado, sino el ápeiron (τὸ ἄπειρον) — lo indeterminado, lo ilimitado, lo infinito. Conservamos de él lo que se considera el fragmento filosófico más antiguo de Occidente, preservado por Simplicio (Comentario a la Física, 24, 13): “Las cosas perecen en aquellas de las que provienen, según la necesidad, pues se pagan mutuamente pena y retribución por su injusticia según el orden del tiempo.”

El razonamiento de Anaximandro contiene una crítica implícita a Tales. Si la arché fuera el agua — un elemento determinado —, ¿cómo podría engendrar su contrario, el fuego? Un elemento específico favorecería las cosas que le son semejantes y destruiría las que le son contrarias, impidiendo el equilibrio cósmico. El principio debe ser, pues, indeterminado — carente de cualidad específica — para poder generar todos los opuestos sin privilegiar ninguno.

Del ápeiron se separan los pares de opuestos (caliente/frío, seco/húmedo) mediante un proceso cósmico. Esa separación es una suerte de “injusticia” (adikía), pues cada cosa determinada usurpa el espacio de las demás. La justicia cósmica exige que las cosas retornen al ápeiron, disolviéndose en el principio indeterminado del que provienen. El cosmos está regido, así, por una ley de equilibrio y retribución.

3.3 Anaxímenes (~585–525 a.C.): el aire

Discípulo de Anaximandro, Anaxímenes propone el aire (aér) como arché. A primera vista parece un retroceso — se vuelve a un elemento determinado. Pero la innovación de Anaxímenes reside en el mecanismo por el cual el aire se transforma en todas las cosas: la condensación y la rarefacción.

Cuando el aire se enrarece, se torna más sutil y cálido — produce el fuego. Cuando se condensa progresivamente, deviene viento, luego nube, luego agua, luego tierra, luego piedra. Toda la diversidad de lo real se explica por variaciones cuantitativas de un único sustrato. Anaxímenes introduce así, por primera vez, un mecanismo físico explícito y gradual para la transformación de la arché en las cosas particulares.

El aire es también pneûma (soplo, respiración) — aquello que sostiene la vida. “Así como nuestra alma, que es aire, nos mantiene unidos, así también el soplo y el aire envuelven el cosmos entero”, afirma un testimonio conservado por Aecio (I, 3, 4). La arché no es solo materia: es principio vital.

La secuencia Tales → Anaximandro → Anaxímenes revela una dialéctica interna en la escuela de Mileto: tesis (elemento determinado: agua), antítesis (principio indeterminado: ápeiron), síntesis (elemento determinado con mecanismo cuantitativo: aire). Cada pensador hereda el problema del anterior y lo reformula.


4. Variaciones del principio en los demás presocráticos

4.1 Pitágoras y los pitagóricos (~570–495 a.C.): el número

Pitágoras de Samos y sus seguidores proponen una arché radicalmente distinta: el número (arithmós). Para los pitagóricos, la realidad no está constituida por una sustancia material, sino por relaciones numéricas y proporciones matemáticas. La estructura del cosmos es matemática: los intervalos musicales corresponden a razones numéricas precisas (octava = 2:1, quinta = 3:2, cuarta = 4:3); los cuerpos celestes producen una “armonía de las esferas” determinada por proporciones geométricas.

El principio pitagórico no es un elemento físico, sino una estructura formal. El número nace de la interacción entre el límite (péras) y lo ilimitado (ápeiron) — resonando con Anaximandro, pero transponiendo la cuestión al plano formal. Lo par y lo impar, lo limitado y lo ilimitado, generan los números; los números generan las figuras geométricas; las figuras generan los cuerpos físicos.

Según registra Aristóteles (Metafísica I, 5, 985b23-986a12), los pitagóricos organizaban la realidad en diez pares de opuestos fundamentales: limitado/ilimitado, impar/par, uno/múltiple, derecho/izquierdo, masculino/femenino, reposo/movimiento, recto/curvo, luz/oscuridad, bueno/malo, cuadrado/oblongo. La arché pitagórica es, así, no una sustancia sino un principio estructural — el orden matemático que gobierna el cosmos.

4.2 Heráclito de Éfeso (~535–475 a.C.): el fuego y el logos

Heráclito propone el fuego (pŷr) como arché, pero de un modo profundamente distinto al de los milesios. El fuego heraclíteo no es solo un elemento material — es la expresión visible del logos (λόγος), la razón o ley que gobierna todas las transformaciones de lo real.

El principio fundamental de Heráclito es el devenir: todo fluye (pánta rheî), todo está en constante transformación. Pero ese flujo no es caótico — está regido por el logos, una ley racional que opera mediante la tensión y la armonía de los opuestos. El fuego se transforma en todas las cosas y todas las cosas en fuego, en un ciclo eterno que Heráclito describe mediante el “camino hacia arriba y hacia abajo” (fragmento DK 22 B 60). Según el fragmento B 31a, los “giros del fuego” siguen la secuencia: fuego → mar → tierra (camino descendente) y tierra → mar → fuego (camino ascendente). La secuencia de cuatro elementos con “aire” como etapa intermedia es una sistematización posterior, de influencia aristotélica y estoica.

La guerra (pólemos) es “padre de todas las cosas y de todas rey” (DK 22 B 53): el conflicto de los opuestos no destruye el orden, sino que lo constituye. La armonía del cosmos es una “armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira” (DK 22 B 51). Caliente y frío, día y noche, vida y muerte no son contrarios que se excluyen, sino polos de una misma unidad dinámica.

La arché de Heráclito es, por tanto, doble: materialmente es el fuego; formalmente es el logos. El fuego es el elemento más mutable, el más visiblemente transformador — por eso es la imagen adecuada para un cosmos en perpetuo devenir. Pero el verdadero principio es la ley racional que gobierna esas transformaciones.

4.3 Empédocles de Agrigento (~490–430 a.C.): las cuatro raíces

Empédocles marca una transición importante: abandona el monismo (un único principio) y propone el pluralismo. No hay una sola arché, sino cuatro raíces (rizómata): tierra, agua, aire y fuego. Estos cuatro elementos son eternos, inalterables y cualitativamente distintos entre sí. Lo que conocemos como nacimiento y muerte es, en realidad, mezcla y separación de esas raíces.

Dos fuerzas cósmicas rigen las combinaciones: el Amor (Philía) une los elementos, el Odio (Neîkos) los separa. El cosmos oscila cíclicamente entre dos extremos: la unidad total bajo el dominio del Amor (la Esfera, una esfera perfecta y homogénea) y la separación total bajo el dominio del Odio (los cuatro elementos completamente aislados). El mundo que conocemos existe en los estados intermedios de ese ciclo, según consta en los fragmentos de Sobre la Naturaleza preservados por Simplicio y Clemente de Alejandría.

4.4 Anaxágoras de Clazómenas (~500–428 a.C.): el nous y las homeomerías

Anaxágoras propone que el principio material del cosmos son las homeomerías (homoioméreia) — partículas infinitamente divisibles de todas las cualidades. “Todo está en todo”: cada cosa contiene porciones de todas las demás, y lo que determina la identidad de algo es la predominancia de ciertas semillas sobre las restantes.

Pero el principio motor — aquello que ordena e inicia el movimiento — es el Nous (Νοῦς), la Inteligencia cósmica. El Nous está separado de todo lo demás, es puro y sin mezcla, y es él quien inicia la rotación cósmica (perichórēsis) a partir de la mezcla originaria indiferenciada. Platón, en el Fedón (97c–99d), relata que Sócrates se entusiasmó al oír que Anaxágoras atribuía la ordenación del cosmos a una inteligencia — pero se decepcionó al comprobar que, en la práctica, Anaxágoras recurría a causas mecánicas para explicar los fenómenos particulares. Aristóteles formula una crítica similar (Metafísica I, 4, 985a18-21): Anaxágoras emplea el Nous como un deus ex machina, invocándolo solo cuando no encuentra otra explicación.

4.5 Leucipo y Demócrito (~460–370 a.C.): átomos y vacío

Los atomistas proponen la arché más radicalmente material de todas: los átomos (átoma, literalmente “indivisibles”) y el vacío (kenón). Los átomos son infinitos en número, indivisibles, eternos, cualitativamente idénticos entre sí, y difieren solo en forma, tamaño, posición y disposición. El vacío es el espacio donde los átomos se mueven.

Todo fenómeno se explica mecánicamente por el movimiento, choque y combinación de átomos en el vacío. No hay finalidad, no hay inteligencia cósmica, no hay fuerzas como Amor y Odio — solo átomos y vacío en movimiento eterno. Las cualidades sensibles (color, sabor, calor) existen “por convención” (nómōi); “en realidad” (eteêi) solo existen átomos y vacío, según reportan Aristóteles (De Anima I, 2; Física IV, 6-9) y Diógenes Laercio (Vidas, IX).

El atomismo representa el punto extremo de la desmitologización: el cosmos es puro mecanismo, sin diseño, sin gobierno. Paradójicamente, es también la arché que más se aproxima a la física moderna.


5. La arché en Aristóteles: sistematización y crítica

5.1 La Metafísica I como historia de la arché

El libro I de la Metafísica de Aristóteles es el primer gran texto de historia de la filosofía. En él, Aristóteles reconstruye la tradición presocrática como una búsqueda progresiva de las causas o principios (archaí) de la realidad. Organiza a sus predecesores según el tipo de causa que cada uno privilegió:

  • Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Heráclito → causa material (de qué están hechas las cosas)
  • Empédocles (Amor y Odio), Anaxágoras (Nous) → causa eficiente (qué produce el movimiento)
  • Pitagóricos → causa formal (la estructura o forma de las cosas)

Aristóteles observa que ninguno de sus predecesores llegó a la causa final — el para qué de las cosas, el propósito u objetivo al que tienden. Es esa laguna la que su propia filosofía pretende colmar.

5.2 Las cuatro causas como reformulación de la arché

La doctrina de las cuatro causas (Física II, 3; Metafísica I, 3) es la respuesta de Aristóteles a la pregunta por la arché. Para explicar completamente cualquier cosa, es necesario indicar:

  1. Causa material (hýlē): de qué está hecho algo — el bronce de la estatua.
  2. Causa formal (eîdos/morphé): qué es algo, su definición o estructura — la forma de la estatua.
  3. Causa eficiente (tò hóthen hē kínēsis): qué produjo la cosa — el escultor.
  4. Causa final (tò hou héneka): el propósito para el que la cosa existe — la belleza o la honra al dios.

Cada presocrático, en la lectura aristotélica, captó una de estas causas, pero ninguno las reunió todas. La arché presocrática era parcial — una respuesta incompleta a una pregunta que solo Aristóteles formuló íntegramente.

5.3 Crítica a los predecesores

Aristóteles es tanto heredero como crítico de los presocráticos. Reconoce que Tales inauguró la indagación filosófica y que cada pensador subsiguiente avanzó en la comprensión de las causas. Pero critica la unilateralidad de cada propuesta: los milesios redujeron todo a la causa material; Anaxágoras intuyó la causa eficiente (el Nous) pero no la desarrolló; los pitagóricos se aproximaron a la causa formal pero confundieron número con sustancia; nadie alcanzó la causa final (Metafísica I, 7, 988a20-988b16).

Esta crítica debe leerse con las reservas señaladas en el apartado 2.3: Aristóteles proyecta sobre los presocráticos categorías que le son propias. Pero el valor filosófico de su reconstrucción es innegable: al organizar la historia de la arché como una progresión hacia las cuatro causas, Aristóteles muestra que la pregunta presocrática era más rica de lo que cualquier respuesta individual consiguió expresar.


6. La arché más allá de los presocráticos

6.1 Filosofía medieval: la causa primera

El concepto de arché encuentra un despliegue natural en la filosofía medieval, particularmente en la noción de causa prima. Tomás de Aquino, en la Suma Teológica (I, q. 2, a. 3), formula la segunda vía para la existencia de Dios a partir de la imposibilidad de una regresión infinita en las causas eficientes: debe haber una causa primera incausada, que todos llaman Dios. La pregunta por la arché se transforma, así, en la pregunta por el fundamento último de la cadena causal — y la respuesta ya no es un elemento natural, sino un ser necesario.

Esta transposición no es arbitraria. La tradición neoplatónica (Plotino, Proclo) ya había identificado la arché con el Uno — principio absolutamente simple, anterior a toda determinación, del cual todo emana. La filosofía medieval cristiana absorbe esa tradición y la articula con la teología de la creación: la arché es Dios en cuanto creador ex nihilo.

6.2 Filosofía moderna: el principio de razón suficiente

En la filosofía moderna, la pregunta por la arché resurge bajo una forma lógico-metafísica: el principio de razón suficiente, formulado explícitamente por Leibniz (Monadología, §32; Principios de la Naturaleza y de la Gracia, §7): “ningún hecho puede ser verdadero o existente, ningún enunciado puede ser verdadero, sin que haya una razón suficiente para que sea así y no de otro modo.” Todo ente debe tener una razón — un fundamento, una arché — que explique por qué existe y por qué es como es.

Descartes, por su parte, busca la arché del conocimiento: el cogito — “pienso, luego existo” — es el principio indubitable a partir del cual puede reconstruirse todo el edificio del saber. Kant reformula la cuestión en términos trascendentales: los principios (Grundsätze) del entendimiento puro son las condiciones de posibilidad de la experiencia — no principios del ser, sino de la inteligibilidad del ser.

6.3 Filosofía contemporánea: Heidegger y la cuestión del fundamento

Martin Heidegger retoma explícitamente la cuestión de la arché en varios textos, notablemente en La pregunta por la técnica (1953) y en el ensayo El principio de razón (Der Satz vom Grund, 1957). Para Heidegger, toda la historia de la metafísica occidental es la historia de la búsqueda de un fundamento (Grund) — y esa búsqueda culmina en el pensamiento técnico moderno, que exige de cada ente una “razón” que lo justifique, reduciéndolo a existencias disponibles (Bestand).

Heidegger propone que la verdadera tarea del pensamiento no es encontrar un fundamento más, sino cuestionar la propia exigencia de fundamentación. La pregunta originaria de los presocráticos — ¿por qué hay entes y no más bien nada? — es, para Heidegger, la pregunta más radical de la filosofía, anterior a cualquier respuesta que la tradición haya ofrecido. Retornar a la arché significa, para él, no retornar a Tales o a Anaximandro, sino recuperar la apertura originaria de la pregunta — anterior a la solidificación de la metafísica en sistema de causas y fundamentos.


7. Tabla comparativa

PensadorArché propuestaMecanismo / Argumento
Tales de MiletoAgua (hýdōr)Observación: todo lo que vive es húmedo; el alimento contiene humedad; la tierra flota sobre el agua
AnaximandroÁpeiron (lo ilimitado)Un elemento determinado no puede engendrar su contrario; el principio debe ser indeterminado para generar todos los opuestos
AnaxímenesAire (aér)Condensación (aire → viento → nube → agua → tierra → piedra) y rarefacción (aire → fuego)
PitágorasNúmero (arithmós)La estructura del cosmos es matemática; las proporciones numéricas gobiernan la armonía musical y celeste
HeráclitoFuego (pŷr) / LogosDevenir constante regido por la ley de los opuestos; el fuego es el elemento más mutable, imagen del logos
ParménidesEl Ser (τὸ ἐόν)Vía lógica: el ser es, el no-ser no es; el principio es uno, eterno, inmóvil, indivisible
EmpédoclesCuatro raíces (tierra, agua, aire, fuego)Mezcla y separación por Amor (une) y Odio (separa); ciclo cósmico
AnaxágorasHomeomerías + Nous“Todo en todo”; el Nous (Inteligencia) inicia la rotación cósmica que separa las semillas
Leucipo / DemócritoÁtomos y vacíoPartículas indivisibles en movimiento eterno; combinaciones mecánicas sin finalidad
AristótelesCuatro causas (material, formal, eficiente, final)Reformulación sistemática: explicar algo exige indicar materia, forma, agente y propósito

8. Conclusión: la arché como gesto inaugural

La pregunta por la arché es el gesto inaugural de la filosofía occidental. Con ella, por primera vez en la historia documentada del pensamiento, seres humanos intentaron explicar la totalidad de lo real a partir de un principio racional, natural y universal — sin recurrir a relatos míticos ni a voluntades divinas.

Cada respuesta presocrática porta una intuición filosófica perdurable. Tales enseña que la multiplicidad puede reconducirse a la unidad. Anaximandro muestra que el principio no puede ser algo determinado, so pena de no poder engendrar lo que le es contrario. Anaxímenes introduce la idea de un mecanismo cuantitativo continuo. Pitágoras descubre que la estructura de lo real puede ser formal, no material. Heráclito revela que el orden nace del conflicto. Empédocles reconoce que la pluralidad irreductible de los elementos exige fuerzas que los combinen. Anaxágoras separa la inteligencia ordenadora de la materia ordenada. Los atomistas demuestran que el mecanicismo puede prescindir de toda finalidad. Y Aristóteles, al sistematizar esas respuestas parciales, muestra que la pregunta por la arché era más profunda de lo que ninguno de sus predecesores supo ver.

La arché no es solo un concepto histórico. Es la forma más elemental de una exigencia que atraviesa toda la filosofía: la exigencia de que lo real sea inteligible — de que haya una razón, un principio, un porqué de que las cosas sean como son. Esa exigencia puede reformularse, criticarse, radicalizarse; pero no puede abandonarse sin abandonar la filosofía misma. En ese sentido, toda filosofía es, aún hoy, una meditación sobre la arché.


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